El coste de la vida, la falta de pisos asequibles y el impacto de los incendios de enero de 2025 agravan las dificultades para acceder a una vivienda digna en la principal urbe californiana Leer El coste de la vida, la falta de pisos asequibles y el impacto de los incendios de enero de 2025 agravan las dificultades para acceder a una vivienda digna en la principal urbe californiana Leer
El salto de Tepatitlán a Los Ángeles ha sido monumental para Andrina Navarro. En su pueblo de Jalisco, México, podía alquilar un apartamento de una habitación por unos 170 dólares al mes, una cifra ridícula en comparación con los 1.830 dólares que paga ahora por un espacio similar en South Gate, el barrio del sur de Los Ángeles en el que vive junto a su marido, sus dos hijas y su madre. «No es fácil vivir aquí porque todo es carísimo. La verdad es que estábamos mejor en México», dice a EL MUNDO.
Como muchas otras familias hispanas en la tercera ciudad más cara de Estados Unidos —por detrás de San Francisco y de Anaheim, según Redfin—, Navarro destina más del 50% de su sueldo a la vivienda. «Calculo que un 60%», certifica, con la inestabilidad que supone tener un contrato mes a mes y estar a expensas de que el casero decida echarles en cualquier momento. Quiere mudarse pero dice que «encontrar algo mejor es complicado. O te marchas al extrarradio o es imposible. Además, te piden ganar tres veces más de lo que pagas y extractos bancarios para confirmarlo. Son demasiados requisitos».
Es un panorama que ha ido empeorando con el tiempo. En la década de los 80, vivir en Los Ángeles era levemente más caro que la media nacional. Hoy, esa cifra se ha elevado hasta el 52,4%, con el coste de la vivienda un 134,3% por encima de la media del resto del país. Según datos del portal Apartments.com, el precio medio de alquiler en la principal urbe californiana es de 2.200 dólares, con precios que oscilan entre los 1.717 y los 4.304 dólares. Si se le suma comida, transporte y el resto de gastos comunes, el portal estima que son necesarios unos 7.137 dólares al mes para cubrir los gastos básicos. La cuenta se eleva hasta los 11.512 dólares para una pareja con hijos.
Los Ángeles tiene algo más de 1,4 millones de hogares. De ellos, unos 904.000 viven de alquiler, el 63,7% del total, una proporción casi idéntica a la de Nueva York. Pero aquí la frontera entre el mercado libre y el regulado es otra. Tres de cada cuatro pisos de alquiler, unos 650.000, están sujetos a la ordenanza de estabilización de rentas, que protege a todos los edificios construidos antes de octubre de 1978. Es decir, a buena parte de esa ciudad de bloques bajos de estuco, con piscina en el patio y nombre de mujer en la fachada, que se extiende de Echo Park a Mid-Wilshire.
La protección, sin embargo, tiene truco. El control limita cuánto puede subir el casero el alquiler a un inquilino que ya vive en el piso, pero cuando este se marcha, la renta vuelve a ser libre. Cada mudanza es, para el propietario, una lotería premiada. Hasta hace unos meses, las subidas anuales permitidas oscilaban entre el 3% y el 8%, más un recargo por suministros que podía elevarlas al 10%. En diciembre de 2025, el Ayuntamiento aprobó la primera gran reforma en cuatro décadas: ahora el incremento queda atado a la inflación, con un suelo del 1% y un techo del 4%. Este año, el máximo es del 3%.
Ni siquiera así salen las cuentas. Más de la mitad de los hogares inquilinos, el 56%, destina un 30% o más de sus ingresos a pagar al casero. Uno de cada cuatro, el 26%, entrega más de la mitad de su sueldo. Entre los más pobres, el alquiler ya no es un gasto, es una condena: ocho de cada diez hogares con ingresos extremadamente bajos dedican más del 50% de lo que ganan a mantener un techo. La carga pesa sobre todo en la comunidad latina, que es mayoritaria en barrios como Boyle Heights, Westlake o el sur de la ciudad.
Lo interesante es que en Los Ángeles no faltan pisos vacíos, sino pisos vacíos que alguien pueda pagar. La tasa de desocupación de los apartamentos de alquiler ronda el 5,5%, y la renta media que se pide supera los 2.300 dólares mensuales, según la consultora Kidder Mathews. Pero ese hueco está en las torres nuevas del downtown, con gimnasio y azotea. Las propias autoridades municipales reconocen que la vacancia es mínima precisamente en los pisos de renta controlada y en los edificios antiguos, los únicos al alcance de un camarero, una niñera o un jornalero.
Los brutales incendios de enero de 2025 añadieron más gasolina a un mercado ya caliente de por sí. En la zona de Pacific Palisades y Altadena se perdieron miles de viviendas y lanzaron a decenas de miles de desplazados a buscar alquiler al mismo tiempo. La ley prohibía subir los precios más de un 10% durante el estado de emergencia, pero el colectivo Rent Brigade detectó 18.360 anuncios con subidas presuntamente ilegales en el año siguiente al desastre. Solo se presentaron 12 demandas.
Y en el último eslabón de la cadena están los que acaban en la calle. El último recuento oficial, publicado en julio, contabilizó 45.194 personas sin hogar en la ciudad, un 3,4% más que el año anterior, y 73.040 en el conjunto del condado. En Nueva York, la mayoría de las personas sin techo duerme en albergues. En Los Ángeles, la mayoría duerme a la intemperie: en tiendas de campaña bajo los pasos elevados de las autopistas, en caravanas aparcadas junto a la playa y en coches que hacen de dormitorio, cocina y armario.
Los Ángeles se ha convertido en la ciudad de los grandes contrastes y la enorme disparidad entre clases. En abril salió a la venta en Bel Air una mansión por 400 millones de dólares, la casa más cara que se ha ofrecido públicamente en Estados Unidos. A pocos minutos de esas colinas, miles de personas duermen a la intemperie en un mercado donde permitirse una vivienda digna es cada vez más complicado.
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