El doctor Ambrosius era uno de los personajes principales de la película ‘El baile de los vampiros’, de Roman Polanski. En la escena final se narra cómo el empeño de Ambrosius por erradicar a los vampiros de la Tierra acabó produciendo precisamente el efecto contrario: facilitar su expansión.Ignoro si el objetivo de la ministra de Universidades, Diana Morant, es realmente mejorar la universidad pública o si sus últimas acciones buscan, más bien, ganar la simpatía de determinados sectores del electorado. Lo que sí parece evidente es que pueden contribuir a profundizar todavía más la crisis que atraviesa la institución.Tengo la sensación de que el Gobierno español aborda este asunto desde una lógica principalmente electoral. Todo sigue un esquema ya conocido: primero se publican informes más o menos rigurosos sobre un problema; después llega la inevitable promesa de «salvar» la situación mediante un nuevo reglamento o decreto.La última noticia ha sido el crecimiento del absentismo en la universidad pública española. Los datos hablan de porcentajes cercanos al cincuenta por ciento y el fenómeno se atribuye, de manera colateral, al plan Bolonia y a la pandemia. Sin embargo, el foco acaba situándose en que muchos profesores no explican de forma atractiva y se limitan a leer apuntes o presentaciones de PowerPoint. Tras leer la mayoría de artículos y noticias sobre el tema, uno termina con la sensación de que es lógico, incluso razonable, que muchos estudiantes decidan no asistir a unas clases que consideran poco útiles.Con el ambiente ya caldeado aparecen las primeras propuestas del nuevo Estatuto del Estudiante, en las que se plantea otorgar a los alumnos un peso mucho mayor en los contenidos y materias impartidos por el profesor. Acabáramos. Como si un paciente pudiera indicarle al cirujano, la víspera de una operación complicada, cómo debe realizarla.Lo primero que conviene recordar es que el estudiante ya posee el principal poder de decisión en este ámbito: puede elegir qué grado cursar, en qué universidad hacerlo o incluso decidir no continuar estudios universitarios. Obviamente, todo ello condicionado por las notas de la PAU, el expediente de Bachillerato y también por factores económicos que deberían mitigarse mediante una política eficaz de becas.Precisamente por disponer ya de esa capacidad de elección, la ministra Morant podría centrarse en garantizar la calidad de los estudios universitarios. Más que hacer guiños a los estudiantes en cuestiones de metodología o contenidos, podría impulsar una verdadera evaluación externa de los grados universitarios. Y esa evaluación no debería basarse únicamente en encuestas o inspecciones, que también pueden ser útiles, sino en un análisis serio de la empleabilidad de los egresados, vinculando además parte de la financiación universitaria a esos resultados.Tal vez así las universidades se preocuparían más por el estudiante y menos por promover la publicación masiva de artículos científicos, muchos de ellos con más autores que lectores.No conviene olvidar que las nuevas generaciones de profesores universitarios proceden, en gran medida, de un sistema de promoción basado precisamente en ese volumen de publicaciones, dentro de un modelo donde la excelencia docente resulta casi accesoria y, sobre todo, cuantitativa. No es que el profesor descuide la clase por desidia, sino porque el sistema premia el ‘paper’ y no la docencia.Por supuesto, la caída de la asistencia a clase es un dato preocupante que debería hacernos reflexionar. Pero difícilmente se solucionará incorporando a los estudiantes a la toma de decisiones sobre contenidos académicos.La universidad del siglo XXI poco tiene que ver con aquella que yo conocí como estudiante. Entonces apenas disponíamos de apuntes y el estudio dependía, en gran medida, de las notas tomadas en clase y del recuerdo de las explicaciones del profesor. Hoy los materiales suelen estar disponibles desde el primer día y existen miles de recursos online capaces de explicar los mismos conceptos que se imparten en una clase presencial, sin necesidad siquiera de desplazarse varios kilómetros.Algunos seguimos pensando que la universidad es algo más que unas sesiones teóricas o prácticas, aunque estas sean fundamentales. También es esencial el contacto con compañeros de especialidad, de quienes se aprende, y a quienes también se puede enseñar, además de las relaciones personales y profesionales que acabarán formando parte del futuro laboral de muchos estudiantes: el tan citado ‘networking’.Mientras tanto, la universidad privada continúa ganando alumnos año tras año. La ministra Morant podría adoptar medidas realmente eficaces. No se trata de torpedear la universidad privada, sino de mejorar la pública. Y para ello hace falta evaluar, exigir y premiar a quienes hacen bien su trabajo.Me temo, sin embargo, que ese no es el verdadero objetivo. Y quizá, si el Gobierno continúa por esta línea, termine ocurriendo como con el doctor Ambrosius: que, intentando salvar una institución centenaria, acabe siendo su martillo y contribuyendo a su deterioro.CODA. Cuando mis hijos comenzaron sus estudios universitarios me permití darles un consejo que a mí me resultó útil: asistir a clase. No todas las clases me aportaron algo, desde luego, pero la mayoría sí. Ahora las cosas son distintas, pero la liturgia del aula, el contacto con los compañeros y, por supuesto, el café entre cambio y cambio de turno siguen siendo recuerdos que conservo con cariño y que, además, creo que hicieron rentable cada minuto pasado en la universidad. El doctor Ambrosius era uno de los personajes principales de la película ‘El baile de los vampiros’, de Roman Polanski. En la escena final se narra cómo el empeño de Ambrosius por erradicar a los vampiros de la Tierra acabó produciendo precisamente el efecto contrario: facilitar su expansión.Ignoro si el objetivo de la ministra de Universidades, Diana Morant, es realmente mejorar la universidad pública o si sus últimas acciones buscan, más bien, ganar la simpatía de determinados sectores del electorado. Lo que sí parece evidente es que pueden contribuir a profundizar todavía más la crisis que atraviesa la institución.Tengo la sensación de que el Gobierno español aborda este asunto desde una lógica principalmente electoral. Todo sigue un esquema ya conocido: primero se publican informes más o menos rigurosos sobre un problema; después llega la inevitable promesa de «salvar» la situación mediante un nuevo reglamento o decreto.La última noticia ha sido el crecimiento del absentismo en la universidad pública española. Los datos hablan de porcentajes cercanos al cincuenta por ciento y el fenómeno se atribuye, de manera colateral, al plan Bolonia y a la pandemia. Sin embargo, el foco acaba situándose en que muchos profesores no explican de forma atractiva y se limitan a leer apuntes o presentaciones de PowerPoint. Tras leer la mayoría de artículos y noticias sobre el tema, uno termina con la sensación de que es lógico, incluso razonable, que muchos estudiantes decidan no asistir a unas clases que consideran poco útiles.Con el ambiente ya caldeado aparecen las primeras propuestas del nuevo Estatuto del Estudiante, en las que se plantea otorgar a los alumnos un peso mucho mayor en los contenidos y materias impartidos por el profesor. Acabáramos. Como si un paciente pudiera indicarle al cirujano, la víspera de una operación complicada, cómo debe realizarla.Lo primero que conviene recordar es que el estudiante ya posee el principal poder de decisión en este ámbito: puede elegir qué grado cursar, en qué universidad hacerlo o incluso decidir no continuar estudios universitarios. Obviamente, todo ello condicionado por las notas de la PAU, el expediente de Bachillerato y también por factores económicos que deberían mitigarse mediante una política eficaz de becas.Precisamente por disponer ya de esa capacidad de elección, la ministra Morant podría centrarse en garantizar la calidad de los estudios universitarios. Más que hacer guiños a los estudiantes en cuestiones de metodología o contenidos, podría impulsar una verdadera evaluación externa de los grados universitarios. Y esa evaluación no debería basarse únicamente en encuestas o inspecciones, que también pueden ser útiles, sino en un análisis serio de la empleabilidad de los egresados, vinculando además parte de la financiación universitaria a esos resultados.Tal vez así las universidades se preocuparían más por el estudiante y menos por promover la publicación masiva de artículos científicos, muchos de ellos con más autores que lectores.No conviene olvidar que las nuevas generaciones de profesores universitarios proceden, en gran medida, de un sistema de promoción basado precisamente en ese volumen de publicaciones, dentro de un modelo donde la excelencia docente resulta casi accesoria y, sobre todo, cuantitativa. No es que el profesor descuide la clase por desidia, sino porque el sistema premia el ‘paper’ y no la docencia.Por supuesto, la caída de la asistencia a clase es un dato preocupante que debería hacernos reflexionar. Pero difícilmente se solucionará incorporando a los estudiantes a la toma de decisiones sobre contenidos académicos.La universidad del siglo XXI poco tiene que ver con aquella que yo conocí como estudiante. Entonces apenas disponíamos de apuntes y el estudio dependía, en gran medida, de las notas tomadas en clase y del recuerdo de las explicaciones del profesor. Hoy los materiales suelen estar disponibles desde el primer día y existen miles de recursos online capaces de explicar los mismos conceptos que se imparten en una clase presencial, sin necesidad siquiera de desplazarse varios kilómetros.Algunos seguimos pensando que la universidad es algo más que unas sesiones teóricas o prácticas, aunque estas sean fundamentales. También es esencial el contacto con compañeros de especialidad, de quienes se aprende, y a quienes también se puede enseñar, además de las relaciones personales y profesionales que acabarán formando parte del futuro laboral de muchos estudiantes: el tan citado ‘networking’.Mientras tanto, la universidad privada continúa ganando alumnos año tras año. La ministra Morant podría adoptar medidas realmente eficaces. No se trata de torpedear la universidad privada, sino de mejorar la pública. Y para ello hace falta evaluar, exigir y premiar a quienes hacen bien su trabajo.Me temo, sin embargo, que ese no es el verdadero objetivo. Y quizá, si el Gobierno continúa por esta línea, termine ocurriendo como con el doctor Ambrosius: que, intentando salvar una institución centenaria, acabe siendo su martillo y contribuyendo a su deterioro.CODA. Cuando mis hijos comenzaron sus estudios universitarios me permití darles un consejo que a mí me resultó útil: asistir a clase. No todas las clases me aportaron algo, desde luego, pero la mayoría sí. Ahora las cosas son distintas, pero la liturgia del aula, el contacto con los compañeros y, por supuesto, el café entre cambio y cambio de turno siguen siendo recuerdos que conservo con cariño y que, además, creo que hicieron rentable cada minuto pasado en la universidad.
El doctor Ambrosius era uno de los personajes principales de la película ‘El baile de los vampiros’, de Roman Polanski. En la escena final se narra cómo el empeño de Ambrosius por erradicar a los vampiros de la Tierra acabó produciendo precisamente el efecto contrario: … facilitar su expansión.
Ignoro si el objetivo de la ministra de Universidades, Diana Morant, es realmente mejorar la universidad pública o si sus últimas acciones buscan, más bien, ganar la simpatía de determinados sectores del electorado. Lo que sí parece evidente es que pueden contribuir a profundizar todavía más la crisis que atraviesa la institución.
Tengo la sensación de que el Gobierno español aborda este asunto desde una lógica principalmente electoral. Todo sigue un esquema ya conocido: primero se publican informes más o menos rigurosos sobre un problema; después llega la inevitable promesa de «salvar» la situación mediante un nuevo reglamento o decreto.
La última noticia ha sido el crecimiento del absentismo en la universidad pública española. Los datos hablan de porcentajes cercanos al cincuenta por ciento y el fenómeno se atribuye, de manera colateral, al plan Bolonia y a la pandemia. Sin embargo, el foco acaba situándose en que muchos profesores no explican de forma atractiva y se limitan a leer apuntes o presentaciones de PowerPoint. Tras leer la mayoría de artículos y noticias sobre el tema, uno termina con la sensación de que es lógico, incluso razonable, que muchos estudiantes decidan no asistir a unas clases que consideran poco útiles.
Con el ambiente ya caldeado aparecen las primeras propuestas del nuevo Estatuto del Estudiante, en las que se plantea otorgar a los alumnos un peso mucho mayor en los contenidos y materias impartidos por el profesor. Acabáramos. Como si un paciente pudiera indicarle al cirujano, la víspera de una operación complicada, cómo debe realizarla.
Lo primero que conviene recordar es que el estudiante ya posee el principal poder de decisión en este ámbito: puede elegir qué grado cursar, en qué universidad hacerlo o incluso decidir no continuar estudios universitarios. Obviamente, todo ello condicionado por las notas de la PAU, el expediente de Bachillerato y también por factores económicos que deberían mitigarse mediante una política eficaz de becas.
Precisamente por disponer ya de esa capacidad de elección, la ministra Morant podría centrarse en garantizar la calidad de los estudios universitarios. Más que hacer guiños a los estudiantes en cuestiones de metodología o contenidos, podría impulsar una verdadera evaluación externa de los grados universitarios. Y esa evaluación no debería basarse únicamente en encuestas o inspecciones, que también pueden ser útiles, sino en un análisis serio de la empleabilidad de los egresados, vinculando además parte de la financiación universitaria a esos resultados.
Tal vez así las universidades se preocuparían más por el estudiante y menos por promover la publicación masiva de artículos científicos, muchos de ellos con más autores que lectores.
No conviene olvidar que las nuevas generaciones de profesores universitarios proceden, en gran medida, de un sistema de promoción basado precisamente en ese volumen de publicaciones, dentro de un modelo donde la excelencia docente resulta casi accesoria y, sobre todo, cuantitativa. No es que el profesor descuide la clase por desidia, sino porque el sistema premia el ‘paper’ y no la docencia.
Por supuesto, la caída de la asistencia a clase es un dato preocupante que debería hacernos reflexionar. Pero difícilmente se solucionará incorporando a los estudiantes a la toma de decisiones sobre contenidos académicos.
La universidad del siglo XXI poco tiene que ver con aquella que yo conocí como estudiante. Entonces apenas disponíamos de apuntes y el estudio dependía, en gran medida, de las notas tomadas en clase y del recuerdo de las explicaciones del profesor. Hoy los materiales suelen estar disponibles desde el primer día y existen miles de recursos online capaces de explicar los mismos conceptos que se imparten en una clase presencial, sin necesidad siquiera de desplazarse varios kilómetros.
Algunos seguimos pensando que la universidad es algo más que unas sesiones teóricas o prácticas, aunque estas sean fundamentales. También es esencial el contacto con compañeros de especialidad, de quienes se aprende, y a quienes también se puede enseñar, además de las relaciones personales y profesionales que acabarán formando parte del futuro laboral de muchos estudiantes: el tan citado ‘networking’.
Mientras tanto, la universidad privada continúa ganando alumnos año tras año. La ministra Morant podría adoptar medidas realmente eficaces. No se trata de torpedear la universidad privada, sino de mejorar la pública. Y para ello hace falta evaluar, exigir y premiar a quienes hacen bien su trabajo.
Me temo, sin embargo, que ese no es el verdadero objetivo. Y quizá, si el Gobierno continúa por esta línea, termine ocurriendo como con el doctor Ambrosius: que, intentando salvar una institución centenaria, acabe siendo su martillo y contribuyendo a su deterioro.
CODA. Cuando mis hijos comenzaron sus estudios universitarios me permití darles un consejo que a mí me resultó útil: asistir a clase. No todas las clases me aportaron algo, desde luego, pero la mayoría sí. Ahora las cosas son distintas, pero la liturgia del aula, el contacto con los compañeros y, por supuesto, el café entre cambio y cambio de turno siguen siendo recuerdos que conservo con cariño y que, además, creo que hicieron rentable cada minuto pasado en la universidad.
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