La estabilidad es un valor que el Barça debe saber preservar con inteligencia. Las ocho victorias en la Liga confirman la voluntad de mejorar en un contexto competitivo que, no lo olvidemos, mantiene las incertidumbres de un deporte felizmente imprevisible. El control de las rotaciones –el sábado con tres goleadores, Gordon, Gabriel Jesus y Koundé, que certifican la diversidad ofensiva de la plantilla–, la atención a los detalles, el juego y el liderazgo de Hansi Flick garantizan una conexión con el público que, hasta ahora, ha superado cualquier tentación de discordia y euforia artificiosas. Por decirlo con palabras de José Maria Aznar: “El Barça va bien” porque “el que puede hacer hace”.
La estabilidad es un valor que el Barça debe saber preservar con inteligencia. Las ocho victorias en la Liga confirman la voluntad de mejorar en un contexto competitivo que, no lo olvidemos, mantiene las incertidumbres de un deporte felizmente imprevisible. El control de las rotaciones –el sábado con tres goleadores, Gordon, Gabriel Jesus y Koundé, que certifican la diversidad ofensiva de la plantilla–, la atención a los detalles, el juego y el liderazgo de Hansi Flick garantizan una conexión con el público que, hasta ahora, ha superado cualquier tentación de discordia y euforia artificiosas. Por decirlo con palabras de José Maria Aznar: “El Barça va bien” porque “el que puede hacer hace”.Seguir leyendo…
La estabilidad es un valor que el Barça debe saber preservar con inteligencia. Las ocho victorias en la Liga confirman la voluntad de mejorar en un contexto competitivo que, no lo olvidemos, mantiene las incertidumbres de un deporte felizmente imprevisible. El control de las rotaciones –el sábado con tres goleadores, Gordon, Gabriel Jesus y Koundé, que certifican la diversidad ofensiva de la plantilla–, la atención a los detalles, el juego y el liderazgo de Hansi Flick garantizan una conexión con el público que, hasta ahora, ha superado cualquier tentación de discordia y euforia artificiosas. Por decirlo con palabras de José Maria Aznar: “El Barça va bien” porque “el que puede hacer hace”.
La referencia a Aznar no es gratuita: es un madridista reconocido y fáctico que, por acción u omisión, participa de un paisaje mediático vorazmente envenenado. Un paisaje que, desde el sábado, se proyecta hacia el Barça-Madrid del 25 de octubre como estrategia de maquillaje para disimular los problemas del presente. Inmerso en una crisis de identidad que viene de lejos, el Madrid sigue sin digerir los éxitos del Barça y de la selección española. Sabíamos que el Madrid tenía mal perder, pero constatamos cada vez más que tampoco sabe ganar.
A los culés les conviene centrarse en su propio esfuerzo sin pensar en el Barça-Madrid
Como si, imitando la política, en Madrid se quisiera repetir la experiencia de la crispación omnipresente como método de interpretación de la realidad, el tratamiento mediático del fútbol se empeña en crear objetivos falsamente trascendentes para desviar la atención o, peor aún, manipularla artificialmente. Entretenerse hasta la obsesión con las deflagraciones coléricas de Mourinho o de Vinícius es un ejercicio tóxico para los culés, ahora que disfrutamos de una ilusionante estabilidad.
Como prioridad preventiva, nos conviene no caer en la trampa del calendario, que pretende convertir el Barça-Madrid en otro partido a vida o muerte. Si el Barça mantiene su nivel de juego –los resultados siempre son una incógnita– en Estambul, Sevilla y París, el desenlace del Barça-Madrid del día 25 no será especialmente vinculante. Que José Mourinho vuelva al estadio, en cambio, si tendrá cierta carga anecdótica. Es el exconverso y adversario de episodios como el dedo en el ojo de Tito Vilanova o el enfático baile tribal de los aspersores, y, conociéndolo, quizá tendrá la tentación de repetir su conocido repertorio de artimañas. Por suerte, los culés tenemos un antídoto muy eficaz contra esta clase de veneno.

Hace veinte años (¡¡!!), en una eliminatoria contra el Chelsea, después de que Mourinho acusara a Leo Messi de haber hecho teatro en el partido de ida en Stamford Bridge, la grada del Camp Nou, siguiendo ese instinto majestuoso que de vez en cuando la ilumina, le cantó, afinando y en perfecto castellano: “Vete al teatro, Mourinho vete al teatro”. Ahora, pasados los años, el valor de aquella anécdota sigue evolucionando y nos sirve para detectar, con una certeza casi infalible, cada vez que Mourinho –y, por extensión, los jugadores que pretende adoctrinar con un fervor más militar que futbolístico– se aferra, por pura impotencia y desesperación, al recurso de hacer comedia.
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