Vivimos rodeados de mediocridad o al menos así lo cree Santiago Ávila , experto en liderazgo, que acaba de publicar ‘Tontocracia’, una radiografía incómoda y cargada de ironía sobre el momento actual en nuestra sociedad . El doctor en Economía lamenta que estamos en medio de un mundo de incompetencia, banalidad y apariencias que han dejado aparcadas la razón y la responsabilidad.Esta situación se vive, defiende, en escenarios cruciales como la política, la empresa, la educación y la vida social. Y frente a ello, Ávila, que lleva años trabajando en el área de desarrollo humano y tiene un perfil muy activo en redes sociales, quiere lanzar un mensaje de esperanza porque, como explica a ABC, la sensatez, exigencia y responsabilidad se pueden recuperar. —¿Cree que nunca hemos vivido en una sociedad como la actual?—Los griegos ya hablaban de oclocracia, que era la degeneración de la democracia porque el ciudadano no tenía criterio y elegía a los peores gobernantes. Imagino que esto debe de ser de alguna forma cíclico y ahora estamos viviendo otra mala época.—¿Cómo puede ocurrir esto si supuestamente estamos mejor preparados y tenemos más conocimientos y tecnologías?—Se cree que la tecnología resuelve los problemas esenciales y no es así. El egoísta sigue siendo egoísta, con y sin tecnología. El soberbio sigue siendo soberbio, el tonto sigue siendo tonto… Todos los personajes antropológicos siguen siendo los mismos pero con un plumaje distinto. Al final se deja de pensar en el otro: da igual el terreno de juego, que estamos en la tiranía de las minorías.—También se acuerda de que se premia el buenismo por encima de otras cualidades. ¿Cómo afecta esto?—Todo acaba degenerando. Estamos rodeados de discursos inspiracionales y charlas motivadoras: aparece la figura del jefe con ‘g’, un gerente de la felicidad, cuando en la empresa no se puede dar felicidad. En todo caso bienestar, no confundamos. Por eso hay que recuperar la reflexión, porque si no no hay pensamiento, y la exigencia, porque si no no hay carácter. Y no menos importante: hay que recuperar la ética y la consideración de los demás.—¿Parte de esta situación es culpa, no de los mediocres en sí, sino de que el resto lo acabamos normalizando?—Sí. De hecho, la imagen de portada del libro es muy ilustradora: el rebaño. Se está cómodo allí: no saques la cabeza, no pelees, no te permitas decir no cuando todo el mundo espera que sea un sí. Da igual el ámbito en el que estemos, si es una reunión de vecinos, del claustro o un comité de dirección…. Yo lo he vivido en todos. —¿En el trabajo es donde se nota más la mediocridad o simplemente es donde lo sufrimos más directamente?—Afecta en todos los ámbitos. Al final lo que ocurre en la empresa es producto de lo que hay en la sociedad y de cómo ha sido su educación y todo ello acaba afectando a la política. Sin embargo, a mi lo que me duele más es que estén en la sociedad, porque al fin y al cabo es el manantial que lo alimenta todo.—¿Y cómo debe ser un buen líder en estos tiempos?—Un líder de verdad demuestra su liderazgo en soledad. Y es ejemplar, con buenas prácticas o con comportamientos altruistas, y no es populista: hace lo correcto, no lo que todo el mundo quiere, aunque a veces tenga que tomar decisiones en contra de sus intereses. Muchas veces, el auténtico liderazgo va acompañado de impopularidad.—¿Hasta qué punto se puede dar la vuelta a este momento actual? —Tiene que haber un cambio de paradigma y no veo ningún catalizador que lo pueda hacer posible porque creo que ese cambio solamente puede venir con un cataclismo. La sociedad actual tiene un nivel de modorra total, necesita un revulsivo. Estamos en una mala época, no solo en España sino colectivamente como civilización. En política hay enfrentamientos constantes y ocurre lo mismo en la docencia: da igual que digas una verdad científica, que si alguien se siente ofendido se armará un escándalo. «No hago una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder»—¿Cómo se puede combatir esta mediocridad?—Yo puedo hacer lo que está en mi mano, con mi comportamiento. No es una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder. Pero una cosa es que pierdas la batalla y otra, que te pierdas a ti mismo. Si conforme pasan los años miras atrás y no tienes ninguna herida es que has llevado una vida miserable. —¿Y por dónde es más fácil empezar? —Por donde sea pero a veces va bien hacerlo con lo más cercano: una reunión de vecinos, por ejemplo. ¿Quieres que se pinten las escaleras pero no te atreves a decirlo? Pídelo. Si evitas esos pequeños enfrentamientos, ¿Cómo vas a afrontar los medianos o grandes?—Pero, ¿no está mal visto enfrentarse y dar batalla?—Uno debe elegir si quiere seguir siendo rebaño o salir de él. Si no lo haces, cuando te mires al espejo sabrás que eres una oveja más del rebaño. Yo no lo he querido nunca.—¿Es importante hacer un trabajo interno para pensar qué se quiere? —Hay que preguntarse qué misión tengo en la vida o para qué estoy aquí. Si solo estás para un ‘jiji-jaja’, ¡qué pobreza más grande! Está claro que no te planteas esto en todos los momentos de tu vida: yo con veinte años solo quería jugar al balonmano pero con treinta y pocos me di cuenta que hacer cosas por los demás, de alguna forma, daba sentido a mi vida. Por eso creo que tiene que haber reflexión, tiempo para parar y pensar. —¿Tiene esperanza en el momento actual?—Yo acabo el libro con una historia muy impactante, de una joven que un día llegó llorando a mi despacho. Me contó que su marido la maltrató y que, estando embarazada, le pegó un empujón y casi pierde el hijo. Un jefe le acosó y luego le vino un cáncer, que superó pero que le había vuelto otra vez con fuerza. Era muy creyente y me dijo que solamente pedía a Dios poder estar en la comunión de su hijo. Al salir, llamé a un profesor de ética que había tenido que era sacerdote, y le dije: ‘Yo a esta mujer no la puedo ayudar, pero creo que usted sí’. Él la estuvo acompañando hasta que falleció. Para mí, esa es una historia de liderazgo y no todas las pamplinas que se cuentan por ahí. Entonces, la esperanza la mantengo porque creo que siempre vamos a encontrar gente que esté dispuesta a no ser parte del rebaño y a pelear. Vivimos rodeados de mediocridad o al menos así lo cree Santiago Ávila , experto en liderazgo, que acaba de publicar ‘Tontocracia’, una radiografía incómoda y cargada de ironía sobre el momento actual en nuestra sociedad . El doctor en Economía lamenta que estamos en medio de un mundo de incompetencia, banalidad y apariencias que han dejado aparcadas la razón y la responsabilidad.Esta situación se vive, defiende, en escenarios cruciales como la política, la empresa, la educación y la vida social. Y frente a ello, Ávila, que lleva años trabajando en el área de desarrollo humano y tiene un perfil muy activo en redes sociales, quiere lanzar un mensaje de esperanza porque, como explica a ABC, la sensatez, exigencia y responsabilidad se pueden recuperar. —¿Cree que nunca hemos vivido en una sociedad como la actual?—Los griegos ya hablaban de oclocracia, que era la degeneración de la democracia porque el ciudadano no tenía criterio y elegía a los peores gobernantes. Imagino que esto debe de ser de alguna forma cíclico y ahora estamos viviendo otra mala época.—¿Cómo puede ocurrir esto si supuestamente estamos mejor preparados y tenemos más conocimientos y tecnologías?—Se cree que la tecnología resuelve los problemas esenciales y no es así. El egoísta sigue siendo egoísta, con y sin tecnología. El soberbio sigue siendo soberbio, el tonto sigue siendo tonto… Todos los personajes antropológicos siguen siendo los mismos pero con un plumaje distinto. Al final se deja de pensar en el otro: da igual el terreno de juego, que estamos en la tiranía de las minorías.—También se acuerda de que se premia el buenismo por encima de otras cualidades. ¿Cómo afecta esto?—Todo acaba degenerando. Estamos rodeados de discursos inspiracionales y charlas motivadoras: aparece la figura del jefe con ‘g’, un gerente de la felicidad, cuando en la empresa no se puede dar felicidad. En todo caso bienestar, no confundamos. Por eso hay que recuperar la reflexión, porque si no no hay pensamiento, y la exigencia, porque si no no hay carácter. Y no menos importante: hay que recuperar la ética y la consideración de los demás.—¿Parte de esta situación es culpa, no de los mediocres en sí, sino de que el resto lo acabamos normalizando?—Sí. De hecho, la imagen de portada del libro es muy ilustradora: el rebaño. Se está cómodo allí: no saques la cabeza, no pelees, no te permitas decir no cuando todo el mundo espera que sea un sí. Da igual el ámbito en el que estemos, si es una reunión de vecinos, del claustro o un comité de dirección…. Yo lo he vivido en todos. —¿En el trabajo es donde se nota más la mediocridad o simplemente es donde lo sufrimos más directamente?—Afecta en todos los ámbitos. Al final lo que ocurre en la empresa es producto de lo que hay en la sociedad y de cómo ha sido su educación y todo ello acaba afectando a la política. Sin embargo, a mi lo que me duele más es que estén en la sociedad, porque al fin y al cabo es el manantial que lo alimenta todo.—¿Y cómo debe ser un buen líder en estos tiempos?—Un líder de verdad demuestra su liderazgo en soledad. Y es ejemplar, con buenas prácticas o con comportamientos altruistas, y no es populista: hace lo correcto, no lo que todo el mundo quiere, aunque a veces tenga que tomar decisiones en contra de sus intereses. Muchas veces, el auténtico liderazgo va acompañado de impopularidad.—¿Hasta qué punto se puede dar la vuelta a este momento actual? —Tiene que haber un cambio de paradigma y no veo ningún catalizador que lo pueda hacer posible porque creo que ese cambio solamente puede venir con un cataclismo. La sociedad actual tiene un nivel de modorra total, necesita un revulsivo. Estamos en una mala época, no solo en España sino colectivamente como civilización. En política hay enfrentamientos constantes y ocurre lo mismo en la docencia: da igual que digas una verdad científica, que si alguien se siente ofendido se armará un escándalo. «No hago una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder»—¿Cómo se puede combatir esta mediocridad?—Yo puedo hacer lo que está en mi mano, con mi comportamiento. No es una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder. Pero una cosa es que pierdas la batalla y otra, que te pierdas a ti mismo. Si conforme pasan los años miras atrás y no tienes ninguna herida es que has llevado una vida miserable. —¿Y por dónde es más fácil empezar? —Por donde sea pero a veces va bien hacerlo con lo más cercano: una reunión de vecinos, por ejemplo. ¿Quieres que se pinten las escaleras pero no te atreves a decirlo? Pídelo. Si evitas esos pequeños enfrentamientos, ¿Cómo vas a afrontar los medianos o grandes?—Pero, ¿no está mal visto enfrentarse y dar batalla?—Uno debe elegir si quiere seguir siendo rebaño o salir de él. Si no lo haces, cuando te mires al espejo sabrás que eres una oveja más del rebaño. Yo no lo he querido nunca.—¿Es importante hacer un trabajo interno para pensar qué se quiere? —Hay que preguntarse qué misión tengo en la vida o para qué estoy aquí. Si solo estás para un ‘jiji-jaja’, ¡qué pobreza más grande! Está claro que no te planteas esto en todos los momentos de tu vida: yo con veinte años solo quería jugar al balonmano pero con treinta y pocos me di cuenta que hacer cosas por los demás, de alguna forma, daba sentido a mi vida. Por eso creo que tiene que haber reflexión, tiempo para parar y pensar. —¿Tiene esperanza en el momento actual?—Yo acabo el libro con una historia muy impactante, de una joven que un día llegó llorando a mi despacho. Me contó que su marido la maltrató y que, estando embarazada, le pegó un empujón y casi pierde el hijo. Un jefe le acosó y luego le vino un cáncer, que superó pero que le había vuelto otra vez con fuerza. Era muy creyente y me dijo que solamente pedía a Dios poder estar en la comunión de su hijo. Al salir, llamé a un profesor de ética que había tenido que era sacerdote, y le dije: ‘Yo a esta mujer no la puedo ayudar, pero creo que usted sí’. Él la estuvo acompañando hasta que falleció. Para mí, esa es una historia de liderazgo y no todas las pamplinas que se cuentan por ahí. Entonces, la esperanza la mantengo porque creo que siempre vamos a encontrar gente que esté dispuesta a no ser parte del rebaño y a pelear.
Vivimos rodeados de mediocridad o al menos así lo cree Santiago Ávila, experto en liderazgo, que acaba de publicar ‘Tontocracia’, una radiografía incómoda y cargada de ironía sobre el momento actual en nuestra sociedad. El doctor en Economía lamenta que estamos en medio … de un mundo de incompetencia, banalidad y apariencias que han dejado aparcadas la razón y la responsabilidad.
Esta situación se vive, defiende, en escenarios cruciales como la política, la empresa, la educación y la vida social. Y frente a ello, Ávila, que lleva años trabajando en el área de desarrollo humano y tiene un perfil muy activo en redes sociales, quiere lanzar un mensaje de esperanza porque, como explica a ABC, la sensatez, exigencia y responsabilidad se pueden recuperar.
—¿Cree que nunca hemos vivido en una sociedad como la actual?
—Los griegos ya hablaban de oclocracia, que era la degeneración de la democracia porque el ciudadano no tenía criterio y elegía a los peores gobernantes. Imagino que esto debe de ser de alguna forma cíclico y ahora estamos viviendo otra mala época.
—¿Cómo puede ocurrir esto si supuestamente estamos mejor preparados y tenemos más conocimientos y tecnologías?
—Se cree que la tecnología resuelve los problemas esenciales y no es así. El egoísta sigue siendo egoísta, con y sin tecnología. El soberbio sigue siendo soberbio, el tonto sigue siendo tonto… Todos los personajes antropológicos siguen siendo los mismos pero con un plumaje distinto. Al final se deja de pensar en el otro: da igual el terreno de juego, que estamos en la tiranía de las minorías.
Noticia relacionada
-
Alejandro Martínez, psiquiatra
Laura Peraita
—También se acuerda de que se premia el buenismo por encima de otras cualidades. ¿Cómo afecta esto?
—Todo acaba degenerando. Estamos rodeados de discursos inspiracionales y charlas motivadoras: aparece la figura del jefe con ‘g’, un gerente de la felicidad, cuando en la empresa no se puede dar felicidad. En todo caso bienestar, no confundamos. Por eso hay que recuperar la reflexión, porque si no no hay pensamiento, y la exigencia, porque si no no hay carácter. Y no menos importante: hay que recuperar la ética y la consideración de los demás.
—¿Parte de esta situación es culpa, no de los mediocres en sí, sino de que el resto lo acabamos normalizando?
—Sí. De hecho, la imagen de portada del libro es muy ilustradora: el rebaño. Se está cómodo allí: no saques la cabeza, no pelees, no te permitas decir no cuando todo el mundo espera que sea un sí. Da igual el ámbito en el que estemos, si es una reunión de vecinos, del claustro o un comité de dirección…. Yo lo he vivido en todos.
—¿En el trabajo es donde se nota más la mediocridad o simplemente es donde lo sufrimos más directamente?
—Afecta en todos los ámbitos. Al final lo que ocurre en la empresa es producto de lo que hay en la sociedad y de cómo ha sido su educación y todo ello acaba afectando a la política. Sin embargo, a mi lo que me duele más es que estén en la sociedad, porque al fin y al cabo es el manantial que lo alimenta todo.
—¿Y cómo debe ser un buen líder en estos tiempos?
—Un líder de verdad demuestra su liderazgo en soledad. Y es ejemplar, con buenas prácticas o con comportamientos altruistas, y no es populista: hace lo correcto, no lo que todo el mundo quiere, aunque a veces tenga que tomar decisiones en contra de sus intereses. Muchas veces, el auténtico liderazgo va acompañado de impopularidad.
—¿Hasta qué punto se puede dar la vuelta a este momento actual?
—Tiene que haber un cambio de paradigma y no veo ningún catalizador que lo pueda hacer posible porque creo que ese cambio solamente puede venir con un cataclismo. La sociedad actual tiene un nivel de modorra total, necesita un revulsivo. Estamos en una mala época, no solo en España sino colectivamente como civilización. En política hay enfrentamientos constantes y ocurre lo mismo en la docencia: da igual que digas una verdad científica, que si alguien se siente ofendido se armará un escándalo.
«No hago una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder»
—¿Cómo se puede combatir esta mediocridad?
—Yo puedo hacer lo que está en mi mano, con mi comportamiento. No es una llamada a la heroicidad ni a ir ofreciendo batalla en todos los aspectos de tu vida, pero hay momentos en los que tienes que pelear, aunque muchas veces vayas a perder. Pero una cosa es que pierdas la batalla y otra, que te pierdas a ti mismo. Si conforme pasan los años miras atrás y no tienes ninguna herida es que has llevado una vida miserable.
—¿Y por dónde es más fácil empezar?
—Por donde sea pero a veces va bien hacerlo con lo más cercano: una reunión de vecinos, por ejemplo. ¿Quieres que se pinten las escaleras pero no te atreves a decirlo? Pídelo. Si evitas esos pequeños enfrentamientos, ¿Cómo vas a afrontar los medianos o grandes?
—Pero, ¿no está mal visto enfrentarse y dar batalla?
—Uno debe elegir si quiere seguir siendo rebaño o salir de él. Si no lo haces, cuando te mires al espejo sabrás que eres una oveja más del rebaño. Yo no lo he querido nunca.
—¿Es importante hacer un trabajo interno para pensar qué se quiere?
—Hay que preguntarse qué misión tengo en la vida o para qué estoy aquí. Si solo estás para un ‘jiji-jaja’, ¡qué pobreza más grande! Está claro que no te planteas esto en todos los momentos de tu vida: yo con veinte años solo quería jugar al balonmano pero con treinta y pocos me di cuenta que hacer cosas por los demás, de alguna forma, daba sentido a mi vida. Por eso creo que tiene que haber reflexión, tiempo para parar y pensar.
—¿Tiene esperanza en el momento actual?
—Yo acabo el libro con una historia muy impactante, de una joven que un día llegó llorando a mi despacho. Me contó que su marido la maltrató y que, estando embarazada, le pegó un empujón y casi pierde el hijo. Un jefe le acosó y luego le vino un cáncer, que superó pero que le había vuelto otra vez con fuerza. Era muy creyente y me dijo que solamente pedía a Dios poder estar en la comunión de su hijo. Al salir, llamé a un profesor de ética que había tenido que era sacerdote, y le dije: ‘Yo a esta mujer no la puedo ayudar, pero creo que usted sí’. Él la estuvo acompañando hasta que falleció. Para mí, esa es una historia de liderazgo y no todas las pamplinas que se cuentan por ahí. Entonces, la esperanza la mantengo porque creo que siempre vamos a encontrar gente que esté dispuesta a no ser parte del rebaño y a pelear.
RSS de noticias de bienestar

