El titular de este artículo plantea una pregunta sentenciada. La historia de Cuba y Estados Unidos es un relato de héroes y villanos. Solo hay dos tramas posibles: la del grande que oprime al pequeño, negándole así su emancipación, o la del pequeño que, sometido a un tirano, solo puede ser liberado por el gran salvador.
Las sanciones de EE.UU. agravan una crisis económica que arrastra desde hace décadas problemas estructurales
El titular de este artículo plantea una pregunta sentenciada. La historia de Cuba y Estados Unidos es un relato de héroes y villanos. Solo hay dos tramas posibles: la del grande que oprime al pequeño, negándole así su emancipación, o la del pequeño que, sometido a un tirano, solo puede ser liberado por el gran salvador.
El asedio estadounidense empezó en 1962, como reacción a las expropiaciones que el nuevo Ejecutivo decretaba sobre las industrias y negocios del país norteamericano. “Generar hambre, desesperación y derrocar al Gobierno”, eran las pretensiones de las primeras sanciones, según se lee en el memorando de 1960. Veinte años más tarde, la CIA concluiría que las sanciones económicas no habían cumplido ninguno de sus objetivos.
La estrategia de hoy sigue siendo la misma. El pasado mes de mayo, el presidente Trump firmó una ampliación de las penalizaciones. Resultado: retirada de cadenas hoteleras extranjeras y otros inversores de la minería, la logística y las finanzas.
“El plan de Estados Unidos es ‘sanciones, sanciones y sanciones’, con la ilusión de que el pueblo cubano se levante un día y acabe con el régimen, algo que no va a ocurrir”, explica a este diario el cubano Ricardo Torres Pérez, investigador invitado en el Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de la American University de Washington D.C. “¿Cómo es posible pensar que de la miseria pueda nacer una democracia vibrante? De esa miseria solo va a nacer el deseo ferviente de encontrar otro nuevo salvador que le resuelva los problemas”. Torres, que reconoce “responsabilidades en ambas orillas”, es uno de los cinco economistas que elaboran la propuesta “Cuba Transformación”, que plantea una reforma alternativa de la economía de la isla.
Aunque es extremadamente complicado cuantificar qué responsabilidad tiene cada uno de los actores, el economista pone el foco sobre algunas de las pifias del Gobierno cubano. Considera que, tras la caída de la Unión Soviética, deberían haber cambiado el modelo centralizado, que, según Torres, no genera incentivos ni garantiza bienestar: “Desde un punto de vista económico, negar las fallas de este modelo indica o mala fe o ignorancia”, añade.
Para el investigador, la viabilidad del modelo cubano descansa únicamente en alianzas “especiales” con otros Estados. Considera que el país ha tenido relaciones “privilegiadas” –primero con la URSS y, luego, con Venezuela– que no va a volver a encontrar. “China, por ejemplo, siempre ha sido muy cauta con las inversiones en el país, ya que no ha encontrado claridad ni confianza en la parte cubana”, afirma.
Entre el 2015 y el 2024, se invirtió un 36% del presupuesto en infraestructura hotelera
En lo relacionado con los apagones, Torres resalta que los problemas energéticos no empezaron con Trump: “Incluso con el petróleo de Venezuela, los apagones ya eran insufribles”. Según el economista, el Ejecutivo cubano apostó por quemar fuelóleo y diésel, en lugar de modernizar las centrales termoeléctricas y dotarlas de la tecnología necesaria para aprovechar el crudo cubano, muy pesado y corrosivo.
Mientras tanto, el país confiaba en el turismo. Entre el 2015 y el 2024, más del 36% de la inversión total se destinó a infraestructura hotelera, a la espera de un aumento del turismo que debía generar divisas. “No tenían ninguna garantía de que el turismo creciese, pero decían que Trump era un hombre de negocios y que le interesaría invertir”, explica Torres. El resultado, sostiene, es un país lleno de hoteles de alto coste que, en última instancia, están pagando los cubanos: “Para construir hoteles no hay embargo; para las plantas termoeléctricas, sí”.
¿Quién paga finalmente el precio de la coerción económica?
En el caso cubano, según Ksenia Kirkham, profesora del Departamento de Estudios de Guerra del King’s College London y especialista en guerras económicas y sanciones, el peso recae, “desproporcionadamente”, sobre los ciudadanos de la isla.
“Las sanciones económicas suelen considerarse una forma de castigo colectivo y, con frecuencia, han demostrado ser ineficaces para modificar el comportamiento de los líderes políticos”, explica a este diario. R. creó hace cinco años una de las primeras empresas privadas del territorio. Licenciado en Economía, convirtió la compañía en un proveedor indispensable para el bienestar de su ciudad. A raíz de las sanciones de Washington a empresas estatales cubanas, que eran clientes o proveedores de su negocio, ha tenido que reducir la plantilla un 40%.
A la pregunta sobre cómo trabaja en medio de restricciones, responde con prudencia: “Tenemos que ser discretos. No nos interesa que se conozcan los esquemas que tratan de evadir las sanciones”. Para el empresario cubano, la intervención de EE.UU. es la culpable de la “asfixia” del país: “Aunque reconozco que tenemos desafíos internos enormes, no necesitamos a nadie que venga a ingeniar ni a condicionar nuestras soluciones”.
En cambio, C., conductor de carro en el oriente de la isla, quien prefiere mantener el anonimato, no cree que el bloqueo explique la escasez: “Hay una gran cantidad de petróleo, carros y comida que son importados de Estados Unidos”. Para C. es paradójico hablar de “bloqueo económico” cuando se encuentra una bandera estadounidense en muchos de los productos que compra. Un ejemplo está en la venta de petróleo. Si bien EE.UU. ha prohibido la exportación de crudo desde Venezuela y México, permite su venta, desde territorio estadounidense, a negocios privados. “El Gobierno ya no tiene prácticamente nada. Ahora todo es privado”, explica C.
Las últimas sanciones han provocado la salida de cadenas hoteleras y de otros inversores clave
Mientras las movilizaciones ciudadanas se multiplican, el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, pide a los cubanos que “toquen la cacerola a los vecinos del norte”. Y mientras la culpa se reparte de un bando a otro, inversores estadounidenses empiezan a mirar hacia algunos de los activos que las sanciones han dejado abandonados en la isla.
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