Pasar a la posteridad en Madrid no es que una calle lleve tu nombre, ni salir en las páginas de sucesos. Tampoco se consigue la eternidad siendo alcalde, ni presidente, ni mucho menos concejal. Uno de sus atajos es, posiblemente, ser jugador del Real Madrid, pero eso sólo ocurre cuando el club es más importante que tu dorsal, cosa que no toda la plantilla entiende, hasta que deja de jugar en el Real Madrid, claro. Los otros caminos para realmente formar parte de la eternidad de la ciudad son completamente inexplicables, pero consisten, básicamente, en que le pongan tu nombre a un bar. Cuando eso sucede, la persona que fue deja de ser importante porque pasa a formar parte de la historia de los demás. En esas tabernas del viejo Madrid, como la Cueva de Luis Candelas pocas personas saben quién es Luis Candelas, aunque para los madrileños siempre será alguien casi como familiar, del mismo linaje, un primo cercano. El bandolero más famoso de la meseta no se recuerda como bandolero, sino como esa taberna en las escaleras del arco de Cuchilleros en la que pasan cosas. Todo tipo de cosas. Por eso, cuando los guiris dejan de cenar en su horario intempestivo, la Cueva de Luis Candelas se llena de personas de aquí que, como él, son ya de todas nuestras calles y forman parte de nuestra memoria. Ocurre lo mismo en el café Barbieri. Uno tiene que ser el gran precursor de la zarzuela moderna, y Madrid se lo agradece con un café que lleva más de un siglo siendo parte de los gatos. Ni siquiera saben que el bueno de Barbieri fue un genio también tocando la zanfoña, porque las personas no conocen la historia de Barbieri, sino el café, y quizá es la forma más pura de ser algo en Madrid para los anales de la historia. Pirulo, en el barrio de Retiro fue un santo con los niños. Se dedicaba al mundo del cromo pero también a ser la ilusión de aquellos imberbes que soñaban con hacerle un ‘chua chua’ en su esquina con Menéndez Pelayo. En una ocasión salvó la vida de una niña que fue atropellada por un tranvía, y desde hace algunos años, una taberna canalla en la que se come de vicio lleva el nombre de ese gigante del Retiro que hizo felices a tantos y que ahora sirve como lugar de encuentro de los no tan niños del barrio. En Eduardo Dato, Richelieu no sería un cardenal si no fuera por el enorme cuadro de Su Eminencia que cuelga en la pared principal del lugar. Para todos nosotros es un bar de viejo donde cenas con dos cervezas o un Gimlet mientras te atienden los mejores camareros de Madrid. Uno no va a ver al cardenal, sino que va al Richelieu para que entre sus mesas se acerque uno de frente lo más cerca posible de Dios. Pero con una copa en la mano. Por eso aquí, como en Casa Alberto, Alatriste, Lucio, Rafa, José Luis y un gran número de templos del hedonismo madrileño, uno se da cuenta que ser inmortal es tener tu nombre en el cartel de un bar, una taberna o un restaurante. Es insólita pero maravillosa esta forma madrileña de alcanzar la posteridad. Tu nombre termina mezclado con las vidas de muchas personas que jamás te conocieron, en noches que no terminan nunca, en citas, en risas largas de historias viejas y en esos momentos que al final construyen nuestros mejores recuerdos. Sin saberlo, así se va escribiendo la historia de una ciudad. Por eso creo que ponerle el nombre de alguien a un bar es la mayor muestra de cariño y respeto que te puede ofrecer una ciudad. Ya sabemos que Madrid tiene una forma muy suya de recordar a sus muertos, como si les quisiera sentar a la mesa para que compartan mesa y deleiten a todos con esa tradición oral de contar historias, una literatura hablada que exagera, inventa, emociona o sacude nuestras cabezas mientras hacemos lo que más nos gusta en Madrid, que es vivir. Aunque haya nombres que llevan doscientos años enterrados, todavía consiguen sentar a un buen grupo de amigos en una mesa alrededor de una ración y una botella. Y es cierto que cada vez resulta más complicado verse, quedar y tener tiempo para perderlo sin rubor alguno. Pero, si de verdad alguien consigue ser inmortal en esta Villa y Corte tan revoltosa, será gracias a alguien que decide darte la eternidad colocando tu nombre encima de una barra. Pasar a la posteridad en Madrid no es que una calle lleve tu nombre, ni salir en las páginas de sucesos. Tampoco se consigue la eternidad siendo alcalde, ni presidente, ni mucho menos concejal. Uno de sus atajos es, posiblemente, ser jugador del Real Madrid, pero eso sólo ocurre cuando el club es más importante que tu dorsal, cosa que no toda la plantilla entiende, hasta que deja de jugar en el Real Madrid, claro. Los otros caminos para realmente formar parte de la eternidad de la ciudad son completamente inexplicables, pero consisten, básicamente, en que le pongan tu nombre a un bar. Cuando eso sucede, la persona que fue deja de ser importante porque pasa a formar parte de la historia de los demás. En esas tabernas del viejo Madrid, como la Cueva de Luis Candelas pocas personas saben quién es Luis Candelas, aunque para los madrileños siempre será alguien casi como familiar, del mismo linaje, un primo cercano. El bandolero más famoso de la meseta no se recuerda como bandolero, sino como esa taberna en las escaleras del arco de Cuchilleros en la que pasan cosas. Todo tipo de cosas. Por eso, cuando los guiris dejan de cenar en su horario intempestivo, la Cueva de Luis Candelas se llena de personas de aquí que, como él, son ya de todas nuestras calles y forman parte de nuestra memoria. Ocurre lo mismo en el café Barbieri. Uno tiene que ser el gran precursor de la zarzuela moderna, y Madrid se lo agradece con un café que lleva más de un siglo siendo parte de los gatos. Ni siquiera saben que el bueno de Barbieri fue un genio también tocando la zanfoña, porque las personas no conocen la historia de Barbieri, sino el café, y quizá es la forma más pura de ser algo en Madrid para los anales de la historia. Pirulo, en el barrio de Retiro fue un santo con los niños. Se dedicaba al mundo del cromo pero también a ser la ilusión de aquellos imberbes que soñaban con hacerle un ‘chua chua’ en su esquina con Menéndez Pelayo. En una ocasión salvó la vida de una niña que fue atropellada por un tranvía, y desde hace algunos años, una taberna canalla en la que se come de vicio lleva el nombre de ese gigante del Retiro que hizo felices a tantos y que ahora sirve como lugar de encuentro de los no tan niños del barrio. En Eduardo Dato, Richelieu no sería un cardenal si no fuera por el enorme cuadro de Su Eminencia que cuelga en la pared principal del lugar. Para todos nosotros es un bar de viejo donde cenas con dos cervezas o un Gimlet mientras te atienden los mejores camareros de Madrid. Uno no va a ver al cardenal, sino que va al Richelieu para que entre sus mesas se acerque uno de frente lo más cerca posible de Dios. Pero con una copa en la mano. Por eso aquí, como en Casa Alberto, Alatriste, Lucio, Rafa, José Luis y un gran número de templos del hedonismo madrileño, uno se da cuenta que ser inmortal es tener tu nombre en el cartel de un bar, una taberna o un restaurante. Es insólita pero maravillosa esta forma madrileña de alcanzar la posteridad. Tu nombre termina mezclado con las vidas de muchas personas que jamás te conocieron, en noches que no terminan nunca, en citas, en risas largas de historias viejas y en esos momentos que al final construyen nuestros mejores recuerdos. Sin saberlo, así se va escribiendo la historia de una ciudad. Por eso creo que ponerle el nombre de alguien a un bar es la mayor muestra de cariño y respeto que te puede ofrecer una ciudad. Ya sabemos que Madrid tiene una forma muy suya de recordar a sus muertos, como si les quisiera sentar a la mesa para que compartan mesa y deleiten a todos con esa tradición oral de contar historias, una literatura hablada que exagera, inventa, emociona o sacude nuestras cabezas mientras hacemos lo que más nos gusta en Madrid, que es vivir. Aunque haya nombres que llevan doscientos años enterrados, todavía consiguen sentar a un buen grupo de amigos en una mesa alrededor de una ración y una botella. Y es cierto que cada vez resulta más complicado verse, quedar y tener tiempo para perderlo sin rubor alguno. Pero, si de verdad alguien consigue ser inmortal en esta Villa y Corte tan revoltosa, será gracias a alguien que decide darte la eternidad colocando tu nombre encima de una barra.
Pasar a la posteridad en Madrid no es que una calle lleve tu nombre, ni salir en las páginas de sucesos. Tampoco se consigue la eternidad siendo alcalde, ni presidente, ni mucho menos concejal. Uno de sus atajos es, posiblemente, ser jugador del Real Madrid, … pero eso sólo ocurre cuando el club es más importante que tu dorsal, cosa que no toda la plantilla entiende, hasta que deja de jugar en el Real Madrid, claro. Los otros caminos para realmente formar parte de la eternidad de la ciudad son completamente inexplicables, pero consisten, básicamente, en que le pongan tu nombre a un bar.
Cuando eso sucede, la persona que fue deja de ser importante porque pasa a formar parte de la historia de los demás. En esas tabernas del viejo Madrid, como la Cueva de Luis Candelas pocas personas saben quién es Luis Candelas, aunque para los madrileños siempre será alguien casi como familiar, del mismo linaje, un primo cercano. El bandolero más famoso de la meseta no se recuerda como bandolero, sino como esa taberna en las escaleras del arco de Cuchilleros en la que pasan cosas. Todo tipo de cosas. Por eso, cuando los guiris dejan de cenar en su horario intempestivo, la Cueva de Luis Candelas se llena de personas de aquí que, como él, son ya de todas nuestras calles y forman parte de nuestra memoria.
Ocurre lo mismo en el café Barbieri. Uno tiene que ser el gran precursor de la zarzuela moderna, y Madrid se lo agradece con un café que lleva más de un siglo siendo parte de los gatos. Ni siquiera saben que el bueno de Barbieri fue un genio también tocando la zanfoña, porque las personas no conocen la historia de Barbieri, sino el café, y quizá es la forma más pura de ser algo en Madrid para los anales de la historia.
Pirulo, en el barrio de Retiro fue un santo con los niños. Se dedicaba al mundo del cromo pero también a ser la ilusión de aquellos imberbes que soñaban con hacerle un ‘chua chua’ en su esquina con Menéndez Pelayo. En una ocasión salvó la vida de una niña que fue atropellada por un tranvía, y desde hace algunos años, una taberna canalla en la que se come de vicio lleva el nombre de ese gigante del Retiro que hizo felices a tantos y que ahora sirve como lugar de encuentro de los no tan niños del barrio.
En Eduardo Dato, Richelieu no sería un cardenal si no fuera por el enorme cuadro de Su Eminencia que cuelga en la pared principal del lugar. Para todos nosotros es un bar de viejo donde cenas con dos cervezas o un Gimlet mientras te atienden los mejores camareros de Madrid. Uno no va a ver al cardenal, sino que va al Richelieu para que entre sus mesas se acerque uno de frente lo más cerca posible de Dios. Pero con una copa en la mano. Por eso aquí, como en Casa Alberto, Alatriste, Lucio, Rafa, José Luis y un gran número de templos del hedonismo madrileño, uno se da cuenta que ser inmortal es tener tu nombre en el cartel de un bar, una taberna o un restaurante.
Es insólita pero maravillosa esta forma madrileña de alcanzar la posteridad. Tu nombre termina mezclado con las vidas de muchas personas que jamás te conocieron, en noches que no terminan nunca, en citas, en risas largas de historias viejas y en esos momentos que al final construyen nuestros mejores recuerdos. Sin saberlo, así se va escribiendo la historia de una ciudad. Por eso creo que ponerle el nombre de alguien a un bar es la mayor muestra de cariño y respeto que te puede ofrecer una ciudad. Ya sabemos que Madrid tiene una forma muy suya de recordar a sus muertos, como si les quisiera sentar a la mesa para que compartan mesa y deleiten a todos con esa tradición oral de contar historias, una literatura hablada que exagera, inventa, emociona o sacude nuestras cabezas mientras hacemos lo que más nos gusta en Madrid, que es vivir.
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Aunque haya nombres que llevan doscientos años enterrados, todavía consiguen sentar a un buen grupo de amigos en una mesa alrededor de una ración y una botella. Y es cierto que cada vez resulta más complicado verse, quedar y tener tiempo para perderlo sin rubor alguno. Pero, si de verdad alguien consigue ser inmortal en esta Villa y Corte tan revoltosa, será gracias a alguien que decide darte la eternidad colocando tu nombre encima de una barra.
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