Durante una cena relajada con amigos, Tania se dio cuenta de que se había «descuidado» y picado algo que no entraba dentro de la estricta dieta que se había autoimpuesto. Fue al baño y vomitó.Tenía 43 años, sufría menopausia precoz, y estaba aterrada con la idea de engordar y envejecer. «Te dices: «Ostras, me lo tengo que vomitar, esto no forma parte de mí, de lo que yo como ahora». Y en ese momento, cuando estás en el baño, sí piensas: «Esto ya sí que puede ser un problema», relata esta madre y maestra de 44 años que lleva desde marzo en tratamiento. Cuando la psiquiatra que la trataba por ansiedad, la derivó al Hospital de Bellvitge y allí escuchó por primera vez su diagnóstico: «anorexia nerviosa», la respuesta de Tania fue la negación: «¡No puede ser! ¿Eso no es una cosa de gente joven? La doctora me contestó: «Esto es una cosa de gente joven, mayor, hombres, mujeres…», explica a ABC. La afirmación de la especialista está sustentada en datos. La prevalencia registrada de trastornos de la conducta alimentaria en mujeres de entre 40 y 59 años se ha triplicado desde 2011, anotando el crecimiento más acusado de casos tanto por géneros como por franja de edad, según la base de datos de clínica de Atención Primaria, dependiente del Ministerio de Sanidad Así, si en 2011 la tasa era del 1,55 por cada mil mujeres de entre 40 y 44 años, en 2024 —último dato disponible— la cifra ha alcanzado los 4,71 por mil. El crecimiento es aún más acentuado en la franja de 45 a 49 años, en la que estos registros se han multiplicado por 3,7 e incluso en las mujeres de entre 50 y 54 años donde la atención de estos casos activos se ha casi cuadruplicado en los últimos 13 años.«Durante mucho tiempo hemos asociado los trastornos de la conducta alimentaria a adolescentes y mujeres jóvenes, cuando sabemos que pueden aparecer en cualquier etapa de la vida», apuntan las doctoras María del Pino Pérez y Mª Jesús Cerecedo del grupo de trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de medicina de familia y comunitaria (semFYC). «Ese sesgo puede hacer que tanto las propias pacientes como los profesionales tardemos más en identificar el problema cuando aparece en una mujer de 40, 50 o 60 años».Para el director de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital de Bellvitge, Fernando Fernández-Aranda, ese repunte en los datos puede deberse precisamente a «una mayor sensibilización y conocimiento sobre el problema» ya que, asegura, «hasta el momento ha existido un importante infradiagnóstico». Asimismo, señala que a la hora de analizar los datos hay que distinguir «en qué medida hay casos de inicio tardío y cómo van en aumento los casos de larga duración, es decir, que no se van recuperando en la etapa habitual, —entre los 20 y los 30 años— , y que por tanto persisten los síntomas más allá de los 40, 45, 50 años».Así, según estudios clínicos realizados en el Hospital de Bellvitge, alrededor del 12% de las pacientes de mediana edad tienen un inicio tardío del trastorno, frecuentemente vinculado a antecedentes de obesidad, mientras que la mayoría de las mujeres adultas padece patologías cronificadas a lo largo de décadas.Vivir con un globo de helioCuando Tania salió de la consulta con la palabra anorexia resonando en su cabeza, su puzle mental se rehízo. A los 18 ya había sido diagnosticada por el mismo trastorno. Unos dos años después, con ayuda de su familia, consiguió volver a tener una vida «normal»: «Cuando lo miras con perspectiva, te dices: «No, es que yo nunca me llegué a recuperar«», asegura. «Es como si tuviera un globo de helio que lo he llevado siempre conmigo y donde voy me acompaña, es una exigencia física que ha ido conmigo toda mi vida», reconoce.El caso de Tania concuerda con lo vivido en el día a día de la consulta de atención primaria de la doctora Del Pino: «Lo que he observado con mayor frecuencia son recaídas en mujeres que ya habían presentado problemas relacionados con la conducta alimentaria en etapas anteriores y que vuelven a manifestarlos en determinados momentos de mayor vulnerabilidad».En este sentido, para el doctor Fernández-Aranda, asumir que los trastornos de conducta alimentaria pueden ser crónicos es clave en el abordaje médico de la enfermedad: «El objetivo ya no es únicamente la desaparición total de los pensamientos sobre el cuerpo, sino ganar calidad de vida y evitar que la enfermedad invalide su día a día». El detonanteTania sitúa el nuevo despertar de su trastorno con la ansiedad y depresión que le generaron una serie de problemas familiares que le hicieron sentirse «desbordada», lo que provocaba que se le cerrara el estómago. El golpe de efecto final se produjo a los 41 años, «me viene la menopausia precoz y cojo absoluto pánico». A partir de ahí su objetivo prioritario es machacarse en el gimnasio para ganar músculo, dejar los hidratos, los dulces… «Mi miedo era empezar a echar barriga. Lo restrinjo absolutamente todo. Todo», subraya. «Si me encontraba un poco baja de azúcar, me comía medio dátil». «La perimenopausia y los cambios corporales asociados a esta etapa pueden coincidir con separaciones o divorcios, cambios en la maternidad (…) algunas mujeres forman parte de lo que conocemos como «generación sándwich» que puede generar una importante sobrecarga emocional», señalan desde SemFYC. «En algunas mujeres, además, el control de la alimentación o del cuerpo puede convertirse en una forma de afrontar situaciones vitales en las que perciben una pérdida de control».La presión sobre la mujerLa prevalencia registrada de los trastornos de la conducta alimentaria, según los datos de Sanidad, es ampliamente superior en las mujeres en todas las franjas de edad respecto a los hombres. Por una parte, el infradiagnóstico puede estar detrás de esa gran brecha de género, sin embargo, la presión que existe sobre el cuerpo femenino y la tendencia a comentarlo también se apuntan como causas de esas diferencias por sexo. «A las mujeres se nos exige mucho en todas las edades», lamenta Tania. «Ahora parece que no puedes hacerte mayor. A mí me ha costado mucho aceptar que ya voy teniendo una edad», explica y ahonda: «Yo me he exigido, porque me han exigido los demás. Desde niña siempre todo el mundo me decía: «¡Ay! ¡Qué guapa eres!». He crecido siempre con eso, por lo que inconscientemente, sientes que tienes que ser siempre guapa», reflexiona.«Estamos constantemente expuestos a mensajes relacionados con las dietas, la pérdida de peso, el ejercicio o el mantenimiento de una apariencia joven», afirman desde semFYC. «En cualquier caso, no podemos establecer una relación directa entre un único factor, como la menopausia o la exposición a redes sociales, y la aparición de un trastorno de conducta alimentaria. Lo más adecuado es entenderlo como el resultado de la interacción de diferentes factores que pueden aumentar la vulnerabilidad en determinadas mujeres».Alimentación como válvula de escapeTradicionalmente los trastornos de la conducta alimentaria se relacionan con cuerpos esqueléticos que apenas se tienen en pie. Esa idea errónea lleva a que haya pacientes que acuden a consulta sin identificar qué les ocurre. «En las consultas de Atención Primaria, el trastorno en mujeres adultas rara vez debuta o se presenta con la delgadez extrema que socialmente se asocia a la anorexia juvenil. El problema suele acudir enmascarado detrás de motivos de consulta muy diversos: molestias digestivas inespecíficas, insomnio, cuadros de ansiedad o cambios corporales asociados a la menopausia», señalan las doctoras de semFYC. «Al no haber una pérdida de peso drástica o al mantenerse en rangos de normopeso, la patología alimentaria subyacente (atracones, purgas discretas o restricción) queda invisibilizada para el entorno y dificulta el registro inicial del problema de salud activo».En este sentido, para Fernández Aranda la atención primaria cuenta con una posición privilegiada para detectar la enfermedad y apunta a una pregunta que se debería formular en consulta a todos los pacientes -sin importar género ni edad- que acudan con síntomas difusos: «¿Está usando la alimentación de forma excesiva como válvula de escape?».Asimismo, el facultativo recuerda además que la más reconocida es la anorexia, pero que también existen otras enfermedades como la bulimia o el trastorno por atracón. «En una unidad importante como la nuestra, que vemos unos 400 nuevos casos al año, podríamos decir que un 25% son anorexia, pero el resto son otro tipo de trastornos». MÁS INFORMACIÓN noticia No Sebastián La Rosa, médico especialista en longevidad: «La soledad acelera el deterioro tanto como una mala alimentación o la falta de ejercicio» noticia Si noticia No La odisea para conseguir un tratamiento de la menopausia: «Somos como detectives» noticia No Dr. Neyro: «Se romantiza el parto, que es una situación muy comprometida en la que están en juego dos vidas»Tania ha tenido que convivir también con esa idea distorsionada del imaginario colectivo sobre los trastornos de la alimentación: «La gente se confunde y te llegan a decir: «¡Uy!, pero si tú tampoco estás excesivamente delgada». Son comentarios que te están como invalidando, ¿no?», lamenta. «Porque cómo le explico que vivo atrapada en mi cuerpo, que incluso cuando duermo, tengo pesadillas en las que me voy a vestir por la mañana y la ropa no me cabe. Esto no va de lo que pesas, o lo que comes, es una sensación que no te la puedes quitar. El que sale del alcohol o el que sale de las drogas le dicen: -Evita un bar, ciertas fiestas… Pero, ¿cómo evitas tu cuerpo?», reflexiona. Durante una cena relajada con amigos, Tania se dio cuenta de que se había «descuidado» y picado algo que no entraba dentro de la estricta dieta que se había autoimpuesto. Fue al baño y vomitó.Tenía 43 años, sufría menopausia precoz, y estaba aterrada con la idea de engordar y envejecer. «Te dices: «Ostras, me lo tengo que vomitar, esto no forma parte de mí, de lo que yo como ahora». Y en ese momento, cuando estás en el baño, sí piensas: «Esto ya sí que puede ser un problema», relata esta madre y maestra de 44 años que lleva desde marzo en tratamiento. Cuando la psiquiatra que la trataba por ansiedad, la derivó al Hospital de Bellvitge y allí escuchó por primera vez su diagnóstico: «anorexia nerviosa», la respuesta de Tania fue la negación: «¡No puede ser! ¿Eso no es una cosa de gente joven? La doctora me contestó: «Esto es una cosa de gente joven, mayor, hombres, mujeres…», explica a ABC. La afirmación de la especialista está sustentada en datos. La prevalencia registrada de trastornos de la conducta alimentaria en mujeres de entre 40 y 59 años se ha triplicado desde 2011, anotando el crecimiento más acusado de casos tanto por géneros como por franja de edad, según la base de datos de clínica de Atención Primaria, dependiente del Ministerio de Sanidad Así, si en 2011 la tasa era del 1,55 por cada mil mujeres de entre 40 y 44 años, en 2024 —último dato disponible— la cifra ha alcanzado los 4,71 por mil. El crecimiento es aún más acentuado en la franja de 45 a 49 años, en la que estos registros se han multiplicado por 3,7 e incluso en las mujeres de entre 50 y 54 años donde la atención de estos casos activos se ha casi cuadruplicado en los últimos 13 años.«Durante mucho tiempo hemos asociado los trastornos de la conducta alimentaria a adolescentes y mujeres jóvenes, cuando sabemos que pueden aparecer en cualquier etapa de la vida», apuntan las doctoras María del Pino Pérez y Mª Jesús Cerecedo del grupo de trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de medicina de familia y comunitaria (semFYC). «Ese sesgo puede hacer que tanto las propias pacientes como los profesionales tardemos más en identificar el problema cuando aparece en una mujer de 40, 50 o 60 años».Para el director de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital de Bellvitge, Fernando Fernández-Aranda, ese repunte en los datos puede deberse precisamente a «una mayor sensibilización y conocimiento sobre el problema» ya que, asegura, «hasta el momento ha existido un importante infradiagnóstico». Asimismo, señala que a la hora de analizar los datos hay que distinguir «en qué medida hay casos de inicio tardío y cómo van en aumento los casos de larga duración, es decir, que no se van recuperando en la etapa habitual, —entre los 20 y los 30 años— , y que por tanto persisten los síntomas más allá de los 40, 45, 50 años».Así, según estudios clínicos realizados en el Hospital de Bellvitge, alrededor del 12% de las pacientes de mediana edad tienen un inicio tardío del trastorno, frecuentemente vinculado a antecedentes de obesidad, mientras que la mayoría de las mujeres adultas padece patologías cronificadas a lo largo de décadas.Vivir con un globo de helioCuando Tania salió de la consulta con la palabra anorexia resonando en su cabeza, su puzle mental se rehízo. A los 18 ya había sido diagnosticada por el mismo trastorno. Unos dos años después, con ayuda de su familia, consiguió volver a tener una vida «normal»: «Cuando lo miras con perspectiva, te dices: «No, es que yo nunca me llegué a recuperar«», asegura. «Es como si tuviera un globo de helio que lo he llevado siempre conmigo y donde voy me acompaña, es una exigencia física que ha ido conmigo toda mi vida», reconoce.El caso de Tania concuerda con lo vivido en el día a día de la consulta de atención primaria de la doctora Del Pino: «Lo que he observado con mayor frecuencia son recaídas en mujeres que ya habían presentado problemas relacionados con la conducta alimentaria en etapas anteriores y que vuelven a manifestarlos en determinados momentos de mayor vulnerabilidad».En este sentido, para el doctor Fernández-Aranda, asumir que los trastornos de conducta alimentaria pueden ser crónicos es clave en el abordaje médico de la enfermedad: «El objetivo ya no es únicamente la desaparición total de los pensamientos sobre el cuerpo, sino ganar calidad de vida y evitar que la enfermedad invalide su día a día». El detonanteTania sitúa el nuevo despertar de su trastorno con la ansiedad y depresión que le generaron una serie de problemas familiares que le hicieron sentirse «desbordada», lo que provocaba que se le cerrara el estómago. El golpe de efecto final se produjo a los 41 años, «me viene la menopausia precoz y cojo absoluto pánico». A partir de ahí su objetivo prioritario es machacarse en el gimnasio para ganar músculo, dejar los hidratos, los dulces… «Mi miedo era empezar a echar barriga. Lo restrinjo absolutamente todo. Todo», subraya. «Si me encontraba un poco baja de azúcar, me comía medio dátil». «La perimenopausia y los cambios corporales asociados a esta etapa pueden coincidir con separaciones o divorcios, cambios en la maternidad (…) algunas mujeres forman parte de lo que conocemos como «generación sándwich» que puede generar una importante sobrecarga emocional», señalan desde SemFYC. «En algunas mujeres, además, el control de la alimentación o del cuerpo puede convertirse en una forma de afrontar situaciones vitales en las que perciben una pérdida de control».La presión sobre la mujerLa prevalencia registrada de los trastornos de la conducta alimentaria, según los datos de Sanidad, es ampliamente superior en las mujeres en todas las franjas de edad respecto a los hombres. Por una parte, el infradiagnóstico puede estar detrás de esa gran brecha de género, sin embargo, la presión que existe sobre el cuerpo femenino y la tendencia a comentarlo también se apuntan como causas de esas diferencias por sexo. «A las mujeres se nos exige mucho en todas las edades», lamenta Tania. «Ahora parece que no puedes hacerte mayor. A mí me ha costado mucho aceptar que ya voy teniendo una edad», explica y ahonda: «Yo me he exigido, porque me han exigido los demás. Desde niña siempre todo el mundo me decía: «¡Ay! ¡Qué guapa eres!». He crecido siempre con eso, por lo que inconscientemente, sientes que tienes que ser siempre guapa», reflexiona.«Estamos constantemente expuestos a mensajes relacionados con las dietas, la pérdida de peso, el ejercicio o el mantenimiento de una apariencia joven», afirman desde semFYC. «En cualquier caso, no podemos establecer una relación directa entre un único factor, como la menopausia o la exposición a redes sociales, y la aparición de un trastorno de conducta alimentaria. Lo más adecuado es entenderlo como el resultado de la interacción de diferentes factores que pueden aumentar la vulnerabilidad en determinadas mujeres».Alimentación como válvula de escapeTradicionalmente los trastornos de la conducta alimentaria se relacionan con cuerpos esqueléticos que apenas se tienen en pie. Esa idea errónea lleva a que haya pacientes que acuden a consulta sin identificar qué les ocurre. «En las consultas de Atención Primaria, el trastorno en mujeres adultas rara vez debuta o se presenta con la delgadez extrema que socialmente se asocia a la anorexia juvenil. El problema suele acudir enmascarado detrás de motivos de consulta muy diversos: molestias digestivas inespecíficas, insomnio, cuadros de ansiedad o cambios corporales asociados a la menopausia», señalan las doctoras de semFYC. «Al no haber una pérdida de peso drástica o al mantenerse en rangos de normopeso, la patología alimentaria subyacente (atracones, purgas discretas o restricción) queda invisibilizada para el entorno y dificulta el registro inicial del problema de salud activo».En este sentido, para Fernández Aranda la atención primaria cuenta con una posición privilegiada para detectar la enfermedad y apunta a una pregunta que se debería formular en consulta a todos los pacientes -sin importar género ni edad- que acudan con síntomas difusos: «¿Está usando la alimentación de forma excesiva como válvula de escape?».Asimismo, el facultativo recuerda además que la más reconocida es la anorexia, pero que también existen otras enfermedades como la bulimia o el trastorno por atracón. «En una unidad importante como la nuestra, que vemos unos 400 nuevos casos al año, podríamos decir que un 25% son anorexia, pero el resto son otro tipo de trastornos». MÁS INFORMACIÓN noticia No Sebastián La Rosa, médico especialista en longevidad: «La soledad acelera el deterioro tanto como una mala alimentación o la falta de ejercicio» noticia Si noticia No La odisea para conseguir un tratamiento de la menopausia: «Somos como detectives» noticia No Dr. Neyro: «Se romantiza el parto, que es una situación muy comprometida en la que están en juego dos vidas»Tania ha tenido que convivir también con esa idea distorsionada del imaginario colectivo sobre los trastornos de la alimentación: «La gente se confunde y te llegan a decir: «¡Uy!, pero si tú tampoco estás excesivamente delgada». Son comentarios que te están como invalidando, ¿no?», lamenta. «Porque cómo le explico que vivo atrapada en mi cuerpo, que incluso cuando duermo, tengo pesadillas en las que me voy a vestir por la mañana y la ropa no me cabe. Esto no va de lo que pesas, o lo que comes, es una sensación que no te la puedes quitar. El que sale del alcohol o el que sale de las drogas le dicen: -Evita un bar, ciertas fiestas… Pero, ¿cómo evitas tu cuerpo?», reflexiona.
Durante una cena relajada con amigos, Tania se dio cuenta de que se había «descuidado» y picado algo que no entraba dentro de la estricta dieta que se había autoimpuesto. Fue al baño y vomitó.
Tenía 43 años, sufría menopausia precoz, y estaba aterrada con … la idea de engordar y envejecer. «Te dices: «Ostras, me lo tengo que vomitar, esto no forma parte de mí, de lo que yo como ahora». Y en ese momento, cuando estás en el baño, sí piensas: «Esto ya sí que puede ser un problema», relata esta madre y maestra de 44 años que lleva desde marzo en tratamiento.
Cuando la psiquiatra que la trataba por ansiedad, la derivó al Hospital de Bellvitge y allí escuchó por primera vez su diagnóstico: «anorexia nerviosa», la respuesta de Tania fue la negación: «¡No puede ser! ¿Eso no es una cosa de gente joven? La doctora me contestó: «Esto es una cosa de gente joven, mayor, hombres, mujeres…», explica a ABC.
La afirmación de la especialista está sustentada en datos. La prevalencia registrada de trastornos de la conducta alimentaria en mujeres de entre 40 y 59 años se ha triplicado desde 2011, anotando el crecimiento más acusado de casos tanto por géneros como por franja de edad, según la base de datos de clínica de Atención Primaria, dependiente del Ministerio de Sanidad
Así, si en 2011 la tasa era del 1,55 por cada mil mujeres de entre 40 y 44 años, en 2024 —último dato disponible— la cifra ha alcanzado los 4,71 por mil. El crecimiento es aún más acentuado en la franja de 45 a 49 años, en la que estos registros se han multiplicado por 3,7 e incluso en las mujeres de entre 50 y 54 años donde la atención de estos casos activos se ha casi cuadruplicado en los últimos 13 años.
«Durante mucho tiempo hemos asociado los trastornos de la conducta alimentaria a adolescentes y mujeres jóvenes, cuando sabemos que pueden aparecer en cualquier etapa de la vida», apuntan las doctoras María del Pino Pérez y Mª Jesús Cerecedo del grupo de trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de medicina de familia y comunitaria (semFYC). «Ese sesgo puede hacer que tanto las propias pacientes como los profesionales tardemos más en identificar el problema cuando aparece en una mujer de 40, 50 o 60 años».
Para el director de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital de Bellvitge, Fernando Fernández-Aranda, ese repunte en los datos puede deberse precisamente a «una mayor sensibilización y conocimiento sobre el problema» ya que, asegura, «hasta el momento ha existido un importante infradiagnóstico».
Asimismo, señala que a la hora de analizar los datos hay que distinguir «en qué medida hay casos de inicio tardío y cómo van en aumento los casos de larga duración, es decir, que no se van recuperando en la etapa habitual, —entre los 20 y los 30 años— , y que por tanto persisten los síntomas más allá de los 40, 45, 50 años».
Así, según estudios clínicos realizados en el Hospital de Bellvitge, alrededor del 12% de las pacientes de mediana edad tienen un inicio tardío del trastorno, frecuentemente vinculado a antecedentes de obesidad, mientras que la mayoría de las mujeres adultas padece patologías cronificadas a lo largo de décadas.
Vivir con un globo de helio
Cuando Tania salió de la consulta con la palabra anorexia resonando en su cabeza, su puzle mental se rehízo. A los 18 ya había sido diagnosticada por el mismo trastorno. Unos dos años después, con ayuda de su familia, consiguió volver a tener una vida «normal»: «Cuando lo miras con perspectiva, te dices: «No, es que yo nunca me llegué a recuperar«», asegura. «Es como si tuviera un globo de helio que lo he llevado siempre conmigo y donde voy me acompaña, es una exigencia física que ha ido conmigo toda mi vida», reconoce.
El caso de Tania concuerda con lo vivido en el día a día de la consulta de atención primaria de la doctora Del Pino: «Lo que he observado con mayor frecuencia son recaídas en mujeres que ya habían presentado problemas relacionados con la conducta alimentaria en etapas anteriores y que vuelven a manifestarlos en determinados momentos de mayor vulnerabilidad».
En este sentido, para el doctor Fernández-Aranda, asumir que los trastornos de conducta alimentaria pueden ser crónicos es clave en el abordaje médico de la enfermedad: «El objetivo ya no es únicamente la desaparición total de los pensamientos sobre el cuerpo, sino ganar calidad de vida y evitar que la enfermedad invalide su día a día».
El detonante
Tania sitúa el nuevo despertar de su trastorno con la ansiedad y depresión que le generaron una serie de problemas familiares que le hicieron sentirse «desbordada», lo que provocaba que se le cerrara el estómago. El golpe de efecto final se produjo a los 41 años, «me viene la menopausia precoz y cojo absoluto pánico».
A partir de ahí su objetivo prioritario es machacarse en el gimnasio para ganar músculo, dejar los hidratos, los dulces… «Mi miedo era empezar a echar barriga. Lo restrinjo absolutamente todo. Todo», subraya. «Si me encontraba un poco baja de azúcar, me comía medio dátil».
«La perimenopausia y los cambios corporales asociados a esta etapa pueden coincidir con separaciones o divorcios, cambios en la maternidad (…) algunas mujeres forman parte de lo que conocemos como «generación sándwich» que puede generar una importante sobrecarga emocional», señalan desde SemFYC. «En algunas mujeres, además, el control de la alimentación o del cuerpo puede convertirse en una forma de afrontar situaciones vitales en las que perciben una pérdida de control».
La presión sobre la mujer
La prevalencia registrada de los trastornos de la conducta alimentaria, según los datos de Sanidad, es ampliamente superior en las mujeres en todas las franjas de edad respecto a los hombres. Por una parte, el infradiagnóstico puede estar detrás de esa gran brecha de género, sin embargo, la presión que existe sobre el cuerpo femenino y la tendencia a comentarlo también se apuntan como causas de esas diferencias por sexo.
«A las mujeres se nos exige mucho en todas las edades», lamenta Tania. «Ahora parece que no puedes hacerte mayor. A mí me ha costado mucho aceptar que ya voy teniendo una edad», explica y ahonda: «Yo me he exigido, porque me han exigido los demás. Desde niña siempre todo el mundo me decía: «¡Ay! ¡Qué guapa eres!». He crecido siempre con eso, por lo que inconscientemente, sientes que tienes que ser siempre guapa», reflexiona.
«Estamos constantemente expuestos a mensajes relacionados con las dietas, la pérdida de peso, el ejercicio o el mantenimiento de una apariencia joven», afirman desde semFYC. «En cualquier caso, no podemos establecer una relación directa entre un único factor, como la menopausia o la exposición a redes sociales, y la aparición de un trastorno de conducta alimentaria. Lo más adecuado es entenderlo como el resultado de la interacción de diferentes factores que pueden aumentar la vulnerabilidad en determinadas mujeres».
Alimentación como válvula de escape
Tradicionalmente los trastornos de la conducta alimentaria se relacionan con cuerpos esqueléticos que apenas se tienen en pie. Esa idea errónea lleva a que haya pacientes que acuden a consulta sin identificar qué les ocurre.
«En las consultas de Atención Primaria, el trastorno en mujeres adultas rara vez debuta o se presenta con la delgadez extrema que socialmente se asocia a la anorexia juvenil. El problema suele acudir enmascarado detrás de motivos de consulta muy diversos: molestias digestivas inespecíficas, insomnio, cuadros de ansiedad o cambios corporales asociados a la menopausia», señalan las doctoras de semFYC. «Al no haber una pérdida de peso drástica o al mantenerse en rangos de normopeso, la patología alimentaria subyacente (atracones, purgas discretas o restricción) queda invisibilizada para el entorno y dificulta el registro inicial del problema de salud activo».
En este sentido, para Fernández Aranda la atención primaria cuenta con una posición privilegiada para detectar la enfermedad y apunta a una pregunta que se debería formular en consulta a todos los pacientes -sin importar género ni edad- que acudan con síntomas difusos: «¿Está usando la alimentación de forma excesiva como válvula de escape?».
Asimismo, el facultativo recuerda además que la más reconocida es la anorexia, pero que también existen otras enfermedades como la bulimia o el trastorno por atracón. «En una unidad importante como la nuestra, que vemos unos 400 nuevos casos al año, podríamos decir que un 25% son anorexia, pero el resto son otro tipo de trastornos».
Tania ha tenido que convivir también con esa idea distorsionada del imaginario colectivo sobre los trastornos de la alimentación: «La gente se confunde y te llegan a decir: «¡Uy!, pero si tú tampoco estás excesivamente delgada». Son comentarios que te están como invalidando, ¿no?», lamenta. «Porque cómo le explico que vivo atrapada en mi cuerpo, que incluso cuando duermo, tengo pesadillas en las que me voy a vestir por la mañana y la ropa no me cabe. Esto no va de lo que pesas, o lo que comes, es una sensación que no te la puedes quitar. El que sale del alcohol o el que sale de las drogas le dicen: -Evita un bar, ciertas fiestas… Pero, ¿cómo evitas tu cuerpo?», reflexiona.
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