Los sondeos lo habían indicado. Pero era tal la falta de confianza de los demócratas en sus propias fuerzas y su temor ante esa bestia política que es Donald Trump, que no se lo creyeron hasta la madrugada. La ola azul demócrata de la que hablaban los más optimistas se había hecho tsunami. Y esa marea barrió tanto a los restos del establishment republicano como a la nueva generación de candidatos avalados por el presidente.
Los sondeos lo habían indicado. Pero era tal la falta de confianza de los demócratas en sus propias fuerzas y su temor ante esa bestia política que es Donald Trump, que no se lo creyeron hasta la madrugada. La ola azul demócrata de la que hablaban los más optimistas se había hecho tsunami. Y esa marea barrió tanto a los restos del establishment republicano como a la nueva generación de candidatos avalados por el presidente.Seguir leyendo…
Los sondeos lo habían indicado. Pero era tal la falta de confianza de los demócratas en sus propias fuerzas y su temor ante esa bestia política que es Donald Trump, que no se lo creyeron hasta la madrugada. La ola azul demócrata de la que hablaban los más optimistas se había hecho tsunami. Y esa marea barrió tanto a los restos del establishment republicano como a la nueva generación de candidatos avalados por el presidente.
Los demócratas fueron a las elecciones con la lección aprendida. Se acabaron las referencias woke y reaparecieron prioridades como la salud pública, la carestía de la vida o la falta de vivienda. Nadie mejor que James Talarico, un seminarista presbiteriano de Texas, o Adam Hamilton, un pastor metodista de Kansas, los dos finalmente senadores en estados tradicionalmente republicanos, para ilustrar esa ansia de justicia social que los estadounidenses parecían buscar.
Los demócratas han aprendido la lección: han hablado muy poco de ‘woke’ y mucho más de clase
Estados Unidos es un país de sorpresas. En el que la cuestión de clase vuelve a importar. En el que hoy se proclaman trabajadores un porcentaje de personas superior a las que lo hacían veinte años atrás. Paradoja: hay más estadounidenses que se proclaman así entre los republicanos que entre los demócratas. Fue probablemente esa gente y su resentimiento lo que alimentó la ola trumpista del 2016. Y ha sido la falta de respuestas de Trump a sus problemas en estos dos años de mandato la que puede haber puesto las cosas en su sitio: los más conservadores pueden haberse quedado en casa y los latinos, afros y jóvenes han vuelto a “la casa demócrata” después de ocho años de aventura fallida.
La derrota republicana es el fracaso personal de Trump. El presidente contentó a sus bases con la política migratoria y las deportaciones, pero les falló con la guerra de Irán. Hoy, todavía, muchos de sus votantes no entienden cómo Estados Unidos se ha metido en ese lío. Hasta el punto de alimentar un creciente rechazo hacia Israel, país al que responsabilizan del error del presidente.
Todavía entienden menos cómo Trump no ha hecho nada contra el encarecimiento de los precios del gasoil o de los fertilizantes como consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz. El Medio Oeste americano, escenario de la gran revuelta trumpista contra el sistema en los 2010, ha sido el gran afectado por este gran error. Por eso y por la furiosa política de aranceles que no muestra signos de haber llevado a la reindustrialización del país, sino que ha llevado al caos y a la inflación.
Trump, narciso máximo, ha confiado en su personalidad para surfear la marea demócrata y los contratiempos de su mandato. Pero no ha calculado bien los efectos en la opinión pública de los síntomas crecientes de corrupción en su entorno, las peligrosas amistades rusas de su hijo Donald Trump Jr., los viajes de su yerno Jared Kushner a los países del Golfo…
El presidente siempre ha estado convencido de que todo eso no importaba si la economía iba bien. Y la economía ha ido bien en las grandes cifras, dopadas por la gigantesca inversión en la inteligencia artificial. Ha sido justamente la oligarquía de Silicon Valley la que ha acudido con sus donaciones a apuntalar a los candidatos republicanos que parecían tener problemas. Hoy los oligarcas tienen un problema. Los demócratas discrepan de la falta de regulación de esta actividad. Muchas comunidades locales están en pie de guerra contra los centros de datos que construyen. Y Hollywood los toma cada vez más como motivo de inspiración para los villanos de sus producciones.
¿Estamos ante el crepúsculo de Donald Trump? Todavía no, no corran. El mundo post-Trump queda todavía lejos. Quedan muchas sorpresas por delante. Lo peor de estos años ha sido la emulación que ha provocado entre las élites del planeta. La tolerancia hacia comportamientos inapropiados. La revitalización de teorías económicas zombis como las que promueven los libertarios. El pisoteo de las normas más elementales de la diplomacia y de las relaciones internacionales. Queda, pues, mucho camino por recorrer. Pero, en cualquier caso, había que empezar con unos resultados como los de estas midterm .
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