La remontada de Lula da Silva supone un freno en seco a la ola ultraconservadora que estaba barriendo América Latina atizada por los vientos de Trump. La victoria inesperada del veterano líder de la izquierda brasileñase cimentó en su extraordinaria capacidad de adaptación y de movilización de sus bases y envía un poderoso mensaje al mundo sobre la no tan clara inevitabilidad de la llegada al poder de la ultraderecha, capaz de controlar el discurso con su domino de las redes sociales y los algoritmos.
La remontada de Lula da Silva supone un freno en seco a la ola ultraconservadora que estaba barriendo América Latina atizada por los vientos de Trump. La victoria inesperada del veterano líder de la izquierda brasileñase cimentó en su extraordinaria capacidad de adaptación y de movilización de sus bases y envía un poderoso mensaje al mundo sobre la no tan clara inevitabilidad de la llegada al poder de la ultraderecha, capaz de controlar el discurso con su domino de las redes sociales y los algoritmos.Seguir leyendo…
La remontada de Lula da Silva supone un freno en seco a la ola ultraconservadora que estaba barriendo América Latina atizada por los vientos de Trump. La victoria inesperada del veterano líder de la izquierda brasileñase cimentó en su extraordinaria capacidad de adaptación y de movilización de sus bases y envía un poderoso mensaje al mundo sobre la no tan clara inevitabilidad de la llegada al poder de la ultraderecha, capaz de controlar el discurso con su domino de las redes sociales y los algoritmos.
El éxito electoral de Lula deja muchas lecciones, aunque la primordial es la voluntad de hierro del dirigente carismático dispuesto a agotarse, pese a su edad, para evitar el regreso del clan Bolsonaro en su última contienda de una dilatada trayectoria política, que culminará con su cuarto mandato presidencial.
El equipo de Lula creó un ejército de diez millones de fieles en las redes sociales para ganar
Lula, que este martes cumplirá 81 años, se mostraba muy convencido de sus posibilidades el pasado viernes. “Minas Gerais nos va a dar el triunfo”, aseguró eufórico ante sus simpatizantes. El estado de Minas Gerais, el segundo con más votantes después del de São Paulo, viene a ser el Ohio brasileño, salvando las diferencias. Quien gana allí, gana Brasil.
Luego Lula participó en el último debate televisado, y Flávio Bolsonaro cometió el desliz de burlarse de que le falta un dedo. Lula le espetó como respuesta que lo había perdido trabajando de tornero en una fábrica y que, en cambio, él no había pegado sello en su vida, aludiendo a la fama de vida licenciosa del senador. El Bolsonaro insolente esta vez cayó en la trampa.
Pero traspiés al margen de un Bolsonaro que se confió en exceso de su victoria, al final la batalla de Minas Gerais se la llevó Lula da Silva, aunque por poco más de cien mil papeletas entre más de trece millones de votos. El estado que representó el boom de la extracción de minerales en los dos últimos siglos de Brasil es un nexo entre el sur bolsonarista y el norte lulista, entre la próspera costa oriental y el territorio de hacendados y terratenientes occidental.
Sin embargo, hacía falta algo más que decantar Minas Gerais. Y ahí fue donde Lula rentabilizó una capacidad de movilización sin precedentes. Desde que terminó el recuento de la primera vuelta, el presidente brasileño se lanzó a la calle y se sumergió en las redes sociales. Su campaña, con la ayuda del influencer de izquierdas André Janones, creó un grupo de Whatsapp llamado Ejército de Lula que ya tenía diez millones de miembros al volver a las urnas. Lula empezó a grabarse videoselfies y se prestó a charlas y entrevistas en podcasts para atraer a sus bases desencantadas por el aumento del coste de la vida que habían decidido abstenerse y a la pequeña burguesía de microemprendedores que detesta la burocracia y los impuestos.
En este sentido son muy significativas las victorias de Lula en las ciudades de São Paulo y Río de Janeiro, donde se vive esa dicotomía entre las elites económicas y las clases populares de las favelas.
Río de Janeiro era el granero infalible de Flávio Bolsonaro, pero su derrota ejemplifica el giro que ha imprimido Lula da Silva a la segunda parte de su campaña. A la vez, el presidente brasileño mantuvo intacto su almacén de votos del Nordeste, la región más pobre de Brasil.
El primer reto de Lula será ahora sortear la crisis que Flávio Bolsonaro desatará. Como hizo su padre cuatro años atrás, el candidato ultraderechista no aceptará el resultado de los comicios. Entonces el padre, Jair, montó una intentona golpista. Falta ver cuál será la apuesta del hijo, que de momento pide la repetición de elecciones. Lula ha triunfado, pero Brasil es cada vez un país más fracturado.
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