El sol, alcalde, siempre dice la verdad, practicando a la ciudad una autopsia a cielo abierto. La noche, por la otra punta, pacta con nuestras miserias, mejora perfiles y presta a cualquier calle secundaria un aire parisino con dos farolas y una conversación adúltera. Hay que escribir del sol , que ahora es tropical. Porque el sol, alcalde, siempre dice la verdad, insisto. Y la verdad de una ciudad se conoce a pleno mediodía. No hablo del turismo, aunque también, con esas familias nada rebeldes, bajo la gorra promocional, muy puestas de protector solar y botella térmica. Hablo de otra verdad, menos fotogénica. La del portal cansado que pide jubilación, la del banco donde duerme un hombre que no existe en ninguna estadística, la del camarero que ajetrea bandejas bajo cuarenta grados como un titán con pajarita, incluso. El sol fulmina la ficción. El mediodía es un juez, el juez primerísimo. El sol no sólo revela ciudades sino también personas. Uno distingue enseguida al que pasea del que deambula, al que disfruta del que resiste, al que está de vacaciones de quien simula no echarlas de menos. Hay una sinceridad letal en la luz dura. Las parejas discuten antes. Los niños se agotan antes. Los ejecutivos pierden antes la compostura. Hasta el lenguaje se simplifica. A treinta y pico grados, y no digamos cuarenta, nadie se pone verdaderamente metafísico. Noticia relacionada opinion No No LA TERCERA La situación presente y su riesgo Miguel Ángel Quintanilla NavarroPor eso las ciudades prefieren ser contempladas cuando empieza a caer la tarde, que es la hora del despiste urbano. Ahí regresan los matices, las indulgencias, la barra libre de la mentira benévola. Si uno quiere saber qué ciudad ocupa, ha de verla cuando el sol castiga. El sol no inventa nada, alcalde. Dice. Sólo ilumina aquello que llevábamos demasiado tiempo sin querer mirar. El sol, alcalde, siempre dice la verdad, practicando a la ciudad una autopsia a cielo abierto. La noche, por la otra punta, pacta con nuestras miserias, mejora perfiles y presta a cualquier calle secundaria un aire parisino con dos farolas y una conversación adúltera. Hay que escribir del sol , que ahora es tropical. Porque el sol, alcalde, siempre dice la verdad, insisto. Y la verdad de una ciudad se conoce a pleno mediodía. No hablo del turismo, aunque también, con esas familias nada rebeldes, bajo la gorra promocional, muy puestas de protector solar y botella térmica. Hablo de otra verdad, menos fotogénica. La del portal cansado que pide jubilación, la del banco donde duerme un hombre que no existe en ninguna estadística, la del camarero que ajetrea bandejas bajo cuarenta grados como un titán con pajarita, incluso. El sol fulmina la ficción. El mediodía es un juez, el juez primerísimo. El sol no sólo revela ciudades sino también personas. Uno distingue enseguida al que pasea del que deambula, al que disfruta del que resiste, al que está de vacaciones de quien simula no echarlas de menos. Hay una sinceridad letal en la luz dura. Las parejas discuten antes. Los niños se agotan antes. Los ejecutivos pierden antes la compostura. Hasta el lenguaje se simplifica. A treinta y pico grados, y no digamos cuarenta, nadie se pone verdaderamente metafísico. Noticia relacionada opinion No No LA TERCERA La situación presente y su riesgo Miguel Ángel Quintanilla NavarroPor eso las ciudades prefieren ser contempladas cuando empieza a caer la tarde, que es la hora del despiste urbano. Ahí regresan los matices, las indulgencias, la barra libre de la mentira benévola. Si uno quiere saber qué ciudad ocupa, ha de verla cuando el sol castiga. El sol no inventa nada, alcalde. Dice. Sólo ilumina aquello que llevábamos demasiado tiempo sin querer mirar.
El sol, alcalde, siempre dice la verdad, practicando a la ciudad una autopsia a cielo abierto. La noche, por la otra punta, pacta con nuestras miserias, mejora perfiles y presta a cualquier calle secundaria un aire parisino con dos farolas y una conversación adúltera. Hay … que escribir del sol, que ahora es tropical. Porque el sol, alcalde, siempre dice la verdad, insisto. Y la verdad de una ciudad se conoce a pleno mediodía.
No hablo del turismo, aunque también, con esas familias nada rebeldes, bajo la gorra promocional, muy puestas de protector solar y botella térmica. Hablo de otra verdad, menos fotogénica. La del portal cansado que pide jubilación, la del banco donde duerme un hombre que no existe en ninguna estadística, la del camarero que ajetrea bandejas bajo cuarenta grados como un titán con pajarita, incluso.
El sol fulmina la ficción. El mediodía es un juez, el juez primerísimo. El sol no sólo revela ciudades sino también personas. Uno distingue enseguida al que pasea del que deambula, al que disfruta del que resiste, al que está de vacaciones de quien simula no echarlas de menos. Hay una sinceridad letal en la luz dura. Las parejas discuten antes. Los niños se agotan antes. Los ejecutivos pierden antes la compostura. Hasta el lenguaje se simplifica. A treinta y pico grados, y no digamos cuarenta, nadie se pone verdaderamente metafísico.
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Por eso las ciudades prefieren ser contempladas cuando empieza a caer la tarde, que es la hora del despiste urbano. Ahí regresan los matices, las indulgencias, la barra libre de la mentira benévola. Si uno quiere saber qué ciudad ocupa, ha de verla cuando el sol castiga. El sol no inventa nada, alcalde. Dice. Sólo ilumina aquello que llevábamos demasiado tiempo sin querer mirar.
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