Era llamativo cómo Nadie quiere esto de Netflix era una comedia romántica con el judaísmo como centro sin que la actualidad internacional se colase en la promoción o fuera mencionada dentro de la serie. Ser judío no significa ser israelí pero muchas de las estrellas de Hollywood no se caracterizan por hacer esta distinción y el activismo está atento. Cuando el actor Adam Brody describió la ofensiva de Israel contra Palestina como un genocidio, la discreción que caracterizaba a la plataforma en este tema voló por los aires.
La creadora de ‘Nadie quiere esto’, bajo sospecha por proselitismo, y unas declaraciones explosivas colocan a la plataforma donde no quería estar: entre Israel y Palestina
Era llamativo cómo Nadie quiere esto de Netflix era una comedia romántica con el judaísmo como centro sin que la actualidad internacional se colase en la promoción o fuera mencionada dentro de la serie. Ser judío no significa ser israelí pero muchas de las estrellas de Hollywood no se caracterizan por hacer esta distinción y el activismo está atento. Cuando el actor Adam Brody describió la ofensiva de Israel contra Palestina como un genocidio, la discreción que caracterizaba a la plataforma en este tema voló por los aires.
Las diferencias de opinión entre compañeros de trabajo son normales pero la actriz Tovah Feldshuh, que interpreta a Bina (la madre de Brody en la ficción), le dedicó unas declaraciones con un lenguaje abrasivo con comparación incluida con Adolf Hitler. “Acusar al pueblo judío de genocidio es una barbaridad”, sentenció Tovah, judía como su personaje. Condenar a Israel, según ella, “es algo directamente sacado del manual de Hitler: coges a la víctima y la conviertes en culpable”.
Por hablar de genocidio
Tovah Felshush sentenció que “acusar al pueblo judío de genocidio es una barbaridad” y dijo que Adam Brody, su hijo en la ficción, sigue el “manual de Hitler”
El actor, un icono generacional por la serie juvenil OC, fue claro: “Podéis contar conmigo entre quienes consideran que se trata de un genocidio. Y también entre quienes quieren una Palestina libre”. Era la nueva voz de Hollywood de tradición y familia judía (pero sin ser practicante) que desafiaba el discurso de figuras influyentes como Noah Wyle o Debra Messing, alineados con Israel. Lamentó que “haya tenido que morir tanta gente y que se haya causado tanto sufrimiento” para que muchos llegasen a esta conclusión y deseó un cambio de gobierno en la potencia nuclear para “corregir algunas de las políticas” que contribuyen a una situación tan terrible y pueda hacer “algo realmente bueno”.
Las miradas de Brody y Feldshuh tienen diferencias fundamentales. Una de ellas es que Brody no trata “israelí” y “judío” como palabras sinónimas. Al mencionar la administración del primer ministro Benjamin Netanyahu, marca una distancia significativa: señalar la responsabilidad del gobierno israelí para no culpabilizar a la población civil. Con este posicionamiento público, se unió a la lista de figuras judías destacadas de la televisión americana que denuncian el genocidio en Gaza como Hannah Einbinder (Hacks), Ilana Glazer (Broad City) o Wallace Shawn (La princesa prometida).

Las declaraciones de Brody “marcan una diferencia en la comunidad judía”, según Feldshuh, y alega que los famosos que comparten falsedades dañan a todos los judíos. En resumen, insinúa sin demasiada sutileza que el rabino sexy es un traidor para los judíos y que aviva el antisemitismo utilizando el altavoz que proporciona la fama. La actriz conocida por The Walking Dead mantiene que “la continuidad del estado de Israel es crucial para el bienestar del mundo democrático y del mundo libre” y que Estados Unidos e Israel se necesitan mutuamente.
La madre controladora de Nadie quiere esto no es la primera persona en reaccionar de forma hostil ante las ideas de Brody. Este cuestionable honor es para Steve Leder, el rabino emérito de una congregación de Los Ángeles que fue asesor del actor en el rodaje, publicó un vídeo en Instagram: “Eres, como reconociste, un judío bastante ignorante, y tu ignorancia quedó patente”. Le recomendó callar tras un posicionamiento “francamente impactante” y que calificó de “repugnante”.
Otra declaración nuclear
El rabino que asesoró a Brody califica su postura como “repugnante” y le pide callar: “Eres, como reconociste, un judío bastante ignorante, y tu ignorancia quedó patente”
El conflicto interno de la familia Roklov de Nadie quiere esto es un reflejo de las cuestiones discutidas entre una opinión pública polarizada. ¿Condenar las acciones de Israel es antisemitismo o la odio histórico contra los judíos se utiliza como escudo anticríticas? ¿El atentado del 7 de octubre justifica tres años de represión con 75.000 palestinos muertos? ¿Se podía considerar la segregación y discriminación, que Aministía Internacional califica de Apartheid, como una medida de protección legítima ante el terrorismo? ¿El sistema democrático de Israel, que está rodeado de regímenes autoritarios que lo tienen en el punto de mira, es razón suficiente para un apoyo incondicional a estas alturas?
Erin Foster, la creadora de Nadie quiere esto, había conseguido mantener su historia de amor alejada de la actualidad. La guionista criada en Los Ángeles había lamentado la situación de los palestinos en Gaza y había pedido iniciar negociaciones para lo que se llama como la solución de los dos estados que implica la coexistencia de Israel y Palestina como estados independientes y que pudieran coexistir en paz. Esto no significa que al leer los titulares genocidas empatizase con las convicciones de Brody: la alineación de Foster con Israel es imperturbable. En vez de mostrarse enfurecida, explicó que están en “desacuerdo” y que “no pasa nada”, ya que su afecto por él sigue intacto.

La controversia sirvió para que Foster expusiera su motivación para crear Nadie quiere esto, que se inspira en su relación con su marido: “La serie siempre ha sido y siempre será una carta de amor al judaísmo. Es el motivo por el que la hice”. Su universo de ficción es como una realidad paralela, donde ningún conflicto social, político o injusticia puede entrometerse en la vida de sus personajes adinerados, al igual que una actualidad inexistente. Quería ofrecer una “representación positiva” de los judíos en este momento del mundo donde casi no existen.
De repente, esa burbuja de los personajes ajena a la actualidad y la política resultaba que respondía al deterioro del judaísmo por las acciones del gobierno israelí. ¿Sospechar del borrado de este tema tan espinoso era producto de los prejuicios? Ahora bien, la decisión creativa quizá adopta otra forma cuando en 2024 Erin Foster concedió una entrevista para hablar de Nadie quiere esto y de Favorite Daughter, la marca de ropa que tiene con su hermana. Cuando le preguntaron si vendía a Israel por interés comercial o si apoyan el país, respondió lo siguiente: “Es fantástico por el negocio y nos encanta apoyar Israel. Es un momento muy importante para alzar la voz por lo que crees que está bien”.
Negocios con Israel
La creadora defendía vender su marca de ropa en Israel: “Es fantástico para el negocio y nos encanta apoyar a Israel. Es un momento muy importante para alzar la voz por lo que crees que está bien”
La conexión del proceso creativo con la guerra de Gaza, reconocido por Foster, y un apoyo tan orgulloso y rotundo a un estado de Israel con el que tiene intereses comerciales abren la puerta a una reinterpretación de Nadie quiere esto. Hay hipótesis razonables sobre la honestidad de la propuesta artística cuando la autora tiene intereses económicos que el público no puede conocer sin una exhaustiva búsqueda por internet y su visión del judaísmo no admite el cuestionamiento de las acciones de Israel, que se define como el estado nación del pueblo judío.
¿Hay una base sólida para rebautizar la representación positiva de la gente judía como un lavado de imagen al gobierno de Israel? ¿Le conviene a Foster alinearse con Israel, al igual que la Casa Blanca, con una serie que sería acusada de propagandística si estuviera producida en la televisión israelí? Al margen de los posibles intereses ocultos, Nadie quiere esto ya no tiene el privilegio de disociarse de las ofensivas israelíes y de la crisis humanitaria en Gaza.
Encontrarse en la discusión política puede afectar las opciones de renovación de Noah y Joanne, el rabino y la podcastera conversa de quienes Foster ya sabe qué contar en una cuarta temporada no anunciada: “Toca mostrar los siguientes pasos de la gente que no está en la veintena y se casa y de repente empiezas por detrás del resto”. La polémica pilla a la serie en un momento poco adecuado: la rom-com es de las escasas producciones que entrega a Netflix una temporada cada 12 meses: la decisión sobre su futuro se debería tomar estas próximas semanas. Además, hay un precedente reciente de cancelación por razones políticas y para satisfacer al poder.
En sus inicios, Netflix se hizo un hueco en el mercado con una imagen moderna y progresista con apuestas como Orange is the new black con mujeres LGTB y una comunicación cercana y desenfadada en redes. El año 2026 tiene una coyuntura opuesta: la victoria electoral de Donald Trump y el impulso del movimiento reaccionario en todo el ámbito internacional han incentivado un cambio de estrategia de los grandes estudios. En el caso de Netflix, la damnificada fue la comedia dramática Reclutas sobre un chico gay en el ejército de los Estados Unidos en los años 90.

El portavoz del Pentágono mostró su indignación por la emisión de una historia de estas características cuando las fuerzas armadas bajo el gobierno de Trump estaban “recuperando el espíritu guerrero” y culpó a la plataforma de producir “basura woke” siguiendo directrices ideológicas. La serie recibió buenas críticas (y aquí en La Vanguardia entró en la lista de las mejores series del año) pero, cuando se asumía que la renovación era inminente, fue cancelada en octubre del año pasado. Se convirtió en la serie cancelada con más audiencia de la temporada. La cancelación era inexplicable sin incluir las presiones políticas en el análisis.
Con respecto a la cuestión Palestina, Netflix ha intentado mantener una posición silenciosa y de aparente neutralidad política. La medida no ha impedido que haya sido criticada. En 2024, cuando 19 películas palestinas desaparecieron del catálogo por no renovar los derechos, la organización Freedom Forward pidió a los suscriptores que se dieran de baja: “No es el momento de silenciar voces de Palestina”. A partir del lanzamiento de la quinta temporada de Fauda, no pasó desapercibido otro detalle: el tratamiento que recibía el thriller israelí a nivel de comunicación.
Ausencia deliberada
La omisión de las palabras ‘Palestina’ o ‘Gaza’ en los artículos de ‘Fauda’ de la web de prensa de Netflix responden a un trato específico para abordar el conflicto
En un artículo en su web de prensa se contaba cómo los creadores Lior Raz i Avi Issacharoff tuvieron que reescribir la temporada después del 7O. La fecha, el atentado de Hamás y el nombre de Israel eran mencionados pero destacaba la omisión de Palestina o Gaza en el mismo texto. La ausencia deliberada exponía un trato específico para abordar un tema delicado para los ocupantes de los despachos de Netflix, que ya habían sido señalados por tener Fauda en el catálogo. No es descabellado pensar que, tras despedir a 1000 trabajadores para tranquilizar la bolsa por el estancamiento de su crecimiento, preferirían ahorrarse titulares polémicos que colocan la marca en un terreno no deseado.
Nadie quiere esto cumplía la función de combinar popularidad y calidad, con nominaciones a los premios Emmy. La serie del rabino atractivo, desafortunadamente, está pasando a ser la del rabino que condena el genocidio y cuya madre lo acusa de seguir el plan del nazismo para aplicar la solución final a los judíos

La decisión sobre el futuro de Nadie quiere esto ahora es un cóctel molotov para Netflix más allá de los fuegos que tendrán que apagar los productores ante la hostilidad manifiesta de Tovah Feldshuh contra Adam Brody. Si se opta por la renovación, puede ser acusada de apoyar un lavado de imagen de Israel. Pero una cancelación puede ser utilizada por la administración de Trump y los partidarios de Israel como un castigo contra Foster y Feldshuh y el rechazo una obra que ofrece representación positiva a la la comunidad judía.
Los directivos posiblemente cruzan los dedos para que las audiencias de la temporada estrenada el viernes pasado sean tan desastrosas que la cancelación forzosa ni sea discutible. El rendimiento del título indica que es plausible: entre la primera y la segunda temporada perdió un 38,3% de visionados. Otro hundimiento sería una bendición para argumentar que nadie quiere Nadie quiere esto. Así esquivarían una temporada analizada con lupa, nuevos indicios contra Foster y la posibilidad de escándalos en plató. Cabe la posibilidad de que, al encontrarse entre la espada y la pared, en los despachos de Netflix se tome la decisión en base a alianzas políticas como cuando liquidó Reclutas.
Erin Foster desprende en ‘Nadie quiere esto’ notas aromáticas de proselitismo y de instrumentalización del judaísmo para blanquear las acciones de Israel
La historia de amor ideal mutó ante los ojos del público en una contienda política entre el talento y para Netflix pasó a ser una fuente de controversia en una trinchera de la que no se sale ileso. Y es que quienes, como un servidor, desconfían de la honestidad de la creadora pueden sentir unas notas aromáticas. Son el posible proselitismo y la instrumentalización del judaísmo para blanquear las acciones de Israel: el asedio interminable a los civiles palestinos que seguramente se preguntan si se enfrentan al exterminio de su pueblo. Es imposible que Tovah Feldshuh, que utiliza a Hitler como arma arrojadiza contra los traidores, no se percate de la perversa ironía de la situación. Nadie debería querer esto.
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