Hay noches en las que una vida parece caber entera en un mismo lugar. Cuando termina una función de El Fantasma de la Ópera en el His Majesty’s Theatre de Londres y el público abandona la sala, Fernando Bustamante puede mirar alrededor y encontrar, de alguna manera, el camino que le ha llevado hasta allí . Está el escenario, está la orquesta, están las voces y está esa música que conoce desde que era un adolescente. Pero también está, aunque sea en la memoria, el Teatro Cervantes de Campo de Criptana (Ciudad Real), el pueblo donde empezó todo.Fernando nació en mayo de 1986. Ese mismo año, El Fantasma de la Ópera, de Andrew Lloyd Webber, comenzaba su historia en el West End. Cuarenta años después, coincidiendo con el aniversario del musical, aquel niño de Campo de Criptana dirige su orquesta en Londres. La coincidencia es demasiado perfecta para no contarla, de ahí que ABC se ponga en contacto con Fernando. Al otro lado del teléfono un «¡buenos días, Javier!» da inicio a una conversación narrada por la voz de un joven que ama lo que hace y así lo transmite. «Nada de lo que he hecho en mi vida profesional lo he buscado» , cuenta. Y es que Fernando ha llegado hasta aquí siguiendo la curiosidad, estudiando, aceptando oportunidades y, muchas veces, simplemente diciendo que sí.Su vida sigue estando profundamente ligada a Campo de Criptana y a Castilla-La Mancha. Allí tiene su casa, sus amigos, su familia y su plaza como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana, de la que ahora está en excedencia. Lleva alrededor de 15 años vinculado a la enseñanza y, durante ese tiempo, ha pedido periódicamente permisos para seguir estudiando. No porque le faltara una meta profesional concreta, sino porque quería saber más . Esa curiosidad, que él considera casi una forma de vida, terminó llevándolo mucho más lejos de lo que podía imaginar, aunque su trayectoria no fue una escalera perfectamente trazada.Primero llegaron los instrumentos de púa, como la bandurria o la mandolina, casi por casualidad. Después, otras experiencias. Y más tarde apareció la dirección de orquesta. Fue entonces cuando surgió una necesidad que terminaría marcando su carrera: entender mejor aquello que estaba escuchando y tocando. «Solo sé que no sé nada», dice cuando habla de todo lo que todavía le queda por aprender. Se compara con una gota de agua en un océano. Y esa conciencia de que siempre hay algo más que aprender es, probablemente, uno de los motores de su trayectoria.Una de las grandes decisiones llegó después de varios años como profesor. En 2015 dejó temporalmente su trabajo como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana y se marchó a Berlín para estudiar dirección en la Universität der Künste . Fue seleccionado junto a otros cuatro aspirantes de todo el mundo. Allí, su profesor Steven Sloane le dijo algo que podría haber cambiado el rumbo de su vida: «Quédate, quédate aquí, que haces carrera». Podía quedarse. Tenía una puerta abierta para desarrollar una carrera internacional. Sin embargo, Fernando decidió regresar.Volvió porque quería seguir enseñando y porque quería trasladar a sus alumnos todo lo que había aprendido. Esa decisión dice mucho de su manera de entender la música y también de su relación con su tierra. Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volver. Durante años continuó allí su vida profesional y personal, mientras seguía estudiando y trabajando en otros proyectos.Una casualidad en PortugalY entonces apareció Lisboa. En agosto de 2025, Fernando estaba en Portugal como asistente de Andrés Salado, director al que considera también un gran amigo y «al que le debo todo». Salado no podía dirigir un concierto del Festival Musical Junior de Portugal, en Ponte de Sor, y la respuesta fue sencilla. «Llamad a mi asistente». Fernando cambió sus planes de vacaciones y aceptó. Aquella sustitución aparentemente pequeña terminaría siendo decisiva.Entre el público estaba Sylvia Addison, profesional de la gestión de orquestas de la industria musical del West End. Durante un ensayo se fijó en aquel director español. Preguntó quién era y descubrió que también trabajaba en el mundo del teatro musical. A través de la pareja de Fernando, Kelly, consiguió su contacto. Él hizo después lo que acostumbra a hacer cuando algo despierta su curiosidad: investigar. Descubrió quién era Sylvia, la vio en fotografías junto a Cameron Mackintosh y Andrew Lloyd Webber en los Olivier Awards y comprendió que aquella mujer que había aparecido en un ensayo en Portugal tenía una relación directa con el corazón del teatro musical británico.Jordan Donica en el rol de El Fantasma y Beatrice Penny-Touré como Christine. Johan PerssonSylvia lo puso en contacto con Alfonso Casado, uno de los grandes nombres españoles de la dirección musical en el West End. Meses después, en noviembre, Fernando le escribió simplemente para agradecerle aquella presentación. Solo quería darle las gracias. La respuesta llegó con una oportunidad, necesitaban un director musical para El Mago de Oz , en Bilbao, y quedaban apenas diez días para el estreno. Fernando reorganizó su vida, estudió entre 500 y 600 páginas de música y se presentó en Bilbao.Allí, una tarde lluviosa del 28 de diciembre, apareció otro nombre fundamental en esta historia, Simon Lee, supervisor musical de El Fantasma de la Ópera en Londres y colaborador cercano de Andrew Lloyd Webber. Estaba buscando al director musical para el 40 aniversario del musical en Londres . Fernando le invitó a bajar al foso a verle dirigir. «Si se ha cogido un avión desde Londres un 28 de diciembre lluvioso para verme, no me vea de espaldas. ¿Se quiere sentar en el foso y me ve dos horas y media dirigir?», le dijo. Simon Lee se sentó allí y vio la función completa.Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volverUnos meses después Fernando estaba en Lisboa, trabajando en la mezcla de un nuevo trabajo discográfico de la Orquesta Ciudad de La Mancha que dirige, cuando recibió un correo electrónico que le quitó el sueño. «Cameron Mackintosh quiere conocerte» . El productor británico quería verlo personalmente. Fernando viajó a Londres, asistió a una función y recorrió los pasillos del teatro hasta llegar al despacho de Mackintosh. No fue una entrevista convencional. Quería conocerle más allá del currículum, saber quién era aquel director que había aparecido en su radar desde Portugal y Bilbao a través de Sylvia Addison y Simon Lee.Después llegó la llamada definitiva. Fernando estaba de vacaciones en Almería cuando recibió la confirmación. El proyecto se convertía en realidad y comenzaba la preparación para convertirse en director musical de El Fantasma de la Ópera durante la temporada 2026-27, la del 40 aniversario.Este verano se trasladó a Londres junto a su pareja. Primero tocó aprender el funcionamiento de un teatro, conocer a las personas, los ensayos, los ritmos y una maquinaria que funciona prácticamente como una pequeña , pero gran ciudad. Después llegó el momento de entrar en el foso. Su primera función con público fue el 3 de agosto ; y desde septiembre ejerce oficialmente como director musical de la producción.Vocación sin miedo al escenarioFernando llevaba toda una vida preparándose para ese momento. Desde los ocho años, dice, ha sido «trabajo, trabajo y esfuerzo». Nunca ha dejado de estudiar. Por eso, cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musical. Sus padres estaban allí. Su madre le preguntó si estaba nervioso. Él respondió que no. «Lo puedo hacer mejor, lo puedo hacer peor, pero toda mi vida desde los 8 años… no he dejado estudiar un solo día».Ahora dirige entre seis y siete funciones a la semana. Es, como él mismo explica, como «jugar seis partidos de fútbol a la semana». La exigencia es enorme, pero también destaca el cuidado que existe dentro de la compañía y un ambiente sano que hacen que pueda concentrarse en lo esencial, que es dirigir. «Eso hace que tú des el cien por cien», explica.Cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, asegura que no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musicalTambién está aprendiendo de quienes llevan décadas allí. Algunos músicos acumulan más de 20 años en la producción. Hay trabajadores que conocieron a los directores originales, Harold Prince y Gillian Lynne, y que conservan incluso anotaciones sobre cómo debía moverse o tratarse cada personaje. Para Fernando, escuchar esas historias forma parte del aprendizaje. El teatro, dice, está lleno de memoria. Y El Fantasma de la Ópera es, en cierto modo, un lugar donde esa memoria sigue viva.Hay otro círculo que se cierra en Londres. Sierra Boggess , una de las intérpretes más emblemáticas de Christine que interpretó este personaje protagonista en la producción del 25 aniversario, forma ahora parte del reparto como Carlotta Giudicelli. Los padres de Fernando estuvieron en Londres en el año 2011 para asistir precisamente a aquella celebración del 25 aniversario. En casa tenían el DVD de aquella producción, con Sierra Boggess como Christine. Fernando lo vio «48.000 millones de veces». El DVD terminó perdiéndose, pero antes de mudarse a Londres compró otro, y ahora comparte teatro con ella.Como comparte teatro con una historia que, durante años, parecía pertenecer a otro mundo. También con nombres que aparecen de pronto en una jornada cualquiera. Una noche, después de la función, Fernando se sorprendió al ver los pasillos de los camerinos más vacíos de lo habitual. Preguntó qué ocurría. La respuesta fue que Hugh Jackman había visto la función y se encontraba en el escenario junto a la compañía para inmortalizar la visita en una foto. Fernando, con cautela y timidez, se presentó. Jackman le felicitó y ambos terminaron haciéndose una foto para el recuerdo.Tras la estela de un referenteNo es el primer español que dirige El Fantasma de la Ópera, pero sí el primer castellanomanchego. Todo un privilegio. Antes estuvo el maestro sevillano Alfonso Casado, una de las personas que terminaron apareciendo en el camino de Fernando. Él mismo lo explica con humor: ser el segundo es como «ir después de Messi». Y habla de Casado con admiración, como alguien que abrió las puertas del West End al talento español y que merece todo lo bueno que le ha ocurrido por su esfuerzo, su trabajo y su talento.Fernando ha llegado después, pero ha llegado con su propia historia. La de un músico que nunca diseñó una ruta para alcanzar Londres, que no convirtió su carrera en una sucesión de objetivos y que, en cambio, fue aceptando oportunidades. Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puerta.Quizá por eso, cuando habla de todo lo que ha ocurrido, vuelve una y otra vez a la curiosidad. A querer entender. A seguir aprendiendo. A no dar por terminado el camino.Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puertaY mientras cada noche levanta la batuta en uno de los musicales más importantes de la historia, su vida sigue teniendo un punto de referencia muy concreto. Campo de Criptana es su casa. Allí están su familia, sus amigos, sus alumnos, sus recuerdos y aquel Teatro Cervantes donde, siendo niño, descubrió que un escenario podía convertir la música en una historia.Cuatro décadas después de que El Fantasma de la Ópera comenzara su andadura en Londres, Fernando Bustamante ha acabado dentro de esa historia. Y quizá lo más hermoso sea que, al llegar ante esa orquesta, no ha tenido que dejar atrás al niño que un día se sentó en el Teatro Cervantes de Campo de Criptana para escuchar música y soñar, sin saber todavía con qué. Ha llegado hasta aquí sin un mapa , guiado por la curiosidad, por el esfuerzo y por una pasión que nunca necesitó de un destino marcado. Aquel niño no sabía dónde le llevaría la música. Y la música, tantos años después, le ha llevado hasta Londres. Hay noches en las que una vida parece caber entera en un mismo lugar. Cuando termina una función de El Fantasma de la Ópera en el His Majesty’s Theatre de Londres y el público abandona la sala, Fernando Bustamante puede mirar alrededor y encontrar, de alguna manera, el camino que le ha llevado hasta allí . Está el escenario, está la orquesta, están las voces y está esa música que conoce desde que era un adolescente. Pero también está, aunque sea en la memoria, el Teatro Cervantes de Campo de Criptana (Ciudad Real), el pueblo donde empezó todo.Fernando nació en mayo de 1986. Ese mismo año, El Fantasma de la Ópera, de Andrew Lloyd Webber, comenzaba su historia en el West End. Cuarenta años después, coincidiendo con el aniversario del musical, aquel niño de Campo de Criptana dirige su orquesta en Londres. La coincidencia es demasiado perfecta para no contarla, de ahí que ABC se ponga en contacto con Fernando. Al otro lado del teléfono un «¡buenos días, Javier!» da inicio a una conversación narrada por la voz de un joven que ama lo que hace y así lo transmite. «Nada de lo que he hecho en mi vida profesional lo he buscado» , cuenta. Y es que Fernando ha llegado hasta aquí siguiendo la curiosidad, estudiando, aceptando oportunidades y, muchas veces, simplemente diciendo que sí.Su vida sigue estando profundamente ligada a Campo de Criptana y a Castilla-La Mancha. Allí tiene su casa, sus amigos, su familia y su plaza como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana, de la que ahora está en excedencia. Lleva alrededor de 15 años vinculado a la enseñanza y, durante ese tiempo, ha pedido periódicamente permisos para seguir estudiando. No porque le faltara una meta profesional concreta, sino porque quería saber más . Esa curiosidad, que él considera casi una forma de vida, terminó llevándolo mucho más lejos de lo que podía imaginar, aunque su trayectoria no fue una escalera perfectamente trazada.Primero llegaron los instrumentos de púa, como la bandurria o la mandolina, casi por casualidad. Después, otras experiencias. Y más tarde apareció la dirección de orquesta. Fue entonces cuando surgió una necesidad que terminaría marcando su carrera: entender mejor aquello que estaba escuchando y tocando. «Solo sé que no sé nada», dice cuando habla de todo lo que todavía le queda por aprender. Se compara con una gota de agua en un océano. Y esa conciencia de que siempre hay algo más que aprender es, probablemente, uno de los motores de su trayectoria.Una de las grandes decisiones llegó después de varios años como profesor. En 2015 dejó temporalmente su trabajo como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana y se marchó a Berlín para estudiar dirección en la Universität der Künste . Fue seleccionado junto a otros cuatro aspirantes de todo el mundo. Allí, su profesor Steven Sloane le dijo algo que podría haber cambiado el rumbo de su vida: «Quédate, quédate aquí, que haces carrera». Podía quedarse. Tenía una puerta abierta para desarrollar una carrera internacional. Sin embargo, Fernando decidió regresar.Volvió porque quería seguir enseñando y porque quería trasladar a sus alumnos todo lo que había aprendido. Esa decisión dice mucho de su manera de entender la música y también de su relación con su tierra. Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volver. Durante años continuó allí su vida profesional y personal, mientras seguía estudiando y trabajando en otros proyectos.Una casualidad en PortugalY entonces apareció Lisboa. En agosto de 2025, Fernando estaba en Portugal como asistente de Andrés Salado, director al que considera también un gran amigo y «al que le debo todo». Salado no podía dirigir un concierto del Festival Musical Junior de Portugal, en Ponte de Sor, y la respuesta fue sencilla. «Llamad a mi asistente». Fernando cambió sus planes de vacaciones y aceptó. Aquella sustitución aparentemente pequeña terminaría siendo decisiva.Entre el público estaba Sylvia Addison, profesional de la gestión de orquestas de la industria musical del West End. Durante un ensayo se fijó en aquel director español. Preguntó quién era y descubrió que también trabajaba en el mundo del teatro musical. A través de la pareja de Fernando, Kelly, consiguió su contacto. Él hizo después lo que acostumbra a hacer cuando algo despierta su curiosidad: investigar. Descubrió quién era Sylvia, la vio en fotografías junto a Cameron Mackintosh y Andrew Lloyd Webber en los Olivier Awards y comprendió que aquella mujer que había aparecido en un ensayo en Portugal tenía una relación directa con el corazón del teatro musical británico.Jordan Donica en el rol de El Fantasma y Beatrice Penny-Touré como Christine. Johan PerssonSylvia lo puso en contacto con Alfonso Casado, uno de los grandes nombres españoles de la dirección musical en el West End. Meses después, en noviembre, Fernando le escribió simplemente para agradecerle aquella presentación. Solo quería darle las gracias. La respuesta llegó con una oportunidad, necesitaban un director musical para El Mago de Oz , en Bilbao, y quedaban apenas diez días para el estreno. Fernando reorganizó su vida, estudió entre 500 y 600 páginas de música y se presentó en Bilbao.Allí, una tarde lluviosa del 28 de diciembre, apareció otro nombre fundamental en esta historia, Simon Lee, supervisor musical de El Fantasma de la Ópera en Londres y colaborador cercano de Andrew Lloyd Webber. Estaba buscando al director musical para el 40 aniversario del musical en Londres . Fernando le invitó a bajar al foso a verle dirigir. «Si se ha cogido un avión desde Londres un 28 de diciembre lluvioso para verme, no me vea de espaldas. ¿Se quiere sentar en el foso y me ve dos horas y media dirigir?», le dijo. Simon Lee se sentó allí y vio la función completa.Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volverUnos meses después Fernando estaba en Lisboa, trabajando en la mezcla de un nuevo trabajo discográfico de la Orquesta Ciudad de La Mancha que dirige, cuando recibió un correo electrónico que le quitó el sueño. «Cameron Mackintosh quiere conocerte» . El productor británico quería verlo personalmente. Fernando viajó a Londres, asistió a una función y recorrió los pasillos del teatro hasta llegar al despacho de Mackintosh. No fue una entrevista convencional. Quería conocerle más allá del currículum, saber quién era aquel director que había aparecido en su radar desde Portugal y Bilbao a través de Sylvia Addison y Simon Lee.Después llegó la llamada definitiva. Fernando estaba de vacaciones en Almería cuando recibió la confirmación. El proyecto se convertía en realidad y comenzaba la preparación para convertirse en director musical de El Fantasma de la Ópera durante la temporada 2026-27, la del 40 aniversario.Este verano se trasladó a Londres junto a su pareja. Primero tocó aprender el funcionamiento de un teatro, conocer a las personas, los ensayos, los ritmos y una maquinaria que funciona prácticamente como una pequeña , pero gran ciudad. Después llegó el momento de entrar en el foso. Su primera función con público fue el 3 de agosto ; y desde septiembre ejerce oficialmente como director musical de la producción.Vocación sin miedo al escenarioFernando llevaba toda una vida preparándose para ese momento. Desde los ocho años, dice, ha sido «trabajo, trabajo y esfuerzo». Nunca ha dejado de estudiar. Por eso, cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musical. Sus padres estaban allí. Su madre le preguntó si estaba nervioso. Él respondió que no. «Lo puedo hacer mejor, lo puedo hacer peor, pero toda mi vida desde los 8 años… no he dejado estudiar un solo día».Ahora dirige entre seis y siete funciones a la semana. Es, como él mismo explica, como «jugar seis partidos de fútbol a la semana». La exigencia es enorme, pero también destaca el cuidado que existe dentro de la compañía y un ambiente sano que hacen que pueda concentrarse en lo esencial, que es dirigir. «Eso hace que tú des el cien por cien», explica.Cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, asegura que no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musicalTambién está aprendiendo de quienes llevan décadas allí. Algunos músicos acumulan más de 20 años en la producción. Hay trabajadores que conocieron a los directores originales, Harold Prince y Gillian Lynne, y que conservan incluso anotaciones sobre cómo debía moverse o tratarse cada personaje. Para Fernando, escuchar esas historias forma parte del aprendizaje. El teatro, dice, está lleno de memoria. Y El Fantasma de la Ópera es, en cierto modo, un lugar donde esa memoria sigue viva.Hay otro círculo que se cierra en Londres. Sierra Boggess , una de las intérpretes más emblemáticas de Christine que interpretó este personaje protagonista en la producción del 25 aniversario, forma ahora parte del reparto como Carlotta Giudicelli. Los padres de Fernando estuvieron en Londres en el año 2011 para asistir precisamente a aquella celebración del 25 aniversario. En casa tenían el DVD de aquella producción, con Sierra Boggess como Christine. Fernando lo vio «48.000 millones de veces». El DVD terminó perdiéndose, pero antes de mudarse a Londres compró otro, y ahora comparte teatro con ella.Como comparte teatro con una historia que, durante años, parecía pertenecer a otro mundo. También con nombres que aparecen de pronto en una jornada cualquiera. Una noche, después de la función, Fernando se sorprendió al ver los pasillos de los camerinos más vacíos de lo habitual. Preguntó qué ocurría. La respuesta fue que Hugh Jackman había visto la función y se encontraba en el escenario junto a la compañía para inmortalizar la visita en una foto. Fernando, con cautela y timidez, se presentó. Jackman le felicitó y ambos terminaron haciéndose una foto para el recuerdo.Tras la estela de un referenteNo es el primer español que dirige El Fantasma de la Ópera, pero sí el primer castellanomanchego. Todo un privilegio. Antes estuvo el maestro sevillano Alfonso Casado, una de las personas que terminaron apareciendo en el camino de Fernando. Él mismo lo explica con humor: ser el segundo es como «ir después de Messi». Y habla de Casado con admiración, como alguien que abrió las puertas del West End al talento español y que merece todo lo bueno que le ha ocurrido por su esfuerzo, su trabajo y su talento.Fernando ha llegado después, pero ha llegado con su propia historia. La de un músico que nunca diseñó una ruta para alcanzar Londres, que no convirtió su carrera en una sucesión de objetivos y que, en cambio, fue aceptando oportunidades. Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puerta.Quizá por eso, cuando habla de todo lo que ha ocurrido, vuelve una y otra vez a la curiosidad. A querer entender. A seguir aprendiendo. A no dar por terminado el camino.Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puertaY mientras cada noche levanta la batuta en uno de los musicales más importantes de la historia, su vida sigue teniendo un punto de referencia muy concreto. Campo de Criptana es su casa. Allí están su familia, sus amigos, sus alumnos, sus recuerdos y aquel Teatro Cervantes donde, siendo niño, descubrió que un escenario podía convertir la música en una historia.Cuatro décadas después de que El Fantasma de la Ópera comenzara su andadura en Londres, Fernando Bustamante ha acabado dentro de esa historia. Y quizá lo más hermoso sea que, al llegar ante esa orquesta, no ha tenido que dejar atrás al niño que un día se sentó en el Teatro Cervantes de Campo de Criptana para escuchar música y soñar, sin saber todavía con qué. Ha llegado hasta aquí sin un mapa , guiado por la curiosidad, por el esfuerzo y por una pasión que nunca necesitó de un destino marcado. Aquel niño no sabía dónde le llevaría la música. Y la música, tantos años después, le ha llevado hasta Londres.
Hay noches en las que una vida parece caber entera en un mismo lugar. Cuando termina una función de El Fantasma de la Ópera en el His Majesty’s Theatre de Londres y el público abandona la sala, Fernando Bustamante puede mirar alrededor y encontrar, … de alguna manera, el camino que le ha llevado hasta allí. Está el escenario, está la orquesta, están las voces y está esa música que conoce desde que era un adolescente. Pero también está, aunque sea en la memoria, el Teatro Cervantes de Campo de Criptana (Ciudad Real), el pueblo donde empezó todo.
Fernando nació en mayo de 1986. Ese mismo año, El Fantasma de la Ópera, de Andrew Lloyd Webber, comenzaba su historia en el West End. Cuarenta años después, coincidiendo con el aniversario del musical, aquel niño de Campo de Criptana dirige su orquesta en Londres. La coincidencia es demasiado perfecta para no contarla, de ahí que ABC se ponga en contacto con Fernando. Al otro lado del teléfono un «¡buenos días, Javier!» da inicio a una conversación narrada por la voz de un joven que ama lo que hace y así lo transmite. «Nada de lo que he hecho en mi vida profesional lo he buscado», cuenta. Y es que Fernando ha llegado hasta aquí siguiendo la curiosidad, estudiando, aceptando oportunidades y, muchas veces, simplemente diciendo que sí.
Su vida sigue estando profundamente ligada a Campo de Criptana y a Castilla-La Mancha. Allí tiene su casa, sus amigos, su familia y su plaza como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana, de la que ahora está en excedencia. Lleva alrededor de 15 años vinculado a la enseñanza y, durante ese tiempo, ha pedido periódicamente permisos para seguir estudiando. No porque le faltara una meta profesional concreta, sino porque quería saber más. Esa curiosidad, que él considera casi una forma de vida, terminó llevándolo mucho más lejos de lo que podía imaginar, aunque su trayectoria no fue una escalera perfectamente trazada.
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Primero llegaron los instrumentos de púa, como la bandurria o la mandolina, casi por casualidad. Después, otras experiencias. Y más tarde apareció la dirección de orquesta. Fue entonces cuando surgió una necesidad que terminaría marcando su carrera: entender mejor aquello que estaba escuchando y tocando. «Solo sé que no sé nada», dice cuando habla de todo lo que todavía le queda por aprender. Se compara con una gota de agua en un océano. Y esa conciencia de que siempre hay algo más que aprender es, probablemente, uno de los motores de su trayectoria.
Una de las grandes decisiones llegó después de varios años como profesor. En 2015 dejó temporalmente su trabajo como profesor en el Conservatorio Profesional de Música Alcázar de San Juan-Campo de Criptana y se marchó a Berlín para estudiar dirección en la Universität der Künste. Fue seleccionado junto a otros cuatro aspirantes de todo el mundo. Allí, su profesor Steven Sloane le dijo algo que podría haber cambiado el rumbo de su vida: «Quédate, quédate aquí, que haces carrera». Podía quedarse. Tenía una puerta abierta para desarrollar una carrera internacional. Sin embargo, Fernando decidió regresar.
Volvió porque quería seguir enseñando y porque quería trasladar a sus alumnos todo lo que había aprendido. Esa decisión dice mucho de su manera de entender la música y también de su relación con su tierra. Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volver. Durante años continuó allí su vida profesional y personal, mientras seguía estudiando y trabajando en otros proyectos.
Una casualidad en Portugal
Y entonces apareció Lisboa. En agosto de 2025, Fernando estaba en Portugal como asistente de Andrés Salado, director al que considera también un gran amigo y «al que le debo todo». Salado no podía dirigir un concierto del Festival Musical Junior de Portugal, en Ponte de Sor, y la respuesta fue sencilla. «Llamad a mi asistente». Fernando cambió sus planes de vacaciones y aceptó. Aquella sustitución aparentemente pequeña terminaría siendo decisiva.
Entre el público estaba Sylvia Addison, profesional de la gestión de orquestas de la industria musical del West End. Durante un ensayo se fijó en aquel director español. Preguntó quién era y descubrió que también trabajaba en el mundo del teatro musical. A través de la pareja de Fernando, Kelly, consiguió su contacto. Él hizo después lo que acostumbra a hacer cuando algo despierta su curiosidad: investigar. Descubrió quién era Sylvia, la vio en fotografías junto a Cameron Mackintosh y Andrew Lloyd Webber en los Olivier Awards y comprendió que aquella mujer que había aparecido en un ensayo en Portugal tenía una relación directa con el corazón del teatro musical británico.

(Johan Persson)
Sylvia lo puso en contacto con Alfonso Casado, uno de los grandes nombres españoles de la dirección musical en el West End. Meses después, en noviembre, Fernando le escribió simplemente para agradecerle aquella presentación. Solo quería darle las gracias. La respuesta llegó con una oportunidad, necesitaban un director musical para El Mago de Oz, en Bilbao, y quedaban apenas diez días para el estreno. Fernando reorganizó su vida, estudió entre 500 y 600 páginas de música y se presentó en Bilbao.
Allí, una tarde lluviosa del 28 de diciembre, apareció otro nombre fundamental en esta historia, Simon Lee, supervisor musical de El Fantasma de la Ópera en Londres y colaborador cercano de Andrew Lloyd Webber. Estaba buscando al director musical para el 40 aniversario del musical en Londres. Fernando le invitó a bajar al foso a verle dirigir. «Si se ha cogido un avión desde Londres un 28 de diciembre lluvioso para verme, no me vea de espaldas. ¿Se quiere sentar en el foso y me ve dos horas y media dirigir?», le dijo. Simon Lee se sentó allí y vio la función completa.
Su carrera internacional no nació de la necesidad de marcharse de Campo de Criptana, sino de la posibilidad de salir, aprender y volver
Unos meses después Fernando estaba en Lisboa, trabajando en la mezcla de un nuevo trabajo discográfico de la Orquesta Ciudad de La Mancha que dirige, cuando recibió un correo electrónico que le quitó el sueño. «Cameron Mackintosh quiere conocerte». El productor británico quería verlo personalmente. Fernando viajó a Londres, asistió a una función y recorrió los pasillos del teatro hasta llegar al despacho de Mackintosh. No fue una entrevista convencional. Quería conocerle más allá del currículum, saber quién era aquel director que había aparecido en su radar desde Portugal y Bilbao a través de Sylvia Addison y Simon Lee.
Después llegó la llamada definitiva. Fernando estaba de vacaciones en Almería cuando recibió la confirmación. El proyecto se convertía en realidad y comenzaba la preparación para convertirse en director musical de El Fantasma de la Ópera durante la temporada 2026-27, la del 40 aniversario.
Este verano se trasladó a Londres junto a su pareja. Primero tocó aprender el funcionamiento de un teatro, conocer a las personas, los ensayos, los ritmos y una maquinaria que funciona prácticamente como una pequeña , pero gran ciudad. Después llegó el momento de entrar en el foso. Su primera función con público fue el 3 de agosto; y desde septiembre ejerce oficialmente como director musical de la producción.
Vocación sin miedo al escenario
Fernando llevaba toda una vida preparándose para ese momento. Desde los ocho años, dice, ha sido «trabajo, trabajo y esfuerzo». Nunca ha dejado de estudiar. Por eso, cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musical. Sus padres estaban allí. Su madre le preguntó si estaba nervioso. Él respondió que no. «Lo puedo hacer mejor, lo puedo hacer peor, pero toda mi vida desde los 8 años… no he dejado estudiar un solo día».
Ahora dirige entre seis y siete funciones a la semana. Es, como él mismo explica, como «jugar seis partidos de fútbol a la semana». La exigencia es enorme, pero también destaca el cuidado que existe dentro de la compañía y un ambiente sano que hacen que pueda concentrarse en lo esencial, que es dirigir. «Eso hace que tú des el cien por cien», explica.
Cuando llegó la primera vez que tuvo que dirigir una función, asegura que no sintió el miedo que quizá cabría esperar ante uno de los escenarios más emblemáticos del teatro musical
También está aprendiendo de quienes llevan décadas allí. Algunos músicos acumulan más de 20 años en la producción. Hay trabajadores que conocieron a los directores originales, Harold Prince y Gillian Lynne, y que conservan incluso anotaciones sobre cómo debía moverse o tratarse cada personaje. Para Fernando, escuchar esas historias forma parte del aprendizaje. El teatro, dice, está lleno de memoria. Y El Fantasma de la Ópera es, en cierto modo, un lugar donde esa memoria sigue viva.
Hay otro círculo que se cierra en Londres. Sierra Boggess, una de las intérpretes más emblemáticas de Christine que interpretó este personaje protagonista en la producción del 25 aniversario, forma ahora parte del reparto como Carlotta Giudicelli. Los padres de Fernando estuvieron en Londres en el año 2011 para asistir precisamente a aquella celebración del 25 aniversario. En casa tenían el DVD de aquella producción, con Sierra Boggess como Christine. Fernando lo vio «48.000 millones de veces». El DVD terminó perdiéndose, pero antes de mudarse a Londres compró otro, y ahora comparte teatro con ella.
Como comparte teatro con una historia que, durante años, parecía pertenecer a otro mundo. También con nombres que aparecen de pronto en una jornada cualquiera. Una noche, después de la función, Fernando se sorprendió al ver los pasillos de los camerinos más vacíos de lo habitual. Preguntó qué ocurría. La respuesta fue que Hugh Jackman había visto la función y se encontraba en el escenario junto a la compañía para inmortalizar la visita en una foto. Fernando, con cautela y timidez, se presentó. Jackman le felicitó y ambos terminaron haciéndose una foto para el recuerdo.
Tras la estela de un referente
No es el primer español que dirige El Fantasma de la Ópera, pero sí el primer castellanomanchego. Todo un privilegio. Antes estuvo el maestro sevillano Alfonso Casado, una de las personas que terminaron apareciendo en el camino de Fernando. Él mismo lo explica con humor: ser el segundo es como «ir después de Messi». Y habla de Casado con admiración, como alguien que abrió las puertas del West End al talento español y que merece todo lo bueno que le ha ocurrido por su esfuerzo, su trabajo y su talento.
Fernando ha llegado después, pero ha llegado con su propia historia. La de un músico que nunca diseñó una ruta para alcanzar Londres, que no convirtió su carrera en una sucesión de objetivos y que, en cambio, fue aceptando oportunidades. Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puerta.
Quizá por eso, cuando habla de todo lo que ha ocurrido, vuelve una y otra vez a la curiosidad. A querer entender. A seguir aprendiendo. A no dar por terminado el camino.
Berlín le enseñó a prepararse para saltar. Lisboa puso a Sylvia Addison en su camino. Bilbao hizo que Simon Lee se sentara a verlo dirigir. Y Londres terminó abriendo la puerta
Y mientras cada noche levanta la batuta en uno de los musicales más importantes de la historia, su vida sigue teniendo un punto de referencia muy concreto. Campo de Criptana es su casa. Allí están su familia, sus amigos, sus alumnos, sus recuerdos y aquel Teatro Cervantes donde, siendo niño, descubrió que un escenario podía convertir la música en una historia.
Cuatro décadas después de que El Fantasma de la Ópera comenzara su andadura en Londres, Fernando Bustamante ha acabado dentro de esa historia. Y quizá lo más hermoso sea que, al llegar ante esa orquesta, no ha tenido que dejar atrás al niño que un día se sentó en el Teatro Cervantes de Campo de Criptana para escuchar música y soñar, sin saber todavía con qué. Ha llegado hasta aquí sin un mapa, guiado por la curiosidad, por el esfuerzo y por una pasión que nunca necesitó de un destino marcado. Aquel niño no sabía dónde le llevaría la música. Y la música, tantos años después, le ha llevado hasta Londres.
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