La cocina estaba a reventar. Esta semana, la semifinal Argentina-Inglaterra me pilló en las orillas del Natron, un lago del norte de Tanzania donde abrevan manadas de cebras y ñus, y tanta lejanía del asfalto me dejó sin margen de reacción: el partido empezaba tarde para los ritmos locales y yo dormía en una tienda arropada por las manadas de flamencos enanos que crían en las aguas del lago. Temiéndome lo peor, pregunté al cocinero del campamento si habría alguna opción de ver a Messi y compañía y enseguida me dio la solución; podía verlo con el staff en un pequeño televisor en la despensa de la cocina. A medianoche, una docena de porteadores y guías se reunieron en una carpa llena de trastos y comida para alentar a Leo Messi. La despensa era casi Buenos Aires. Solo uno de ellos prefería que los ingleses pasaran a la final, por aquello de los lazos con la exmetrópoli, el resto iba con Messi. Digo bien: no animaban a Argentina, querían que ganara Leo.
La cocina estaba a reventar. Esta semana, la semifinal Argentina-Inglaterra me pilló en las orillas del Natron, un lago del norte de Tanzania donde abrevan manadas de cebras y ñus, y tanta lejanía del asfalto me dejó sin margen de reacción: el partido empezaba tarde para los ritmos locales y yo dormía en una tienda arropada por las manadas de flamencos enanos que crían en las aguas del lago. Temiéndome lo peor, pregunté al cocinero del campamento si habría alguna opción de ver a Messi y compañía y enseguida me dio la solución; podía verlo con el staff en un pequeño televisor en la despensa de la cocina. A medianoche, una docena de porteadores y guías se reunieron en una carpa llena de trastos y comida para alentar a Leo Messi. La despensa era casi Buenos Aires. Solo uno de ellos prefería que los ingleses pasaran a la final, por aquello de los lazos con la exmetrópoli, el resto iba con Messi. Digo bien: no animaban a Argentina, querían que ganara Leo.Seguir leyendo…
La cocina estaba a reventar. Esta semana, la semifinal Argentina-Inglaterra me pilló en las orillas del Natron, un lago del norte de Tanzania donde abrevan manadas de cebras y ñus, y tanta lejanía del asfalto me dejó sin margen de reacción: el partido empezaba tarde para los ritmos locales y yo dormía en una tienda arropada por las manadas de flamencos enanos que crían en las aguas del lago. Temiéndome lo peor, pregunté al cocinero del campamento si habría alguna opción de ver a Messi y compañía y enseguida me dio la solución; podía verlo con el staff en un pequeño televisor en la despensa de la cocina. A medianoche, una docena de porteadores y guías se reunieron en una carpa llena de trastos y comida para alentar a Leo Messi. La despensa era casi Buenos Aires. Solo uno de ellos prefería que los ingleses pasaran a la final, por aquello de los lazos con la exmetrópoli, el resto iba con Messi. Digo bien: no animaban a Argentina, querían que ganara Leo.

Cuando en los minutos finales el diez regaló una asistencia de ensueño a Lautaro para ganar el partido, Filbert, que se sentaba a mi lado y sabía de mis simpatías culés, me chocó feliz la mano y desde su emoción me hizo pensar:
Hasta nueve jugadores del partido decisivo del Mundial pasaron por la Masia
– “¡Ya tenéis a Messi-Lamine Yamal en la final!”, dijo.
Más allá de los colores –la mitad de mis amigos catalanes van hoy con Leo y la otra prefiere que los jugadores del Barça de España regresen contentos–, el partido es uno de los mayores motivos de orgullo de la historia de la entidad: hasta nueve jugadores del encuentro decisivo de la Copa del Mundo pasaron por la Masia: Cubarsí, Gavi, Eric Garcia, Olmo, Grimaldo, Cucurella, Víctor Muñoz y, claro, Messi y Lamine Yamal. Es un éxito incontestable, al nivel de la gala del Balón de Oro que reunió en lo más alto a Messi, Iniesta y Xavi o los equipos que impresionaron al mundo con varios futbolistas de la cantera en el once. Para los culés, la final de hoy es una celebración.
Cuando esta noche el árbitro sople el silbato, el Barça podrá presumir de que las dos principales estrellas, los jugadores en los que estarán fijadas las miradas de millones de espectadores de todo el planeta, pasaron por la escuela del club y formarán para siempre parte de su historia. Messi y Lamine Yamal cara a cara en el partido más importante del fútbol mundial es el mejor exponente de la filosofía de una entidad que siempre ha creído en la formación de sus estrellas. Es cierto que queda la amargura de que el argentino y el de Rocafonda no jueguen juntos en el Barça, pero hoy, gane quien gane, es un día para la felicidad culé.
En un rincón perdido del norte tanzano, Filbert lo vio venir en la parábola que Messi dibujó para vencer a los ingleses.
Es la final de Messi y Lamine Yamal.
La final de la Masia.
La final del més que un club .
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