Esto es solo fútbol, pero suficiente porque el fútbol es todo. Es política, sociología y economía. Explica una sociedad, la anestesia, la une y divide, nos impele a meter los brazos en la basura y encontrar el espejito de la bruja, aquel que nos dice que somos los más guapos, estúpidos y generosos, pero, al mismo tiempo, que hay otros igual de guapos, estúpidos y generosos. Y también, llegado el caso, racistas, irresponsables y crueles. La pertenencia a un club, a una selección, en estos días nos define, nos integra, nos evita contestar a preguntas sin respuesta, nos coloca en rituales y calendarios atados a la curiosidad, al asombro del juego como lección de vida, su espectacularización.
Al jugador con más talento de España nadie le estaba esperando
Esto es solo fútbol, pero suficiente porque el fútbol es todo. Es política, sociología y economía. Explica una sociedad, la anestesia, la une y divide, nos impele a meter los brazos en la basura y encontrar el espejito de la bruja, aquel que nos dice que somos los más guapos, estúpidos y generosos, pero, al mismo tiempo, que hay otros igual de guapos, estúpidos y generosos. Y también, llegado el caso, racistas, irresponsables y crueles. La pertenencia a un club, a una selección, en estos días nos define, nos integra, nos evita contestar a preguntas sin respuesta, nos coloca en rituales y calendarios atados a la curiosidad, al asombro del juego como lección de vida, su espectacularización.
Aunque lo deseemos, Lamine Yamal no explica nada de nosotros –como tampoco lo hizo Maradona, ese otro ovni–. Cruyff, Puyol, Iniesta, también Messi, sí que lo hicieron. Movimientos, anhelos y valores de una sociedad, la catalana en este caso o la española si ampliamos el zoom. Pero cuando ves por la calle a tanta criatura con su camiseta, el 19 o el 10, albergas la esperanza de que cuando se retire, sí que haya movido algo delante de nuestras miradas. Que no solo –como ahora– hayamos disfrazado el racismo de clasismo. En la corta vida del delantero hay muchas historias hermosas de amor, amistad, complicidad, ayudas, individuales y colectivas, pero, de momento, el mensaje –mezquino y lúcido– es que solo el éxito integra a los pobres, a los que vienen de sitios, barrios, padres, pobres, si no eres blanco. Los mismos que no alquilarían un piso al Lamine antes de Lamine, ahora le vitorean, esperan que les dé este domingo la gloria.
Los mismos que no alquilarían un piso al Lamine antes de Lamine, ahora le vitorean
A Lamine todo esto parece no importarle. Tampoco se engaña. Dicen que es mejor disculparse que pedir permiso. Parece que ninguna de las dos opciones entra en sus planes. Lamine es inevitable. Está. Se queda. Nadie había previsto que fuera así, nadie le esperaba, esto debería ser de otra manera. Es posible.
Pero a él no le importa lo más mínimo lo que tú, yo o el talibán de turno piense sobre él. Se irá de la fiesta antes de que decidan echarlo. Por supuesto. Una fiesta a la que ha ido de paso, entre una cosa y otra, porque esto no va de caer bien a los amos sino de no decepcionar a los chavales, en el barrio.
Lamine es un regalo –también una pieza de caza mayor– y , sobre todo, una oportunidad como sociedad
Lamine tiene desde niño un don con la pelota, con el desparpajo, con procesar ese juego llamado fútbol. Es una historia esta que no siempre acaba con el protagonista disputando a los 19 años una final de un Mundial en Nueva York. Quién sabe si ganándola, si marcando un gol. Ojalá que sí. Qué locura de guion. Está el ascensor social –hace décadas ya en desuso– y luego están estos géiseres indetectables, que no avisan.
Ha pulverizado todos los récords de la edad y éxitos, ha cometido errores propios y forzados, pero nada que él mismo no supiera gestionar. Pero siempre ha sido él y de los suyos. Y en esta final de Mundial con el corazón dividido entre Messi y Lamine (y Cubarsí y Olmo y Oyarzabal y Rodri…), uno quiere que Yamal juegue bien, le salgan las cosas, marque, gane el Mundial por él y por lo que representa para muchos –sin él quererlo ni abanderarlo–, es la esperanza en un mundo que no es el suyo, al que nadie les ha llamado ni les esperaba, en el que han de vivir con miradas y actitudes que no son sinceras, ni acaso justas ni mucho menos tranquilizadoras.

Y también por lo generoso de su juego. Por las veces que lo intenta. Como decía Kobe Bryant: “Cada tiro que fallas es uno menos que queda para acertar”. Una y otra y otra vez. Por pensar en el equipo y los equipos en él. Por la fe y la seguridad sin ser ofensivo, pero también lejos de esa idea de la falsa modestia como virtud mariana por elevación. Por los críos, los jóvenes. Que ven el color de su piel, que escuchan su historia, que saben de sus creencias y piensan que quizás –solo quizás– todo es relativo, que no hay verdades absolutas que lleven a que los demás estén equivocados y tú no. Que también tiene uno derecho a ser distinto.
Lamine es un regalo –una pieza de caza mayor también– pero, sobre todo, una oportunidad como sociedad. Pero todo eso no es él. Él es Lamine Yamal, tiene 19 años y juega a fútbol. Jodidamente bien, añado, por si no quedaba claro. Nació en Esplugues de Llobregat. Su padre es marroquí, su madre, guineana y no, Mariano, tampoco este es francés.
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