La China que este miércoles celebrará el 50 aniversario de la muerte de Mao Zedong tal vez no sea el paraíso comunista con el que soñó. Pero su peso en el mundo debe superar de calle las expectativas más salvajes del Gran Timonel. No solo por seguir sus directrices sino, sobre todo, por desviarse de ellas.
El Gran Timonel ya es historia, pero eso no significa que se pueda hablar de ella
La China que este miércoles celebrará el 50 aniversario de la muerte de Mao Zedong tal vez no sea el paraíso comunista con el que soñó. Pero su peso en el mundo debe superar de calle las expectativas más salvajes del Gran Timonel. No solo por seguir sus directrices sino, sobre todo, por desviarse de ellas.
La conmemoración, en cualquier caso, será más discreta que la de los 130 años del nacimiento de Mao, en 2023. Probablemente porque el Partido Comunista de China (PCCh) evita examinar sus 27 años en el poder. El revisionismo lo carga el diablo y es más seguro poner en la alacena su busto de fundador de la República Popular. Más allá del bien y del mal. O para ser exactos, como alguien “que acertó en un 70% y erró en un 30%”, como se zanjó en los ochenta.
El maoísmo pasó a la historia, pero su sello fundacional está en todas partes y sigue marcando el presente, pese a la gran apertura de Deng Xiaoping y la actual regeneración de Xi Jinping. Reducirlo a un icono, un cuerpo embalsamado y un retrato gigante en Tiananmen es quedarse en la superficie.
Aquel 9 de septiembre de 1976 marcó el fin de una época y el inicio de otra. Y nadie duda de que los últimos 50 años han sido mucho más prósperos que los 50 precedentes. Pero se dirá con la boca pequeña. Hay motivos para ello. El artista Gao Zhen fue condenado el mes pasado a tres años de cárcel (de los cuales ya ha cumplido dos) por sus estatuas injuriosas del exjefe del Estado. Mao no se toca.
“Mao es inseparable de la legitimidad sistémica del Partido Comunista de China”, señala el sinólogo Xulio Ríos. “Cuestionarlo en exceso sería cuestionar el relato fundacional”.
Su sucesor en el liderazgo del PCCh, Xi Jinping, lo cita de forma muy selectiva y no le levanta estatuas. No en vano, su padre fue purgado en los sesenta y no fue rehabilitado hasta una década y media má tarde. Él mismo fue enviado a un pueblo “para aprender del campesinado” durante toda su adolescencia. Pero algunas de las pulsiones del maoísmo, como la autosuficiencia, han sido adaptadas gustosamente por Xi. En forma, por ejemplo, de soberanía digital.
El caso es que, tras la muerte de Mao, su revolución no fue revertida. La tierra sigue siendo propiedad del estado, en las ciudades, y comunal en el campo. Algo que ha abaratado y acelerado la conversión de China en un estado hiperconectado, hasta rebasar los 50.000 kilómetros de alta velocidad. La igualdad de la mujer también es irreversible. Como parece serlo el declive de las prácticas religiosas, a diferencia de lo que sucede entre los chinos de Taiwán o del sudeste asiático. Tampoco ha cambiado el control férreo de los medios de comunicación.
Bajo Xi Jinping, además, se ha estrechado el margen de lo que puede ser cuestionado. De ahí que en los últimos cuatro años hayan aparecido varias series y películas sobre la vida de Mao, pero centradas en su juventud o los años de guerrilla, nunca más allá de la proclamación de la República Popular, en 1949. Los errores catastróficos del Gran Salto Adelante o de la Revolución Cultural quedan así libres de examen.
Las generaciones que los sufrieron, por otra parte, son las que demuestran mayor afecto por Mao. Mientras que a las nuevas camadas apenas se les muestra el idealismo revolucionario del joven Mao, no sus posteriores bandazos y tics dictatoriales. Bajo Mao Zedong no solo no hubo Tiananmen, sino que no podía haberlo.
El monopolio del poder por parte del Partido Comunista es la otra premisa maoísta que sigue vigente. Acompañada de su máxima de que “el partido controla el fusil”.
Aquella China gris y uniformada no solo dejó el recuerdo de jornadas extenuantes. “Casi no teníamos para comer o vestirnos, pero el país estaba lleno de vigor para cambiarlo todo”, explica Li, un turista de Xi’an de 64 años de visita en Nanjie, “el último pueblo maoísta”.
A partir de 1966, los jóvenes fueron alentados por Mao a detectar el aburguesamiento de los “enemigos de clase”, anticipándose al Mayo del 68 parisino, donde el Libro Rojo pasaba de mano en mano. Estos Guardias Rojos cometieron innumerables desmanes sobre personas y propiedades, liquidando gran parte del patrimonio cultural. Por suerte, hacía mucho que Chang Kai Chek se había llevado las joyas de la Ciudad Prohibida a Taiwán.
Aquel Mao Zedong de los setenta podía ser reivindicado por los Jemeres Rojos y en los ochenta aún lo era por Sendero Luminoso. Hoy Mao no tiene quien le escriba, pero permanece en los billetes de yuan (mientras todo el mundo paga con el móvil). En la vida cotidiana su verdadero legado es el chino simplificado, un aliado en la alfabetización.
Nadie le disputa el papel de astuto mito fundador, que lideró la Larga Marcha, hostigó a los invasores japoneses y terminó imponiéndose contra pronóstico en la guerra civil, tras ganarse al campesinado. Para más adelante mantener la integridad de China, mientras la mayoría de sus vecinos se dividían.
Mao Zedong prestó su último servicio cuando, tigre ya sin dientes, posibilitó que “el tigre de papel del imperialismo” se confiara, con Nixon y Kissinger. Su China y EE.UU. podían ser, finalmente, amigos, y encontrarse en la ONU. El enemigo común era entonces la URSS, con la que Mao se había ido distanciando desde la desestalinización.
La China actual ha ido más allá, renunciando al proselitismo político. Pero algunas de las líneas rojas de Mao permanecen. No habrá una Corea reunificada, junto a su frontera, con los estadounidenses dentro. Ni se olvidará la ocupación japonesa. Ni la tarea pendiente de Taiwán, derivada de aquella.
Todo ello, a la manera de Mao, llevando al enemigo a un terreno que le sea desfavorable, rehuyendo batallas inútiles y acumulando fuerzas. Al fin y al cabo, la Nueva Ruta de la Seda ha sustituido a la Gran Marcha y ya no se trata de exportar maoísmo, sino coches eléctricos de última generación.
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