Somos contradictorios. Inventamos las palabras para nombrar, ordenar, comprender el mundo y dar sentido a lo que vivimos. Y, sin embargo, a veces la realidad, –como sucede con el amor, la muerte, la belleza o el horror– desborda el lenguaje. No sé si l as escasas palabras de una columna son insuficientes para escribir sobre Ceuta o si soy yo quien se ha quedado sin ellas. Lo sucedido puede tener muchas lecturas: política, geopolítica, migratoria, jurídica… Pero hay una incontestable: la humana. Hemos oído decir a muchos ceutíes que, si la entrada masiva hubiera ocurrido en otro lugar, la respuesta hubiese sido muy distinta: más ayuda, más rápida y eficaz. Las hipótesis sobre cómo han llegado, por qué, quién los ha atraído, de quién es la responsabilidad se multiplican. Más palabras que hechos. Los gobiernos implicados, de celebración o de vacaciones, y creando playlists para el verano. Responder a una emergencia humanitaria y de seguridad nacional tan grave es responsabilidad de todos. Pero Ceuta está condenada a ser solo frontera y la frontera puede ser feliz metáfora o perversa desgracia . Hemos contemplado en directo a personas viendo romperse un sueño; a otras, en su ciudad, sin saber qué hacer, atónitas y solidarias a pesar de todo, entre el peligro y el drama de tantos; a los buzos de la Guardia Civil salvando vidas sin descanso y con el corazón quebrado cuando ya no era posible; al otro lado, familiares esperando saber si los suyos siguen vivos. Unos y otros, presos del miedo; todos, abandonados a su suerte. Es desolador que alguien llegue a creer que es mejor jugarse la vida que quedarse y que muchos jóvenes sin oportunidades hayan sido utilizados con engañosas promesas. Compartimos idénticos deseos y aspiraciones, sólo nos diferencian las circunstancias. Nadie abandona su casa por gusto, ni se lanza al mar con su bebé si la desesperación no le pisa los talones y el alma. Como recordó el Papa en Gran Canaria, « la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera ». Quizá sea esta la única certeza que permanece cuando las palabras ya no bastan… Somos contradictorios. Inventamos las palabras para nombrar, ordenar, comprender el mundo y dar sentido a lo que vivimos. Y, sin embargo, a veces la realidad, –como sucede con el amor, la muerte, la belleza o el horror– desborda el lenguaje. No sé si l as escasas palabras de una columna son insuficientes para escribir sobre Ceuta o si soy yo quien se ha quedado sin ellas. Lo sucedido puede tener muchas lecturas: política, geopolítica, migratoria, jurídica… Pero hay una incontestable: la humana. Hemos oído decir a muchos ceutíes que, si la entrada masiva hubiera ocurrido en otro lugar, la respuesta hubiese sido muy distinta: más ayuda, más rápida y eficaz. Las hipótesis sobre cómo han llegado, por qué, quién los ha atraído, de quién es la responsabilidad se multiplican. Más palabras que hechos. Los gobiernos implicados, de celebración o de vacaciones, y creando playlists para el verano. Responder a una emergencia humanitaria y de seguridad nacional tan grave es responsabilidad de todos. Pero Ceuta está condenada a ser solo frontera y la frontera puede ser feliz metáfora o perversa desgracia . Hemos contemplado en directo a personas viendo romperse un sueño; a otras, en su ciudad, sin saber qué hacer, atónitas y solidarias a pesar de todo, entre el peligro y el drama de tantos; a los buzos de la Guardia Civil salvando vidas sin descanso y con el corazón quebrado cuando ya no era posible; al otro lado, familiares esperando saber si los suyos siguen vivos. Unos y otros, presos del miedo; todos, abandonados a su suerte. Es desolador que alguien llegue a creer que es mejor jugarse la vida que quedarse y que muchos jóvenes sin oportunidades hayan sido utilizados con engañosas promesas. Compartimos idénticos deseos y aspiraciones, sólo nos diferencian las circunstancias. Nadie abandona su casa por gusto, ni se lanza al mar con su bebé si la desesperación no le pisa los talones y el alma. Como recordó el Papa en Gran Canaria, « la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera ». Quizá sea esta la única certeza que permanece cuando las palabras ya no bastan…
Somos contradictorios. Inventamos las palabras para nombrar, ordenar, comprender el mundo y dar sentido a lo que vivimos. Y, sin embargo, a veces la realidad, –como sucede con el amor, la muerte, la belleza o el horror– desborda el lenguaje. No sé si las … escasas palabras de una columna son insuficientes para escribir sobre Ceuta o si soy yo quien se ha quedado sin ellas. Lo sucedido puede tener muchas lecturas: política, geopolítica, migratoria, jurídica… Pero hay una incontestable: la humana.
Hemos oído decir a muchos ceutíes que, si la entrada masiva hubiera ocurrido en otro lugar, la respuesta hubiese sido muy distinta: más ayuda, más rápida y eficaz. Las hipótesis sobre cómo han llegado, por qué, quién los ha atraído, de quién es la responsabilidad se multiplican. Más palabras que hechos. Los gobiernos implicados, de celebración o de vacaciones, y creando playlists para el verano.
Responder a una emergencia humanitaria y de seguridad nacional tan grave es responsabilidad de todos. Pero Ceuta está condenada a ser solo frontera y la frontera puede ser feliz metáfora o perversa desgracia. Hemos contemplado en directo a personas viendo romperse un sueño; a otras, en su ciudad, sin saber qué hacer, atónitas y solidarias a pesar de todo, entre el peligro y el drama de tantos; a los buzos de la Guardia Civil salvando vidas sin descanso y con el corazón quebrado cuando ya no era posible; al otro lado, familiares esperando saber si los suyos siguen vivos.
Noticia relacionada
-
María Amor Martín
Unos y otros, presos del miedo; todos, abandonados a su suerte. Es desolador que alguien llegue a creer que es mejor jugarse la vida que quedarse y que muchos jóvenes sin oportunidades hayan sido utilizados con engañosas promesas. Compartimos idénticos deseos y aspiraciones, sólo nos diferencian las circunstancias.
Nadie abandona su casa por gusto, ni se lanza al mar con su bebé si la desesperación no le pisa los talones y el alma. Como recordó el Papa en Gran Canaria, «la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera». Quizá sea esta la única certeza que permanece cuando las palabras ya no bastan…
RSS de noticias de espana
