Un halo de misterio, cierto miedo y curiosidad sobrevuela por uno de los enigmas sin resolver en las dos últimas décadas que se repitió de nuevo este domingo en Łódź (Polonia). La selección española sub-20 alzó el título mundial femenino en los penaltis ante Corea del Norte, un país del que no se sabe prácticamente nada, pero que ha logrado disputar nueve finales de categorías desde 2006 y levantar siete títulos.
Los equipos, como la selección sub-20 recientemente subcampeona mundial, conocen las reglas, tienen a policías o controladores en sus equipos y saben que, de romperlas, habrá consecuencias con la familia
Un halo de misterio, cierto miedo y curiosidad sobrevuela por uno de los enigmas sin resolver en las dos últimas décadas que se repitió de nuevo este domingo en Łódź (Polonia). La selección española sub-20 alzó el título mundial femenino en los penaltis ante Corea del Norte, un país del que no se sabe prácticamente nada, pero que ha logrado disputar nueve finales de categorías desde 2006 y levantar siete títulos.
Las futbolistas viven en una auténtica distopía porque el país es una habitación con un cerrojo sin llave que evita el contacto con el exterior. Y la única oportunidad para, al menos, mirar por la cerradura surge en campeonatos así.
“Tenían tres entrenamientos al día, el primero a las seis de la mañana. No nos dejaron verlas”, explica una de las periodistas que cubrió el torneo desde las semifinales. “Estábamos en el mismo hotel, pero apenas coincidíamos. Solo tuvieron relación con la guía”, apuntan desde la Real Federación Española de Fútbol.
“A las ruedas de prensa iban la entrenadora y una jugadora, pero todas las respuestas eran frases como ‘lo hacemos por el país’ o ‘somos la República Popular Democrática de Corea’. De hecho, se enfadaron cuando les tildaban de Corea del Norte”, añade.
“Vino la capitana a hacerse la fotografía con el trofeo. En la hora y media que duró el acto ni habló. Acudió con una persona de prensa y otra más”, introduce. Para descubrir quién puede ser esa otra persona y cómo se maneja el equipo fuera de sus fronteras el hombre ideal es Juan Ignacio Marcet.
Todavía recuerda, hace algo más de una década, su viaje a Pionyang. Cogió el único avión que sale al día desde Pekín, un túpolev ruso donde solo viaja gente selecta que puede entrar en el país, a quienes se les da la bienvenida con el diario local con imágenes del líder (Kim Jong-un) en cada página. “Uno de nuestros entrenadores dobló el periódico y le empezaron a gritar que no se puede hacer eso con la cara del líder”.
Miles de personas en fila plantando césped haciendo agujeros con un bolígrafo: parecía el siglo XVI”
El motivo del viaje, que da para una entrevista a doble página (“al llegar allí parece que vayas al siglo XVI: vi miles de personas en fila plantando césped. Cada uno hacía un agujero con un bolígrafo e iba poniendo la hierba”), era seleccionar a los jugadores cadetes que se alojaban en la academia internacional para realizar un Erasmus de un año en las instalaciones de Horta de la Fundación Marcet. “Nos escogieron porque no éramos un club ni una marca, sino una escuela”, resume. Aquella fue “la primera y única vez (no se conocen más experimentos) que les encargaron la educación fuera del país con los riesgos que hay”.
Marcet pudo convivir un año con los 18 chicos. Llegaron acompañados por un matrimonio (“era un hombre y una mujer quienes les controlaban. Siempre envían a dos personas para que se vigilen el uno al otro”), sin entrenadores (en la Federació Catalana de Fútbol tienen constancia de una visita institucional pero nunca de técnicos) y con las reglas muy marcadas. “Iban a la escuela, aprendieron español, tenían hasta un ordenador y podían ver TV3; lo prohibido era todo lo que tenía que ver con Estados Unidos”, relata. “Estuvieron en un colegio católico; a ellos no les importaba hablar de Dios, pero no se podía hablar de Walt Disney, les salía urticaria. Pasó una vez en un ejercicio de clase que se habló de ello. Conocer la espiritualidad de un país no era un problema, pero nada de cosas americanas”, sentenció.
“Me puedo imaginar –prosigue– cómo vivieron esas chicas en Polonia. Ninguna se salió de la norma, ni lo piensan. Han sido estructuradas así desde pequeñas y como no hay influencia exterior, se lo creen todo. Tendrán prohibida la televisión y en los staffs hay controladores… Que la lata no se abra. Si ven, dudan y sus convicciones entrarían en crisis”, añade, con la experiencia de esa relación que deparó, incluso, en un éxito histórico: esa generación masculina se alzó con el Campeonato Asiático sub-16 ante Corea del Sur y Choe Yong-Sok, uno de aquellos niños, acabó en la Fiorentina. “Al llegar a Pionyang debes hacer una ofrenda floral a los tres históricos líderes. Sus estatuas son enormes. Me dijeron, pero claro no lo sé, que estaban tan contentos con haber ganado ese torneo que en esa avenida pusieran una mía (hay más), obviamente más pequeña”, cuenta con intriga Marcet.
En el Comité Olímpico Internacional (COI) conocen mejor que nadie al país. Una de sus fuentes, que lleva décadas tratándolos, complementa las impresiones de Marcet. “Para mí, es como lo hacían los países soviéticos. Corea del Norte nunca pide nada, no se relaciona, no podemos ni ayudarles con subvenciones porque no se pueden hacer transferencias. Solo pidieron más protección en los Juegos de Invierno de 2018 en Corea del Sur por razones obvias. Pero ellos cuentan con sus sistemas de control”, introduce. “En las delegaciones hay una disciplina estricta. Hay personas acreditadas que no son técnicos o delegados, sino policías o controladores”.
Y añade: “Si permiten de vez en cuando salir del país para hacer un servicio (como sucedió con los cadetes en la Marcet), es porque lo han estudiado mucho. Todos los que están fuera siguen estando controlados. En Ginebra, Corea del Norte tiene una delegación importante con libertad para viajar por Europa. Y los deportistas tienen familia en el país, por lo que saben que si hacen algo o desertan, ellos podrían recibir las consecuencias”, responde. “Al ministro de Deportes que vino a vernos a Barcelona ya no lo vimos en Piongyang. Dijeron que se había jubilado”, añade Marcet.
El fundador de la escuela de fútbol cuenta que en esa visita le explicaron que “ellos detectaron hace tiempo una oportunidad en el fútbol femenino. Desde pequeñas se entrenan juntas, con sistemas disciplinados, militares, con orden táctico y mucho físico. Y eso funciona a determinadas edades. En esos meses en Marcet les ayudamos a ser creativos, ellos eran jugadores sumisos que seguían un entrenador GPS”, añade.
“Sus infraestructuras son de primer nivel, pero se entrenan como en los años soviéticos y les limita su aislacionismo”, añade la fuente ligada al COI.
La alemana Brigitte Weich realizó dos documentales sobre el equipo femenino en el que se centraba en cuatro personajes y donde quedaba demostrado ese servicio al país (“para ellos no existe la individualidad”, dice Marcet), pero también dejó un matiz de la crítica: “No sabemos si son sinceras o dicen lo que se espera de ellas que digan”.
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