La discreta entrada por el aparcamiento en la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares antes de su reconocimiento forense evitó que las cámaras captasen la imagen de Jordi Pujol acudiendo a la cita judicial en un andador. Su estado de salud y deterioro cognitivo sí valió para que, al poco rato, el tribunal anunciase que quedaba exonerado en el juicio que contra él y sus hijos se celebra en Madrid por la fortuna familiar oculta en Andorra.La decisión de la Audiencia Nacional no supone una absolución sobre el fondo de los hechos, pero sí introduce un elemento político y simbólico de calado, o al menos así se lee en Cataluña: el expresidente sale de la causa sin sentencia y, con ello, se refuerza un proceso de parcial restitución pública que venía gestándose desde hace años y que ahora cobra mayor densidad, coincidiendo precisamente con el empeoramiento de su estado de salud. El ocaso del Pujol terrenal es paralelo a la rehabilitación de Pujol como figura histórica, un proceso en el que han participado casi todos los partidos en Cataluña en mayor o menor medida.No ha sido una operación súbita. Tras la confesión de la ‘deixa’ (legado) del ‘avi’ Florenci en 2014 vino un largo periodo de penitencia, en el que incluso su propio espacio político tomó distancia. Convergència acabó refundándose, el pujolismo era un lastre y el viejo líder, tras renunciar a las prerrogativas como ‘expresident’ se recluyó en un despacho cedido por un amigo, recibiendo apenas a unos pocos fieles mientras Cataluña vivía absorbida por el ‘procés’. En Premià de Mar una estatua con su efigie fue tirada por los suelos.Noticia relacionada general No No Pujol Ferrusola sobre la ‘deixa’ del abuelo Florenci: «El dinero opaco nunca deja rastro» Elena BurésAquel era el tiempo del «diuen, diuen, diuen» («dicen, dicen, dicen…»), la frase pronunciada por el patriarca en la comisión del Parlament (2015) que debía servirle de defensa y que terminó convertida en símbolo de su caída. También cayó el oprobio sobre el resto del clan: en la misma sesión en la que Marta Ferrusola, fallecida en 2024, se lamentaba de que sus hijos iban con «una mano delante y otra detrás», un soberbio Jordi Pujol Jr. enumeraba los deportivos de su colección. La inflexión llegó tras la pandemia. Primero, con apariciones esporádicas. Después, con señales más explícitas. Un acto en Prada de Conflent (Francia) junto a otros ‘expresidents’ en 2023 supuso una primera normalización, pero el paso decisivo lo dio un recién elegido Salvador Illa al recibirlo en el Palau de la Generalitat y reivindicarlo como «una de las figuras más relevantes de la historia política de Cataluña». Aquella fotografía fue mucho más que un gesto humano: fue un acto de reconocimiento, un gesto pensado tanto en clave política como histórica. En clave política porque resulta obvio el interés del PSC por atraerse a un sector de la sociedad catalana huérfana por la radicalidad de Junts. En clave histórica porque, con sus luces y sus sombras, y tras 23 años como presidente, a Pujol se le reconoce como el constructor de la Cataluña moderna, guste más o menos.Junto con las razones políticas e históricas de fondo, su restitución responde también a una razón práctica, logística si se quiere, porque, a diferencia de lo que podría pensarse hace una década, y con su salud cada vez más delicada, en la Generalitat hace tiempo que se trabaja discretamente en el protocolo para el día de su muerte, conscientes de la magnitud institucional del momento. Esa preparación —que comenzó a perfilarse ya con el Govern de Pere Aragonès, como explicó ABC— revela hasta qué punto la discusión ha dejado de ser si habrá reconocimiento institucional, para pasar a decidir cómo será.Hace una década, pensar en honores públicos para Pujol habría resultado políticamente inasumible. Hoy, en cambio, se contempla un esquema similar al desplegado con Tarradellas, fallecido en 1988, el único precedente de presidente autonómico fallecido en democracia: capilla ardiente en el Palau de la Generalitat, tres días de duelo oficial y funeral en la Catedral de BarcelonaPara sus detractores, la exoneración decretada por la Audiencia Nacional ayer no aligera la sospecha corrupta que lastra su legado. Para quienes promueven su rehabilitación, la decisión del tribunal permite pensar en el último trayecto de Pujol en clave institucional, histórica, y no judicial. La discreta entrada por el aparcamiento en la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares antes de su reconocimiento forense evitó que las cámaras captasen la imagen de Jordi Pujol acudiendo a la cita judicial en un andador. Su estado de salud y deterioro cognitivo sí valió para que, al poco rato, el tribunal anunciase que quedaba exonerado en el juicio que contra él y sus hijos se celebra en Madrid por la fortuna familiar oculta en Andorra.La decisión de la Audiencia Nacional no supone una absolución sobre el fondo de los hechos, pero sí introduce un elemento político y simbólico de calado, o al menos así se lee en Cataluña: el expresidente sale de la causa sin sentencia y, con ello, se refuerza un proceso de parcial restitución pública que venía gestándose desde hace años y que ahora cobra mayor densidad, coincidiendo precisamente con el empeoramiento de su estado de salud. El ocaso del Pujol terrenal es paralelo a la rehabilitación de Pujol como figura histórica, un proceso en el que han participado casi todos los partidos en Cataluña en mayor o menor medida.No ha sido una operación súbita. Tras la confesión de la ‘deixa’ (legado) del ‘avi’ Florenci en 2014 vino un largo periodo de penitencia, en el que incluso su propio espacio político tomó distancia. Convergència acabó refundándose, el pujolismo era un lastre y el viejo líder, tras renunciar a las prerrogativas como ‘expresident’ se recluyó en un despacho cedido por un amigo, recibiendo apenas a unos pocos fieles mientras Cataluña vivía absorbida por el ‘procés’. En Premià de Mar una estatua con su efigie fue tirada por los suelos.Noticia relacionada general No No Pujol Ferrusola sobre la ‘deixa’ del abuelo Florenci: «El dinero opaco nunca deja rastro» Elena BurésAquel era el tiempo del «diuen, diuen, diuen» («dicen, dicen, dicen…»), la frase pronunciada por el patriarca en la comisión del Parlament (2015) que debía servirle de defensa y que terminó convertida en símbolo de su caída. También cayó el oprobio sobre el resto del clan: en la misma sesión en la que Marta Ferrusola, fallecida en 2024, se lamentaba de que sus hijos iban con «una mano delante y otra detrás», un soberbio Jordi Pujol Jr. enumeraba los deportivos de su colección. La inflexión llegó tras la pandemia. Primero, con apariciones esporádicas. Después, con señales más explícitas. Un acto en Prada de Conflent (Francia) junto a otros ‘expresidents’ en 2023 supuso una primera normalización, pero el paso decisivo lo dio un recién elegido Salvador Illa al recibirlo en el Palau de la Generalitat y reivindicarlo como «una de las figuras más relevantes de la historia política de Cataluña». Aquella fotografía fue mucho más que un gesto humano: fue un acto de reconocimiento, un gesto pensado tanto en clave política como histórica. En clave política porque resulta obvio el interés del PSC por atraerse a un sector de la sociedad catalana huérfana por la radicalidad de Junts. En clave histórica porque, con sus luces y sus sombras, y tras 23 años como presidente, a Pujol se le reconoce como el constructor de la Cataluña moderna, guste más o menos.Junto con las razones políticas e históricas de fondo, su restitución responde también a una razón práctica, logística si se quiere, porque, a diferencia de lo que podría pensarse hace una década, y con su salud cada vez más delicada, en la Generalitat hace tiempo que se trabaja discretamente en el protocolo para el día de su muerte, conscientes de la magnitud institucional del momento. Esa preparación —que comenzó a perfilarse ya con el Govern de Pere Aragonès, como explicó ABC— revela hasta qué punto la discusión ha dejado de ser si habrá reconocimiento institucional, para pasar a decidir cómo será.Hace una década, pensar en honores públicos para Pujol habría resultado políticamente inasumible. Hoy, en cambio, se contempla un esquema similar al desplegado con Tarradellas, fallecido en 1988, el único precedente de presidente autonómico fallecido en democracia: capilla ardiente en el Palau de la Generalitat, tres días de duelo oficial y funeral en la Catedral de BarcelonaPara sus detractores, la exoneración decretada por la Audiencia Nacional ayer no aligera la sospecha corrupta que lastra su legado. Para quienes promueven su rehabilitación, la decisión del tribunal permite pensar en el último trayecto de Pujol en clave institucional, histórica, y no judicial.
La discreta entrada por el aparcamiento en la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares antes de su reconocimiento forense evitó que las cámaras captasen la imagen de Jordi Pujol acudiendo a la cita judicial en un andador. Su estado de … salud y deterioro cognitivo sí valió para que, al poco rato, el tribunal anunciase que quedaba exonerado en el juicio que contra él y sus hijos se celebra en Madrid por la fortuna familiar oculta en Andorra.
La decisión de la Audiencia Nacional no supone una absolución sobre el fondo de los hechos, pero sí introduce un elemento político y simbólico de calado, o al menos así se lee en Cataluña: el expresidente sale de la causa sin sentencia y, con ello, se refuerza un proceso de parcial restitución pública que venía gestándose desde hace años y que ahora cobra mayor densidad, coincidiendo precisamente con el empeoramiento de su estado de salud. El ocaso del Pujol terrenal es paralelo a la rehabilitación de Pujol como figura histórica, un proceso en el que han participado casi todos los partidos en Cataluña en mayor o menor medida.
No ha sido una operación súbita. Tras la confesión de la ‘deixa’ (legado) del ‘avi’ Florenci en 2014 vino un largo periodo de penitencia, en el que incluso su propio espacio político tomó distancia. Convergència acabó refundándose, el pujolismo era un lastre y el viejo líder, tras renunciar a las prerrogativas como ‘expresident’ se recluyó en un despacho cedido por un amigo, recibiendo apenas a unos pocos fieles mientras Cataluña vivía absorbida por el ‘procés’. En Premià de Mar una estatua con su efigie fue tirada por los suelos.
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Aquel era el tiempo del «diuen, diuen, diuen» («dicen, dicen, dicen…»), la frase pronunciada por el patriarca en la comisión del Parlament (2015) que debía servirle de defensa y que terminó convertida en símbolo de su caída. También cayó el oprobio sobre el resto del clan: en la misma sesión en la que Marta Ferrusola, fallecida en 2024, se lamentaba de que sus hijos iban con «una mano delante y otra detrás», un soberbio Jordi Pujol Jr. enumeraba los deportivos de su colección.
La inflexión llegó tras la pandemia. Primero, con apariciones esporádicas. Después, con señales más explícitas. Un acto en Prada de Conflent (Francia) junto a otros ‘expresidents’ en 2023 supuso una primera normalización, pero el paso decisivo lo dio un recién elegido Salvador Illa al recibirlo en el Palau de la Generalitat y reivindicarlo como «una de las figuras más relevantes de la historia política de Cataluña».
Aquella fotografía fue mucho más que un gesto humano: fue un acto de reconocimiento, un gesto pensado tanto en clave política como histórica. En clave política porque resulta obvio el interés del PSC por atraerse a un sector de la sociedad catalana huérfana por la radicalidad de Junts. En clave histórica porque, con sus luces y sus sombras, y tras 23 años como presidente, a Pujol se le reconoce como el constructor de la Cataluña moderna, guste más o menos.
Junto con las razones políticas e históricas de fondo, su restitución responde también a una razón práctica, logística si se quiere, porque, a diferencia de lo que podría pensarse hace una década, y con su salud cada vez más delicada, en la Generalitat hace tiempo que se trabaja discretamente en el protocolo para el día de su muerte, conscientes de la magnitud institucional del momento. Esa preparación —que comenzó a perfilarse ya con el Govern de Pere Aragonès, como explicó ABC— revela hasta qué punto la discusión ha dejado de ser si habrá reconocimiento institucional, para pasar a decidir cómo será.
Hace una década, pensar en honores públicos para Pujol habría resultado políticamente inasumible. Hoy, en cambio, se contempla un esquema similar al desplegado con Tarradellas, fallecido en 1988, el único precedente de presidente autonómico fallecido en democracia: capilla ardiente en el Palau de la Generalitat, tres días de duelo oficial y funeral en la Catedral de Barcelona
Para sus detractores, la exoneración decretada por la Audiencia Nacional ayer no aligera la sospecha corrupta que lastra su legado. Para quienes promueven su rehabilitación, la decisión del tribunal permite pensar en el último trayecto de Pujol en clave institucional, histórica, y no judicial.
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