El jiennense de 10 años emociona con Cuore Bello (Te Quiero, Te Quiero) y devuelve a España la ilusión eurovisiva en una noche en la que Armenia conquista el festival y deja una llamativa paradoja: España compite en Eurovisión Junior, pero no en el festival de adultos Leer El jiennense de 10 años emociona con Cuore Bello (Te Quiero, Te Quiero) y devuelve a España la ilusión eurovisiva en una noche en la que Armenia conquista el festival y deja una llamativa paradoja: España compite en Eurovisión Junior, pero no en el festival de adultos Leer
Qué cosas tiene Eurovisión. España ha tenido que recurrir a un niño de 10 años para volver a sentir lo que se siente cuando nuestro país está a punto de ganar el festival. Para volver a emocionarse con unos puntos, para esperar que alguien pronuncie el nombre de España, para mirar una clasificación con el corazón encogido y para creer, hasta el último momento, que la victoria era posible.
España no estará en el Eurovisión de los mayores, pero este sábado ha estado a punto de ganar el de los pequeños. Lucas Paulano ha llevado a España hasta el segundo puesto de Eurovisión Junior 2026. Armenia se ha llevado el triunfo. Y la televisión, que a veces tiene estas cosas, nos ha regalado una paradoja que nadie hubiera podido escribir mejor.
Se llama Lucas Paulano, tiene 10 años, es de Jaén y este sábado cerró las actuaciones de Eurovisión Junior con Cuore Bello (Te Quiero, Te Quiero). Llegaba a Malta entre los favoritos y no defraudó. No ganó, pero se quedó a las puertas. Un segundo puesto que vuelve a colocar a España entre los grandes protagonistas de un festival en el que los niños hacen lo que los mayores, en demasiadas ocasiones, han olvidado: convertir la música en una fiesta.
Y eso, en un Eurovisión Junior cada vez más parecido al de los adultos, no es poca cosa.
Porque lo que se vio en Malta fue un festival con todas las letras. Con sus 16 países, sus escenografías descomunales, sus aspirantes a estrellas, sus canciones pegadizas, sus baladas, sus propuestas imposibles, sus votaciones y sus nervios. Una maquinaria televisiva que ha dejado muy atrás aquella idea de un concurso de canciones infantiles. Eurovisión Junior ya no juega a ser Eurovisión. Es Eurovisión. Con participantes que todavía tienen edad para preocuparse por los deberes del colegio.
Y en medio de semejante despliegue apareció Lucas. El último. El encargado de cerrar la competición. Su puesta en escena comenzó con una caja de recuerdos. Un conejo de peluche, una medalla de fútbol, una entrada de noria. Pequeños objetos que para cualquiera podrían no significar nada y que para un niño pueden significarlo todo. Después llegaron las 523 bombillas de una estructura circular que acabó convirtiéndose en una enorme noria. Y la luz, y el público, y las pulseras luminosas, y una frase escrita con su propia letra: Tonight will shine forever in my heart. La noche brillará para siempre en mi corazón.
Difícil encontrar una frase que resuma mejor lo que significa para un niño de 10 años representar a su país en un festival de estas dimensiones. Y mucho más cuando esa noche termina con España en el segundo puesto, rozando una victoria que no consigue desde que María Isabel conquistase Eurovisión Junior en 2004 con Antes muerta que sencilla.
Lucas llegaba a Malta con la ilusión de quien todavía no sabe lo que significa tener miedo al fracaso. Había ganado La Voz Kids y había conseguido que su canción despertase el entusiasmo de los seguidores del certamen. Su actuación cerró una noche en la que Armenia apostó por el espectáculo más desenfadado, Ucrania por la electrónica y los neones, Italia por el rock y Malta por una puesta en escena teatral que incluso incorporó una avioneta. Hubo espacio para prácticamente todo.
Pero si algo distingue a Eurovisión Junior es que, por mucha producción que se coloque sobre el escenario, sus protagonistas siguen siendo niños. Y ahí reside buena parte de su encanto. La emoción no necesita fabricarse tanto como en el festival adulto. Está en la ilusión de los participantes, en la importancia que conceden a cada detalle, en la felicidad de estar allí. Lo que para un artista consagrado puede ser una actuación más, para ellos es probablemente uno de los días más importantes de sus vidas.
Y entonces llegó la otra paradoja de la noche. La de descubrir que había que viajar hasta Eurovisión Junior para recuperar esa emoción tan nuestra de ver a España sobre el escenario de Eurovisión. La de volver a escuchar el nombre de nuestro país entre las votaciones, la de sumar puntos, la de ilusionarse con una victoria que durante unos minutos parecía al alcance de la mano.
Porque España se ha bajado del Eurovisión de los mayores, pero sigue subiéndose al de los pequeños.
RTVE tiene sus razones. La decisión de no participar en el festival adulto está vinculada a la presencia de Israel, país que no compite en esta edición infantil. Pero, más allá de las decisiones institucionales, resulta llamativo que sea precisamente Eurovisión Junior el que permita recuperar el orgullo de la representación española, esa emoción colectiva que durante décadas ha formado parte del propio festival.
No se trata de cuestionar aquí las razones de RTVE, sino de constatar una paradoja televisiva. España no participa en Eurovisión, pero este sábado ha vuelto a vivir Eurovisión. Ha vuelto a tener representante, canción, puesta en escena, nervios, jurados, votaciones y una ilusión compartida. Ha vuelto a sentir que el nombre de España podía aparecer en lo más alto de una clasificación internacional. Y ha estado muy cerca de conseguirlo. Y todo gracias a un niño de 10 años.
La gala, presentada por Destiny Chukunyere, Gaia Cauchi y Keane Cutajar, recuperó también a antiguas ganadoras del certamen y convirtió el Malta Fairs & Conventions Centre de Ta’ Qali en una gran celebración musical. Armenia terminó llevándose la victoria con Naré y su BOO!, una propuesta muy diferente a la española y muy apropiada para Halloween. Como dijo Toni Aguilar, es la canción que va a sonar en la noche de los muertos. Mientras Lucas apostó por la emoción y los recuerdos, Naré convirtió los miedos infantiles en una fiesta de monstruos, fantasmas y coreografías. Dos maneras de entender Eurovisión Junior que acabaron disputándose los puestos de honor.
Y llegaron las votaciones. Esos minutos en los que Eurovisión deja de ser un espectáculo musical para convertirse en un ejercicio colectivo de nervios. Los jurados profesionales otorgaron a Lucas 108 puntos, una puntuación que situó a España en el segundo puesto de esta primera fase, por detrás de Francia, que consiguió 114. Después llegó el voto del público, el que terminó por decidir una clasificación en la que Armenia se proclamó vencedora y España logró la segunda posición.
El segundo puesto de Lucas tiene un mérito añadido. España lleva años demostrando que Eurovisión Junior no es una participación de compromiso, sino una apuesta por competir, por preparar candidaturas cuidadas y por llevar al escenario propuestas capaces de medirse con las mejores. El resultado de Malta vuelve a confirmarlo.
Armenia ganó. Y ganó con una canción que hizo de la diversión su mejor arma. Pero España también tuvo motivos para celebrar. Porque no todos los segundos puestos saben a derrota. Algunos sirven para recordar que una canción puede reunir durante unas horas a espectadores de generaciones muy distintas frente a un televisor, pendientes de un resultado que no cambia la vida de nadie, pero que consigue emocionarlos como si la cambiara.
Tal vez ahí esté la gran historia de esta edición. En que Eurovisión Junior, con sus excesos, sus pantallas, sus luces y su espectacularidad, todavía conserva algo que el festival de los mayores pierde demasiadas veces entre las polémicas y los conflictos. La posibilidad de disfrutar de la música sin que todo lo demás termine por devorarla.
Lucas llegó a Malta con una canción sobre los recuerdos y regresará con uno que difícilmente podrá olvidar. No ganó Eurovisión Junior, pero estuvo a punto. Y consiguió algo que parecía reservado al pasado inmediato de nuestra televisión: que España volviera a soñar con ganar Eurovisión.
Aunque, esta vez, haya tenido que ser en el festival de los niños
Televisión // elmundo

