La hoguera de confrontación de Miguel y Mara acabó convertida en un espectáculo delirante con Juanpi, un pijama arrojado al fuego y Sandra Barneda intentando poner orden en el caos sentimental Leer La hoguera de confrontación de Miguel y Mara acabó convertida en un espectáculo delirante con Juanpi, un pijama arrojado al fuego y Sandra Barneda intentando poner orden en el caos sentimental Leer
En La isla de las tentaciones se han quemado muchas cosas. Relaciones, promesas de amor eterno, dignidades, alguna que otra neurona y, por supuesto, la paciencia de Sandra Barneda. Pero lo que todavía nos faltaba por ver era a un hombre arrojando a una hoguera un pijama con la cara de su novia mientras el amante de ésta se lanzaba a rescatarlo de las llamas. Lo que no consiga este programa no lo consigue nadie. Shakespeare escribió Otelo, Federico García Lorca escribió Bodas de sangre y los guionistas de la vida nos han regalado el pijama de Mara. La literatura universal acaba de encontrar un competidor formidable.
Lo de anoche en La isla de las tentaciones 11 fue una de esas maravillas del disparate televisivo que merecen ser estudiadas por antropólogos, psicólogos y, llegado el caso, por los bomberos de República Dominicana. Porque si algo quedó claro en la hoguera de confrontación de Miguel y Mara es que el amor podrá acabarse, la fidelidad podrá desaparecer y las promesas podrán convertirse en papel mojado, pero un buen pijama siempre tendrá a alguien dispuesto a salvarlo.
Y lo mejor de todo es que nadie parecía darse cuenta de lo absolutamente delirante de la situación. Nadie salvo el espectador, que a estas alturas ya debería haber aprendido que cuando Sandra Barneda pronuncia solemnemente la palabra «hoguera» cualquier cosa puede suceder. Cualquier cosa.
La historia tiene su aquel. Miguel llegó a La isla de las tentaciones con Mara, su novia de apenas seis meses, dispuesto a poner a prueba una relación que, por lo visto, necesitaba pasar por el laboratorio sentimental más peligroso de la televisión. Y allí estaba Juanpi, antiguo amor de Mara, esperando como quien espera el autobús. Solo que el autobús llegó cargado de hormonas, recuerdos y una evidente falta de frenos.
Mara cayó en la tentación. Y cuando digo cayó, entiéndase que no tropezó accidentalmente. Las imágenes que tuvo que contemplar Miguel en las hogueras anteriores fueron un catálogo de coitos con Juanpi que habría hecho palidecer a cualquier terapeuta de pareja. El pobre Miguel terminó destrozado, llorando, incapaz de seguir contemplando cómo su novia reconstruía su pasado sentimental con una eficacia digna de una empresa de reformas.
Pidió una hoguera de confrontación. Necesitaba explicaciones. Necesitaba respuestas. Necesitaba, probablemente, salir de allí y no volver a ver una palmera en su vida. Y Sandra Barneda, que lleva tantas temporadas administrando tragedias amorosas que podría abrir una consulta de urgencias sentimentales, aceptó su petición.
Hasta ahí, todo relativamente normal. Normal dentro de los parámetros de un programa en el que cinco minutos de fidelidad se consideran prácticamente un récord Guinness. Pero llegó la hoguera. Y con ella, el esperpento.
Porque lo verdaderamente fascinante de La isla de las tentaciones no es que sus concursantes se engañen, se perdonen, se reprochen o se enamoren de otras personas a una velocidad que haría saltar todos los radares de la DGT. Lo fascinante es la solemnidad con la que se desarrolla semejante despropósito. Allí se habla de respeto, de valores, de confianza, de amor verdadero, de traición y de sentimientos como si estuviéramos asistiendo a un congreso internacional sobre ética matrimonial. Y todo ello mientras las cámaras nos recuerdan que hace apenas unas horas alguien estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que ahora defiende.
El problema no es que se contradigan. El problema es que parecen convencidos de que nadie se ha dado cuenta.
Miguel se enfrentó a Mara y a una realidad que llevaba días negándose a aceptar. Su dolor era evidente. Y conviene reconocerlo porque, detrás del circo, hay personas que sufren de verdad. Pero entonces apareció el tercer vértice del triángulo. Juanpi. El hombre que había contribuido a convertir aquella relación en un campo de minas y que terminó protagonizando uno de los momentos más involuntariamente cómicos de la edición.
Miguel le dijo lo que pensaba de él y decidió desprenderse del célebre pijama con la cara de Mara. ¿Cómo? Arrojándolo a la hoguera. Naturalmente. Porque ¿qué mejor manera de simbolizar el final de una relación que organizar una cremación textil en horario de máxima audiencia? Lo maravilloso vino después: Juanpi rescató el pijama del fuego. Es imposible inventarse algo mejor.
El ex novio convertido en tentador, el novio convertido en víctima, la novia en el centro de la batalla y una prenda de dormir que, de pronto, adquirió más protagonismo que muchos concursantes de esta edición. A estas alturas, lo único que faltaba era que Sandra Barneda preguntase al pijama con quién quería abandonar la isla.
Porque esa es otra. Sandra merece un monumento. O unas vacaciones. O las dos cosas. La presentadora lleva años intentando mantener el orden en un universo donde las leyes de la lógica fueron derogadas en la primera temporada. Tiene que contener carreras desesperadas, escuchar explicaciones imposibles, frenar enfrentamientos y preguntar con absoluta seriedad a personas que acaban de descubrir una infidelidad si desean abandonar la experiencia solas, acompañadas o con su tentación favorita. Ni los mediadores de Naciones Unidas.
Y mientras todo esto sucedía, la vida continuaba en las villas. Sergio e Irini, por ejemplo, estaban tan entregados a sus propios asuntos que terminaron perturbando el sueño de Miguel. El concursante, harto de escuchar los ruidos de la habitación vecina, acabó gritando: «¡Ya está bien!». Maravilloso. Lo que le faltaba al pobre Miguel.
Un hombre que acaba de atravesar una crisis sentimental de dimensiones bíblicas y que, cuando intenta descansar, descubre que sus compañeros han decidido convertir la habitación contigua en una sucursal de la revolución sexual. Ni dormir tranquilo puede uno en La isla de las tentaciones.
Y ahí está precisamente el secreto de este formato. Que consigue llevar las emociones hasta extremos tan desproporcionados que el drama termina rozando la comedia. Que una hoguera puede comenzar con lágrimas sinceras y acabar con una discusión sobre un pijama. Que las mismas personas que proclaman estar viviendo el peor momento de sus vidas pueden protagonizar, unas horas después, una situación que ni el mejor guionista de humor se atrevería a escribir.
Por supuesto, La isla de las tentaciones no inventó las infidelidades, ni los celos, ni las relaciones tóxicas. Lo que inventó fue una maquinaria televisiva capaz de convertir todo eso en un espectáculo de luces, tabletas, hogueras, tentadores y frases destinadas a sobrevivir mucho más que las propias relaciones. Y funciona. Vaya si funciona.
Porque uno puede sentarse ante el televisor dispuesto a indignarse con semejante exhibición de inmadurez sentimental y terminar absolutamente fascinado por la capacidad de sus protagonistas para superar cualquier expectativa. Cuando crees que ya lo has visto todo, aparece un pijama. Cuando crees que la situación no puede complicarse más, entra Juanpi. Y cuando piensas que por fin alguien va a decir algo sensato, Sandra Barneda tiene que intervenir para evitar que el espectáculo se descontrole todavía más.
Al final, quizá la gran lección de anoche no tenga nada que ver con el amor, la fidelidad o el perdón. Quizá sea mucho más sencilla: las relaciones pasan, los novios cambian, los juramentos se evaporan y las tentaciones nunca descansan.
Pero los pijamas, amigos, los pijamas se salvan. Aunque sea de una hoguera.
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