El domingo cayó una buena tormenta en Tenerife. Por momentos, se alcanzaron los 30 litros por metro cuadrado.
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El domingo cayó una buena tormenta en Tenerife. Por momentos, se alcanzaron los 30 litros por metro cuadrado.
Los meteorólogos compartieron los pronósticos, las autoridades lanzaron los avisos y los tinerfeños se quedaron en sus casas. La vida de la isla se detuvo o se pospuso, y también se pospuso este ya inolvidable Tenerife-Andorra de la Segunda División, que pasó a jugarse el lunes.
Pienso en Jesús de Miguel despidiéndose de la mujer y de la niña antes de irse al estadio
Siempre que se produce un hecho como el del otro lunes, la muerte sobrevenida e inesperada de un alma joven y en plena forma, pienso en los juegos del azar, eje temático recurrente en la obra de Paul Auster. Pienso en Jesús de Miguel en aquel domingo, tonteando con su hija Carla, de apenas un año, sosteniéndola en brazos mientras contempla la tormenta desde la ventana de su casa. Le veo guardando reposo por la tarde de aquel domingo, acostándose temprano y, ya en la noche, despertándose a ratos, acaso para atender a Carla y los demonios que tantas veces sobresaltan a nuestros pequeños. Y amaneciendo al fin el lunes, listo y fresco para intervenir en el partido que al fin, sol mediante, iba a jugarse aquella misma mañana.
Pienso en Jesús de Miguel despidiéndose de la mujer y de la niña, que luego se asoman a la tribuna. Lo imagino desplazándose al Heliodoro Rodríguez López, saludando a sus compañeros al llegar, bromeando con todos en aquel vestuario que huele a cremas y geles y escuchando al técnico, que reparte las instrucciones y canta el once inicial. Álvaro Cervera, el entrenador, no lo cita entre los titulares pero no importa, De Miguel está para lo que haga falta y más y cuando el jefe lo necesite, allí estará él.
El delegado vocea su nombre. Definitivamente, el entrenador le necesita.
Es el minuto 59 y el partido está lanzado:
–Demi, ¡que sales!
Se anuda los cordones de las botas, se cambia la camiseta, pisa el césped, entra en escena. Fuerza tres faltas y entrega un buen pase a Noel López, que dispara fuera. Luego, corre a por un balón aéreo. Se encuentra en el centro del campo, se eleva para controlarlo y la muerte se cruza en su camino.
Nadie, jamás, podría imaginarse que un futbolista va a morir mientras está jugando al fútbol, en un partido oficial, en un estadio en cuyas gradas comparecen 13.000 espectadores, y por eso me pregunto qué estará pasando por la mente de alguien sano, joven y fuerte, en las horas previas a su muerte.
¿Siente algo? ¿Tiene un pálpito que no comparte? ¿Está ansioso, está en calma, está convencido de que todo está en orden, está preparado para aquello que le espera?
No lo sabemos y nunca lo sabremos. El que se va no vuelve para revelarnos este secreto, y a eso es a lo que jugamos todos, no lo olvidemos.
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