Pocas decisiones dentro de la Iglesia hacen sufrir más a un Papa que un cisma . Quizá la herejía, que se da la mano con el cisma en el sentido en que la primera atenta contra la fe, la segunda contra la caridad y la comunión, y en no pocas ocasiones el cisma se produce por una herejía. Da la impresión de que las herejías y los cismas eran rupturas y desviaciones del pasado. No es así. Sigue habiendo herejías, y por desgracia herejes, pese a que pocos están declarados como tales, entre otras razones porque lo que han decaído son los inquisidores de la doctrina. Y sigue habiendo cismáticos. León XIV, y con él la Iglesia, ha vivido esta semana cómo la ordenación episcopal sin mandato pontificio de cuatro sacerdotes lefebvrianos rasgaba el corazón de la necesaria unidad, una deslegitimación de una de las funciones principales del ministerio del Papa, «un pecado de extrema gravedad» como lo calificó el pontífice en la carta que les escribió a última hora para que rectificaran. Tarde o temprano sabremos más en detalle lo que piensa León XIV de esta decisión ya consumada por una Fraternidad cuyo problema de fondo es la no aceptación íntegra del Concilio Vaticano II. Para analizar lo que este cisma ha provocado en el Papa León XIV podemos recordar lo que su maestro san Agustín pensaba sobre lo que es y significa un cisma. El de Hipona escribió que «en la cátedra de la unidad ha puesto Dios la doctrina de la verdad» y que «el origen y la pertinencia del cisma no estriba sino en el odio a los hermanos». El error del cisma consiste en ir «contra la Iglesia católica», «una ruptura que sitúa un altar frente a otro altar». Para san Agustín el cisma es una decisión grave porque perturba la paz católica. Llegó a escribir que quienes «causan un cisma» son «violadores de la caridad». Ni la herejía ni el cisma corresponden a la voluntad de Dios. Se podría afirmar, según este padre de la Iglesia, que el cisma es la peor de las herejías. Pocas decisiones dentro de la Iglesia hacen sufrir más a un Papa que un cisma . Quizá la herejía, que se da la mano con el cisma en el sentido en que la primera atenta contra la fe, la segunda contra la caridad y la comunión, y en no pocas ocasiones el cisma se produce por una herejía. Da la impresión de que las herejías y los cismas eran rupturas y desviaciones del pasado. No es así. Sigue habiendo herejías, y por desgracia herejes, pese a que pocos están declarados como tales, entre otras razones porque lo que han decaído son los inquisidores de la doctrina. Y sigue habiendo cismáticos. León XIV, y con él la Iglesia, ha vivido esta semana cómo la ordenación episcopal sin mandato pontificio de cuatro sacerdotes lefebvrianos rasgaba el corazón de la necesaria unidad, una deslegitimación de una de las funciones principales del ministerio del Papa, «un pecado de extrema gravedad» como lo calificó el pontífice en la carta que les escribió a última hora para que rectificaran. Tarde o temprano sabremos más en detalle lo que piensa León XIV de esta decisión ya consumada por una Fraternidad cuyo problema de fondo es la no aceptación íntegra del Concilio Vaticano II. Para analizar lo que este cisma ha provocado en el Papa León XIV podemos recordar lo que su maestro san Agustín pensaba sobre lo que es y significa un cisma. El de Hipona escribió que «en la cátedra de la unidad ha puesto Dios la doctrina de la verdad» y que «el origen y la pertinencia del cisma no estriba sino en el odio a los hermanos». El error del cisma consiste en ir «contra la Iglesia católica», «una ruptura que sitúa un altar frente a otro altar». Para san Agustín el cisma es una decisión grave porque perturba la paz católica. Llegó a escribir que quienes «causan un cisma» son «violadores de la caridad». Ni la herejía ni el cisma corresponden a la voluntad de Dios. Se podría afirmar, según este padre de la Iglesia, que el cisma es la peor de las herejías.

Pocas decisiones dentro de la Iglesia hacen sufrir más a un Papa que un cisma. Quizá la herejía, que se da la mano con el cisma en el sentido en que la primera atenta contra la fe, la segunda contra la caridad y la … comunión, y en no pocas ocasiones el cisma se produce por una herejía. Da la impresión de que las herejías y los cismas eran rupturas y desviaciones del pasado. No es así. Sigue habiendo herejías, y por desgracia herejes, pese a que pocos están declarados como tales, entre otras razones porque lo que han decaído son los inquisidores de la doctrina. Y sigue habiendo cismáticos. León XIV, y con él la Iglesia, ha vivido esta semana cómo la ordenación episcopal sin mandato pontificio de cuatro sacerdotes lefebvrianos rasgaba el corazón de la necesaria unidad, una deslegitimación de una de las funciones principales del ministerio del Papa, «un pecado de extrema gravedad» como lo calificó el pontífice en la carta que les escribió a última hora para que rectificaran.
Tarde o temprano sabremos más en detalle lo que piensa León XIV de esta decisión ya consumada por una Fraternidad cuyo problema de fondo es la no aceptación íntegra del Concilio Vaticano II. Para analizar lo que este cisma ha provocado en el Papa León XIV podemos recordar lo que su maestro san Agustín pensaba sobre lo que es y significa un cisma. El de Hipona escribió que «en la cátedra de la unidad ha puesto Dios la doctrina de la verdad» y que «el origen y la pertinencia del cisma no estriba sino en el odio a los hermanos». El error del cisma consiste en ir «contra la Iglesia católica», «una ruptura que sitúa un altar frente a otro altar».
Para san Agustín el cisma es una decisión grave porque perturba la paz católica. Llegó a escribir que quienes «causan un cisma» son «violadores de la caridad». Ni la herejía ni el cisma corresponden a la voluntad de Dios. Se podría afirmar, según este padre de la Iglesia, que el cisma es la peor de las herejías.
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