Ahora solo hablamos de Maricarmen, la crisis de la vivienda, los acampados y las inminentes elecciones en nuestro país. Y todo lo que fue, fue.
Ahora solo hablamos de Maricarmen, la crisis de la vivienda, los acampados y las inminentes elecciones en nuestro país. Y todo lo que fue, fue.Seguir leyendo…
Ahora solo hablamos de Maricarmen, la crisis de la vivienda, los acampados y las inminentes elecciones en nuestro país. Y todo lo que fue, fue.
No podemos evitarlo, la vida sigue igual.
Sin embargo, en algunos escenarios, la vida se ha parado en el tiempo.
Me detengo en Ceuta, epicentro del mundo hasta hace unos pocos días, hasta que echaron a Maricarmen de su piso situado a un paso del parque del Retiro, en Madrid.
Me detengo en Ceuta y doy un paseo por la ciudad. Si la recorremos de este a oeste, podemos ir de la playa de la Ribera a la playa del Trampolín. Apenas tres kilómetros separan la una de la otra.
Para enlazar ambos escenarios, hay que bordear el puerto de Ceuta y luego seguir la línea de la costa hasta llegar al destino. Más o menos cuarenta minutos a paso alegre se abren entre dos mundos tan dispares como la vida misma, esta vida que nos envuelve con su manto y que luego se sacude y en la sacudida separa a ricos de pobres, o a felices de infelices, o al día y la noche.
El domingo de madrugada, el espíritu de Ceuta se partió por la mitad. Centenares de triatletas de nivel internacional, hombres y mujeres, saltaron a las aguas de la Ribera y luego se auparon a las bicicletas e irrumpieron a pie en los paseos, empeñados en jugarse la victoria de la Copa de Europa mientras los policías, enfundados en cascos y escudos, dispersaban a los miles de inmigrantes acampados en el Trampolín.
El domingo, centenares de triatletas compitieron en Ceuta mientras la policía desalojaba El Trampolín
De entre estos últimos, acorralados, hambrientos y derrengados, miles avanzaron aún más hacia el este, avanzaron siguiendo la línea de la costa y regresaron a Marruecos, hartos de esperar, conscientes de que del acto de esperar ya no pueden esperar nada.
Y mientras, los triatletas pelearon por las medallas. Se impusieron Jan Scheffold, que es alemán, y Annie Fuller, estadounidense, y sospecho que nada supieron los unos de otros: las cuitas de los triatletas no les interesaban a los inmigrantes y lo mismo a la inversa, pues así es como vivimos todos, vivimos a salto de mata, superados por nuestras cosas.
Apenas tres días más tarde, nada de eso queda ya. No hay boyas en el mar ni arcos de salida sobre la arena de la Ribera; tampoco hay tiendas de campaña ni enseres abandonados en el Trampolín. Se los han llevado los contenedores y las excavadoras que han irrumpido en el lugar, borrando los restos de un pasado reciente igual que una nueva noticia se superpone a la anterior.
Avanzamos de puntillas, procurando que nada nos salpique, ingenuos porque algún día algo nos caerá encima aunque ya veremos, ya veremos, lo que tenga que ser será.
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