Quinientos encapuchados no son suficientes para que un país cambie. No lo son ni lo serán por muy violentos que sean, por mucho que ataquen a la policía, por mucho que revienten terrazas de bar o por mucho que se autoproclamen salvadores de la libertad, demócratas o antifascistas. No son suficientes porque aunque no fueran quinientos sino mayoría, la violencia deslegitimaría sus postulados. Una idea, sea cual sea, es la esencia de la democracia, la clave de nuestra libertad, la razón de nuestra convivencia dentro de la diversidad.No importa a qué partido o colectivo se ataque con adoquines porque aunque la poesía diga que bajo aquellos hay arena de playa, las piedras nunca sustituirán a las ideas. La democracia no se entiende sin paz, aunque haya quien lo defienda paradójicamente desde la tribuna de un parlamento. Porque la violencia no sirve para defender al débil y porque la furia y la ira nos alejan de nuestra propia humanidad. Quien quiera justificar la violencia física como barricada ante esas otras violencias que, efectivamente existen, ha elegido el camino equivocado.España afronta una campaña electoral apasionante y un día después más inquietante que nunca. La campaña ha comenzado con violencia por parte de unos pocos y con tibieza por parte de quienes debían de condenar esa actitud. Como demócratas y como europeos no podemos permitirnos que nuestras calles se incendien defendiendo, presuntamente, unas ideas ni que el día después ocurra lo mismo si quien resulte elegido no es de nuestro agrado. No se trata de ganar o perder unas elecciones, se trata de elegir el lado correcto de la historia que tanto nos ha costado construir. Si alguien está en contra que grite, que grite con todas sus fuerzas, con todo su corazón pero que nadie, por favor, justifique o disculpe a quien está dispuesto a condenar a su adversario al silencio. Quinientos encapuchados no son suficientes para que un país cambie. No lo son ni lo serán por muy violentos que sean, por mucho que ataquen a la policía, por mucho que revienten terrazas de bar o por mucho que se autoproclamen salvadores de la libertad, demócratas o antifascistas. No son suficientes porque aunque no fueran quinientos sino mayoría, la violencia deslegitimaría sus postulados. Una idea, sea cual sea, es la esencia de la democracia, la clave de nuestra libertad, la razón de nuestra convivencia dentro de la diversidad.No importa a qué partido o colectivo se ataque con adoquines porque aunque la poesía diga que bajo aquellos hay arena de playa, las piedras nunca sustituirán a las ideas. La democracia no se entiende sin paz, aunque haya quien lo defienda paradójicamente desde la tribuna de un parlamento. Porque la violencia no sirve para defender al débil y porque la furia y la ira nos alejan de nuestra propia humanidad. Quien quiera justificar la violencia física como barricada ante esas otras violencias que, efectivamente existen, ha elegido el camino equivocado.España afronta una campaña electoral apasionante y un día después más inquietante que nunca. La campaña ha comenzado con violencia por parte de unos pocos y con tibieza por parte de quienes debían de condenar esa actitud. Como demócratas y como europeos no podemos permitirnos que nuestras calles se incendien defendiendo, presuntamente, unas ideas ni que el día después ocurra lo mismo si quien resulte elegido no es de nuestro agrado. No se trata de ganar o perder unas elecciones, se trata de elegir el lado correcto de la historia que tanto nos ha costado construir. Si alguien está en contra que grite, que grite con todas sus fuerzas, con todo su corazón pero que nadie, por favor, justifique o disculpe a quien está dispuesto a condenar a su adversario al silencio.

Quinientos encapuchados no son suficientes para que un país cambie. No lo son ni lo serán por muy violentos que sean, por mucho que ataquen a la policía, por mucho que revienten terrazas de bar o por mucho que se autoproclamen salvadores de la libertad, … demócratas o antifascistas. No son suficientes porque aunque no fueran quinientos sino mayoría, la violencia deslegitimaría sus postulados. Una idea, sea cual sea, es la esencia de la democracia, la clave de nuestra libertad, la razón de nuestra convivencia dentro de la diversidad.
No importa a qué partido o colectivo se ataque con adoquines porque aunque la poesía diga que bajo aquellos hay arena de playa, las piedras nunca sustituirán a las ideas. La democracia no se entiende sin paz, aunque haya quien lo defienda paradójicamente desde la tribuna de un parlamento. Porque la violencia no sirve para defender al débil y porque la furia y la ira nos alejan de nuestra propia humanidad. Quien quiera justificar la violencia física como barricada ante esas otras violencias que, efectivamente existen, ha elegido el camino equivocado.
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España afronta una campaña electoral apasionante y un día después más inquietante que nunca. La campaña ha comenzado con violencia por parte de unos pocos y con tibieza por parte de quienes debían de condenar esa actitud. Como demócratas y como europeos no podemos permitirnos que nuestras calles se incendien defendiendo, presuntamente, unas ideas ni que el día después ocurra lo mismo si quien resulte elegido no es de nuestro agrado. No se trata de ganar o perder unas elecciones, se trata de elegir el lado correcto de la historia que tanto nos ha costado construir. Si alguien está en contra que grite, que grite con todas sus fuerzas, con todo su corazón pero que nadie, por favor, justifique o disculpe a quien está dispuesto a condenar a su adversario al silencio.
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