Irlanda ha anunciado que recomendará restringir los besos y abrazos de los abuelos a sus nietos si no existe un previo consentimiento explícito. Un «solo sí es sí» al tierno beso de la memoria.Los ideólogos del nuevo orden afectivo esgrimen que se trata de educar en la autonomía corporal, un «noli me tangere» desde la cuna; de erradicar lo que llaman «sumisión afectiva» y levantar murallas de tipo emocional antes de que un niño aprenda a atarse los cordones del zapato. La burocracia del beso.Cuando uno lee noticias así, lo hace con el estupor de quien cree que el mundo gira del revés. Y me pregunto en qué momento convertimos el afecto en una sospecha, el vínculo de la sangre en un tratado de la gilipollez.Hay una extraña obsesión en lo woke por deconstruir lo más sagrado, por teorizar sobre lo que siempre fue natural, espontáneo, puro. En este empeño de someter a normas la ternura, deciden que el cariño familiar no es un refugio, sino un delito en grado de tentativa.Si trasladamos esta ingeniería social a nuestras tierras del oeste, nuestros pueblitos de La Raya, el disparate se vuelve sangrante. Imaginen la escena en cualquier pueblo de Zamora o en los rincones olvidados de Castilla y León. Tantos rincones envejecidos.Imaginen ese consentimiento previo en las residencias y poyetes donde tantos ancianos cuentan los minutos, con la mirada clavada en la ventana o en la curva de la carretera, esperando que aparezcan los hijos, la risa de los nietos. La alegría, la vida que vuelve por unas horas.Imaginen a esa abuela de manos arrugadas y espalda combada por los años, congelando el gesto en el aire, reprimiendo el latido, dudando si pedir un consentimiento antes de rozar la mejilla de su nieto, de comérselo a besos, como siempre fue. Esos besos sonoros, redondos, donde cabe el mundo.Nos empeñamos en invertir los valores hasta ahogar lo humano. En lugar de proteger el amor incondicional, lo sometemos a normativas. Y en esa maniobra nos vamos dejando la mitad del alma, la memoria de quienes somos, la fuerza de la raíz.Los abuelos no son una amenaza de la que haya que protegerse; son el surco, la tierra que nos sostiene y abraza. La historia viva de lo que somos, el único lugar del mundo al que siempre se puede regresar. Sin su cariño primario, orgulloso, despojado de etiquetas y protocolos, creceríamos más solos, más secos, más vulnerables, más pobres. Menos humanos.Qué ceguera la de este tiempo que confunde la protección con el aislamiento, la ley con el absurdo. Y qué suerte hemos tenido por haber conocido, los besos de nuestros abuelos y abuelas. Esos besos ruidosos, rotundos, que olían a colonia de lavanda y masa de buñuelo. Besos consentidos, con los cinco sentidos, que nunca necesitaron pedir permiso porque, si de algo iban sobrados, era de amor. Irlanda ha anunciado que recomendará restringir los besos y abrazos de los abuelos a sus nietos si no existe un previo consentimiento explícito. Un «solo sí es sí» al tierno beso de la memoria.Los ideólogos del nuevo orden afectivo esgrimen que se trata de educar en la autonomía corporal, un «noli me tangere» desde la cuna; de erradicar lo que llaman «sumisión afectiva» y levantar murallas de tipo emocional antes de que un niño aprenda a atarse los cordones del zapato. La burocracia del beso.Cuando uno lee noticias así, lo hace con el estupor de quien cree que el mundo gira del revés. Y me pregunto en qué momento convertimos el afecto en una sospecha, el vínculo de la sangre en un tratado de la gilipollez.Hay una extraña obsesión en lo woke por deconstruir lo más sagrado, por teorizar sobre lo que siempre fue natural, espontáneo, puro. En este empeño de someter a normas la ternura, deciden que el cariño familiar no es un refugio, sino un delito en grado de tentativa.Si trasladamos esta ingeniería social a nuestras tierras del oeste, nuestros pueblitos de La Raya, el disparate se vuelve sangrante. Imaginen la escena en cualquier pueblo de Zamora o en los rincones olvidados de Castilla y León. Tantos rincones envejecidos.Imaginen ese consentimiento previo en las residencias y poyetes donde tantos ancianos cuentan los minutos, con la mirada clavada en la ventana o en la curva de la carretera, esperando que aparezcan los hijos, la risa de los nietos. La alegría, la vida que vuelve por unas horas.Imaginen a esa abuela de manos arrugadas y espalda combada por los años, congelando el gesto en el aire, reprimiendo el latido, dudando si pedir un consentimiento antes de rozar la mejilla de su nieto, de comérselo a besos, como siempre fue. Esos besos sonoros, redondos, donde cabe el mundo.Nos empeñamos en invertir los valores hasta ahogar lo humano. En lugar de proteger el amor incondicional, lo sometemos a normativas. Y en esa maniobra nos vamos dejando la mitad del alma, la memoria de quienes somos, la fuerza de la raíz.Los abuelos no son una amenaza de la que haya que protegerse; son el surco, la tierra que nos sostiene y abraza. La historia viva de lo que somos, el único lugar del mundo al que siempre se puede regresar. Sin su cariño primario, orgulloso, despojado de etiquetas y protocolos, creceríamos más solos, más secos, más vulnerables, más pobres. Menos humanos.Qué ceguera la de este tiempo que confunde la protección con el aislamiento, la ley con el absurdo. Y qué suerte hemos tenido por haber conocido, los besos de nuestros abuelos y abuelas. Esos besos ruidosos, rotundos, que olían a colonia de lavanda y masa de buñuelo. Besos consentidos, con los cinco sentidos, que nunca necesitaron pedir permiso porque, si de algo iban sobrados, era de amor.
Irlanda ha anunciado que recomendará restringir los besos y abrazos de los abuelos a sus nietos si no existe un previo consentimiento explícito. Un «solo sí es sí» al tierno beso de la memoria.
Los ideólogos del nuevo orden afectivo esgrimen que se trata de … educar en la autonomía corporal, un «noli me tangere» desde la cuna; de erradicar lo que llaman «sumisión afectiva» y levantar murallas de tipo emocional antes de que un niño aprenda a atarse los cordones del zapato. La burocracia del beso.
Cuando uno lee noticias así, lo hace con el estupor de quien cree que el mundo gira del revés. Y me pregunto en qué momento convertimos el afecto en una sospecha, el vínculo de la sangre en un tratado de la gilipollez.
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Hay una extraña obsesión en lo woke por deconstruir lo más sagrado, por teorizar sobre lo que siempre fue natural, espontáneo, puro. En este empeño de someter a normas la ternura, deciden que el cariño familiar no es un refugio, sino un delito en grado de tentativa.
Si trasladamos esta ingeniería social a nuestras tierras del oeste, nuestros pueblitos de La Raya, el disparate se vuelve sangrante. Imaginen la escena en cualquier pueblo de Zamora o en los rincones olvidados de Castilla y León. Tantos rincones envejecidos.
Imaginen ese consentimiento previo en las residencias y poyetes donde tantos ancianos cuentan los minutos, con la mirada clavada en la ventana o en la curva de la carretera, esperando que aparezcan los hijos, la risa de los nietos. La alegría, la vida que vuelve por unas horas.
Imaginen a esa abuela de manos arrugadas y espalda combada por los años, congelando el gesto en el aire, reprimiendo el latido, dudando si pedir un consentimiento antes de rozar la mejilla de su nieto, de comérselo a besos, como siempre fue. Esos besos sonoros, redondos, donde cabe el mundo.
Nos empeñamos en invertir los valores hasta ahogar lo humano. En lugar de proteger el amor incondicional, lo sometemos a normativas. Y en esa maniobra nos vamos dejando la mitad del alma, la memoria de quienes somos, la fuerza de la raíz.
Los abuelos no son una amenaza de la que haya que protegerse; son el surco, la tierra que nos sostiene y abraza. La historia viva de lo que somos, el único lugar del mundo al que siempre se puede regresar. Sin su cariño primario, orgulloso, despojado de etiquetas y protocolos, creceríamos más solos, más secos, más vulnerables, más pobres. Menos humanos.
Qué ceguera la de este tiempo que confunde la protección con el aislamiento, la ley con el absurdo. Y qué suerte hemos tenido por haber conocido, los besos de nuestros abuelos y abuelas. Esos besos ruidosos, rotundos, que olían a colonia de lavanda y masa de buñuelo. Besos consentidos, con los cinco sentidos, que nunca necesitaron pedir permiso porque, si de algo iban sobrados, era de amor.
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