Tras años de esfuerzo y formación, a Diana se le hizo imposible seguir como veterinaria en clínica. «Llegué a un punto de agotamiento tal que la única salida posible, la única viable emocionalmente, era cambiar de rumbo», reconoce. Detrás había años de desgaste, de pasar por todo tipo de turnos, de condiciones salariales claramente mejorables y de una comunicación cada vez más compleja con los responsables de las mascotas . La maternidad acabó por reordenar sus prioridades. «Yo estaba muy quemada y estaba supercansada emocionalmente, mentalmente, físicamente», cuenta. «Esos turnos rotatorios de 12, 13, 14 horas ya no tenían sentido. Yo quería estar presente para mi familia». Como veterinaria clínica, Diana pasó por todo tipo de turnos. «Prácticamente ninguno se parecía a otro». Hizo turnos rotatorios de mañana, de tarde, turnos combinados con fines de semana, trabajó 15 días de noche para luego librar otros 15 días. Con el paso del tiempo, empezó a notar que le pasaba factura a nivel físico. «Me encantaba hacer urgencias, me encantaba hacer guardias, me encantaba el tipo de trabajo, me apasionaba trabajar por la noche… siempre iba con mucha ilusión, pero de repente mi cuerpo no respondía igual», explica. Y determinadas condiciones no se pueden sostener solo con la vocación y la voluntad. «Recuerdo que a veces me quedaba dormida conduciendo y tardaba muchos días en volver a estar al 100%». Al final Diana renunció al trato directo con pequeños animales y su caso no es una excepción. Aunque la especialista asegura que hay compañeros que logran el equilibrio, las encuestas muestran una evolución general hacia la precarización de la profesión. Las clínicas crecen y el veterinario ha pasado a ser más veces empleado que propietario. «Esto está impactando en los ingresos, los patrones de trabajo y la cultura laboral», reconoce un informe de la Federación de Veterinarios de Europa (FVE). El salario de convenio de un veterinario generalista está en torno a los 23.000 euros brutos anuales, que es lo que suelen cobrar los recién licenciados. Pero según pasa el tiempo, la progresión salarial es limitada a pesar de que la carga laboral es cada vez mayor. Según Infojobs, el año pasado el sueldo promedio de los puestos ofertados como veterinario fue de 31.367 euros anuales, una vez excluidos los puestos a cubrir en Alemania (con salarios mucho más elevados que distorsionan la media).Noticia relacionada No No España se queda sin veterinarios rurales: «Lo dejé porque no logras desconectar» Isabel MirandaA la vez, el malestar emocional crece. Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas vinculados a la depresión, según un reciente estudio impulsado por la empresa de alimentación animal Gosbi junto a la plataforma de datos Dynata. Hoy uno de cada tres declara haber necesitado apoyo psicológico profesional en algún momento.Señales de alarma«Desde hace unos años hay señales claras de alarma», asegura Pedro Ruf, miembro de varias comisiones del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (Colvema) y vicepresidente de la Asociación Madrileña de Veterinarios de Animales de Compañía (AMVAC). El estrés, la falta de conciliación, una mayor exigencia por parte de los clientes y una falta de reconocimiento social y salarial están creando un modelo insostenible en el tiempo, opina. Solo en Colvema han atendido en los últimos años a 500 profesiones con problemas de salud mental. El índice de suicidios en el sector es uno de los más elevados, dice Ruf. Una realidad que también refleja la encuesta de Gosbi: el 11,8% de estos profesionales ha llegado a tener pensamientos suicidas o de autolesión vinculados directamente con su trabajo en el último año.Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas depresivos¿Por qué? En parte, porque los dueños son cada vez «más sensibles», explica Ruf. Los animales han pasado a ser un miembro más de la familia, titulares de pleno derecho. Eso genera una exigencia cada vez mayor con los veterinarios. «Esa demanda provoca estrés, inestabilidad emocional, sobrecarga laboral» en el veterinario, resume. Muchas veces hay que asumir turnos más largos para cubrir el trabajo, a lo que se suma la escasa conciliación laboral y el bajo sueldo y el resultado es una fatiga emocional crónica, explica.Implicación emocionalEl trabajo real del veterinario no se parece al que te imaginas durante la carrera, reconoce Sara de Lucas Sánchez, veterinaria y gerente en Clínica Veterinaria La Campiña. No solo es diagnosticar. Hay mucho trato al público y mucha burocracia. «La parte estresante viene desde el punto de vista emocional de tener en tus manos la vida de una criatura tan amada por la familia como si fuera uno más, lidiar con momentos muy crudos, de diagnósticos malos», cuenta. A pesar de llevar 20 años de ejercicio, ese sufrimiento no desaparece al salir del trabajo. «Te vas con ello a casa», asegura. La burocracia tampoco ayuda a mejorar la salud mental de estos profesionales. La reciente limitación del uso de antibióticos ha llevado a De Lucas a tratar cistitis con extracto de arándano y vitamina D, por ejemplo. «Desde el nuevo real decreto, nuestro trabajo se ha visto muy empeorado. No solo es burocracia, nos atan las manos. No nos dejan tratar según lo que en nuestro conocimiento es necesario para tratar». ViolenciaEn paralelo, e igual que ocurre en todo el sector sanitario, las agresiones a los veterinarios están creciendo. «Estamos en el mismo campo de batalla que los médicos. Hay propietarios que no tienen en cuenta las limitaciones al ejercer medicina. No somos dioses… y eso genera frustración en el tutor», dice Ruf, que apunta a que hay clientes que exigen, quizá motivados por el «chatGPT de turno», unas atenciones ajenas a la realidad asistencial, lo que acaba provocando enfrentamientos. «Es un problema al alza», reconoce De Lucas. «Les tocas a las personas una parte muy delicada, como es el amor a un ser querido» y a veces «necesitan buscar culpables». Las represalias llegan a veces en forma de insultos, de acoso por redes sociales e incluso de pintadas en las clínicas. «Conozco veterinarios que lo han pasado muy mal y han tenido que cerrar sus centros», asegura De Lucas. Los precios son otro punto que hace saltar las fricciones en la clínica veterinaria. «No somos conscientes del precio que tienen los servicios sanitarios al contar con una sanidad pública humana que cubre todos esos gastos», cuenta Bosko, veterinario que trabajó gestionando siete hospitales y clínicas de la zona centro de España. El público general no sabe lo que cuesta una radiografía, una consulta o un análisis de sangre. «Por una parte tenemos tutores con amor hacia sus animales, con la necesidad de darles una atención que merecen, y por otra un componente económico que supone que muchas veces no podamos hacer frente a esas necesidades y entremos en una situación de conflicto, de situaciones complicadas o desagradables o que pensemos que el veterinario nos está robando cuando realmente no sucede así», asegura. En España, explica, históricamente las clínicas han competido por diferenciarse en el precio de los servicios.Pedro Ruf Una llegada masiva de fondos de inversión amenaza con desencadenar una crisis En un país caracterizado por las pequeñas clínicas veterinarias, la entrada de los fondos de inversión ha sido tímida en España hasta ahora. Tienen el 7% de los centros. «Es poco», asegura Pedro Ruf, si se compara con otros países europeos. En pocos años, los fondos de inversión se han hecho con el 50% de los centros en Inglaterra, el 30% en Alemania y el 25% en Francia. «En España la previsión es que puedan llegar al 40% para 2030. Es mucho en poco tiempo y eso puede desencadenar una crisis», asegura Ruf. El peligro es que los centros pequeños no puedan reaccionar y competir contra unas corporaciones que invierten un gran capital en los centros. Y una vez establecidos, la tendencia es difícilmente revertible.También Bosko se percató durante la carrera de las duras condiciones laborales y escaso sueldo por las que pasaban sus compañeros en las clínicas de pequeños animales. Decidió orientarse hacia la industria veterinaria. Ahora ve un cambio de paradigma. «Últimamente a las clínicas les cuesta mucho encontrar veterinarios», asegura. Y eso ocurre a pesar de que España es el país de la Unión Europea que más plazas universitarias oferta.«Es paradójico. Tenemos quince facultades de Veterinaria. Salen 1.500 veterinarios al año», cuenta Ruf, que contextualiza el dato: en España licenciamos casi los mismos veterinarios que Inglaterra, Francia y Alemania juntos. Esto, sin embargo, «no se traslada a un exceso que vaya a la clínica de pequeños animales». Ruf, de hecho, tuvo su propia clínica durante 30 años y en los últimos sufría para cubrir vacantes. La situación general está llevando a muchos graduados a abandonar por el camino. Ruf lo ejemplifica con los datos de colegiados de Colvema. Hay más de 5.000 registrados, pero un 30% deja la profesión en los primeros tres años. «Y eso ya se ve incluso antes de terminar la carrera», asegura. Muchos se reorientan: opositan, se trasladan a la industria alimentaria o a investigación y desarrollo. Por suerte, dice, veterinaria tiene muchas facetas fuera de la clínica de pequeños animales. Pero para los que se quedan, todavía hay margen para mejorar los horarios de trabajo, los sueldos y las condiciones, opina. Para lograrlo, eso sí, se necesita la colaboración de muchas administraciones, patronales, sindicatos y de los propios negocios. Tras años de esfuerzo y formación, a Diana se le hizo imposible seguir como veterinaria en clínica. «Llegué a un punto de agotamiento tal que la única salida posible, la única viable emocionalmente, era cambiar de rumbo», reconoce. Detrás había años de desgaste, de pasar por todo tipo de turnos, de condiciones salariales claramente mejorables y de una comunicación cada vez más compleja con los responsables de las mascotas . La maternidad acabó por reordenar sus prioridades. «Yo estaba muy quemada y estaba supercansada emocionalmente, mentalmente, físicamente», cuenta. «Esos turnos rotatorios de 12, 13, 14 horas ya no tenían sentido. Yo quería estar presente para mi familia». Como veterinaria clínica, Diana pasó por todo tipo de turnos. «Prácticamente ninguno se parecía a otro». Hizo turnos rotatorios de mañana, de tarde, turnos combinados con fines de semana, trabajó 15 días de noche para luego librar otros 15 días. Con el paso del tiempo, empezó a notar que le pasaba factura a nivel físico. «Me encantaba hacer urgencias, me encantaba hacer guardias, me encantaba el tipo de trabajo, me apasionaba trabajar por la noche… siempre iba con mucha ilusión, pero de repente mi cuerpo no respondía igual», explica. Y determinadas condiciones no se pueden sostener solo con la vocación y la voluntad. «Recuerdo que a veces me quedaba dormida conduciendo y tardaba muchos días en volver a estar al 100%». Al final Diana renunció al trato directo con pequeños animales y su caso no es una excepción. Aunque la especialista asegura que hay compañeros que logran el equilibrio, las encuestas muestran una evolución general hacia la precarización de la profesión. Las clínicas crecen y el veterinario ha pasado a ser más veces empleado que propietario. «Esto está impactando en los ingresos, los patrones de trabajo y la cultura laboral», reconoce un informe de la Federación de Veterinarios de Europa (FVE). El salario de convenio de un veterinario generalista está en torno a los 23.000 euros brutos anuales, que es lo que suelen cobrar los recién licenciados. Pero según pasa el tiempo, la progresión salarial es limitada a pesar de que la carga laboral es cada vez mayor. Según Infojobs, el año pasado el sueldo promedio de los puestos ofertados como veterinario fue de 31.367 euros anuales, una vez excluidos los puestos a cubrir en Alemania (con salarios mucho más elevados que distorsionan la media).Noticia relacionada No No España se queda sin veterinarios rurales: «Lo dejé porque no logras desconectar» Isabel MirandaA la vez, el malestar emocional crece. Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas vinculados a la depresión, según un reciente estudio impulsado por la empresa de alimentación animal Gosbi junto a la plataforma de datos Dynata. Hoy uno de cada tres declara haber necesitado apoyo psicológico profesional en algún momento.Señales de alarma«Desde hace unos años hay señales claras de alarma», asegura Pedro Ruf, miembro de varias comisiones del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (Colvema) y vicepresidente de la Asociación Madrileña de Veterinarios de Animales de Compañía (AMVAC). El estrés, la falta de conciliación, una mayor exigencia por parte de los clientes y una falta de reconocimiento social y salarial están creando un modelo insostenible en el tiempo, opina. Solo en Colvema han atendido en los últimos años a 500 profesiones con problemas de salud mental. El índice de suicidios en el sector es uno de los más elevados, dice Ruf. Una realidad que también refleja la encuesta de Gosbi: el 11,8% de estos profesionales ha llegado a tener pensamientos suicidas o de autolesión vinculados directamente con su trabajo en el último año.Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas depresivos¿Por qué? En parte, porque los dueños son cada vez «más sensibles», explica Ruf. Los animales han pasado a ser un miembro más de la familia, titulares de pleno derecho. Eso genera una exigencia cada vez mayor con los veterinarios. «Esa demanda provoca estrés, inestabilidad emocional, sobrecarga laboral» en el veterinario, resume. Muchas veces hay que asumir turnos más largos para cubrir el trabajo, a lo que se suma la escasa conciliación laboral y el bajo sueldo y el resultado es una fatiga emocional crónica, explica.Implicación emocionalEl trabajo real del veterinario no se parece al que te imaginas durante la carrera, reconoce Sara de Lucas Sánchez, veterinaria y gerente en Clínica Veterinaria La Campiña. No solo es diagnosticar. Hay mucho trato al público y mucha burocracia. «La parte estresante viene desde el punto de vista emocional de tener en tus manos la vida de una criatura tan amada por la familia como si fuera uno más, lidiar con momentos muy crudos, de diagnósticos malos», cuenta. A pesar de llevar 20 años de ejercicio, ese sufrimiento no desaparece al salir del trabajo. «Te vas con ello a casa», asegura. La burocracia tampoco ayuda a mejorar la salud mental de estos profesionales. La reciente limitación del uso de antibióticos ha llevado a De Lucas a tratar cistitis con extracto de arándano y vitamina D, por ejemplo. «Desde el nuevo real decreto, nuestro trabajo se ha visto muy empeorado. No solo es burocracia, nos atan las manos. No nos dejan tratar según lo que en nuestro conocimiento es necesario para tratar». ViolenciaEn paralelo, e igual que ocurre en todo el sector sanitario, las agresiones a los veterinarios están creciendo. «Estamos en el mismo campo de batalla que los médicos. Hay propietarios que no tienen en cuenta las limitaciones al ejercer medicina. No somos dioses… y eso genera frustración en el tutor», dice Ruf, que apunta a que hay clientes que exigen, quizá motivados por el «chatGPT de turno», unas atenciones ajenas a la realidad asistencial, lo que acaba provocando enfrentamientos. «Es un problema al alza», reconoce De Lucas. «Les tocas a las personas una parte muy delicada, como es el amor a un ser querido» y a veces «necesitan buscar culpables». Las represalias llegan a veces en forma de insultos, de acoso por redes sociales e incluso de pintadas en las clínicas. «Conozco veterinarios que lo han pasado muy mal y han tenido que cerrar sus centros», asegura De Lucas. Los precios son otro punto que hace saltar las fricciones en la clínica veterinaria. «No somos conscientes del precio que tienen los servicios sanitarios al contar con una sanidad pública humana que cubre todos esos gastos», cuenta Bosko, veterinario que trabajó gestionando siete hospitales y clínicas de la zona centro de España. El público general no sabe lo que cuesta una radiografía, una consulta o un análisis de sangre. «Por una parte tenemos tutores con amor hacia sus animales, con la necesidad de darles una atención que merecen, y por otra un componente económico que supone que muchas veces no podamos hacer frente a esas necesidades y entremos en una situación de conflicto, de situaciones complicadas o desagradables o que pensemos que el veterinario nos está robando cuando realmente no sucede así», asegura. En España, explica, históricamente las clínicas han competido por diferenciarse en el precio de los servicios.Pedro Ruf Una llegada masiva de fondos de inversión amenaza con desencadenar una crisis En un país caracterizado por las pequeñas clínicas veterinarias, la entrada de los fondos de inversión ha sido tímida en España hasta ahora. Tienen el 7% de los centros. «Es poco», asegura Pedro Ruf, si se compara con otros países europeos. En pocos años, los fondos de inversión se han hecho con el 50% de los centros en Inglaterra, el 30% en Alemania y el 25% en Francia. «En España la previsión es que puedan llegar al 40% para 2030. Es mucho en poco tiempo y eso puede desencadenar una crisis», asegura Ruf. El peligro es que los centros pequeños no puedan reaccionar y competir contra unas corporaciones que invierten un gran capital en los centros. Y una vez establecidos, la tendencia es difícilmente revertible.También Bosko se percató durante la carrera de las duras condiciones laborales y escaso sueldo por las que pasaban sus compañeros en las clínicas de pequeños animales. Decidió orientarse hacia la industria veterinaria. Ahora ve un cambio de paradigma. «Últimamente a las clínicas les cuesta mucho encontrar veterinarios», asegura. Y eso ocurre a pesar de que España es el país de la Unión Europea que más plazas universitarias oferta.«Es paradójico. Tenemos quince facultades de Veterinaria. Salen 1.500 veterinarios al año», cuenta Ruf, que contextualiza el dato: en España licenciamos casi los mismos veterinarios que Inglaterra, Francia y Alemania juntos. Esto, sin embargo, «no se traslada a un exceso que vaya a la clínica de pequeños animales». Ruf, de hecho, tuvo su propia clínica durante 30 años y en los últimos sufría para cubrir vacantes. La situación general está llevando a muchos graduados a abandonar por el camino. Ruf lo ejemplifica con los datos de colegiados de Colvema. Hay más de 5.000 registrados, pero un 30% deja la profesión en los primeros tres años. «Y eso ya se ve incluso antes de terminar la carrera», asegura. Muchos se reorientan: opositan, se trasladan a la industria alimentaria o a investigación y desarrollo. Por suerte, dice, veterinaria tiene muchas facetas fuera de la clínica de pequeños animales. Pero para los que se quedan, todavía hay margen para mejorar los horarios de trabajo, los sueldos y las condiciones, opina. Para lograrlo, eso sí, se necesita la colaboración de muchas administraciones, patronales, sindicatos y de los propios negocios.
Tras años de esfuerzo y formación, a Diana se le hizo imposible seguir como veterinaria en clínica. «Llegué a un punto de agotamiento tal que la única salida posible, la única viable emocionalmente, era cambiar de rumbo», reconoce. Detrás había años de desgaste, de pasar … por todo tipo de turnos, de condiciones salariales claramente mejorables y de una comunicación cada vez más compleja con los responsables de las mascotas. La maternidad acabó por reordenar sus prioridades. «Yo estaba muy quemada y estaba supercansada emocionalmente, mentalmente, físicamente», cuenta. «Esos turnos rotatorios de 12, 13, 14 horas ya no tenían sentido. Yo quería estar presente para mi familia».
Como veterinaria clínica, Diana pasó por todo tipo de turnos. «Prácticamente ninguno se parecía a otro». Hizo turnos rotatorios de mañana, de tarde, turnos combinados con fines de semana, trabajó 15 días de noche para luego librar otros 15 días. Con el paso del tiempo, empezó a notar que le pasaba factura a nivel físico. «Me encantaba hacer urgencias, me encantaba hacer guardias, me encantaba el tipo de trabajo, me apasionaba trabajar por la noche… siempre iba con mucha ilusión, pero de repente mi cuerpo no respondía igual», explica. Y determinadas condiciones no se pueden sostener solo con la vocación y la voluntad. «Recuerdo que a veces me quedaba dormida conduciendo y tardaba muchos días en volver a estar al 100%».
Al final Diana renunció al trato directo con pequeños animales y su caso no es una excepción. Aunque la especialista asegura que hay compañeros que logran el equilibrio, las encuestas muestran una evolución general hacia la precarización de la profesión. Las clínicas crecen y el veterinario ha pasado a ser más veces empleado que propietario. «Esto está impactando en los ingresos, los patrones de trabajo y la cultura laboral», reconoce un informe de la Federación de Veterinarios de Europa (FVE). El salario de convenio de un veterinario generalista está en torno a los 23.000 euros brutos anuales, que es lo que suelen cobrar los recién licenciados. Pero según pasa el tiempo, la progresión salarial es limitada a pesar de que la carga laboral es cada vez mayor. Según Infojobs, el año pasado el sueldo promedio de los puestos ofertados como veterinario fue de 31.367 euros anuales, una vez excluidos los puestos a cubrir en Alemania (con salarios mucho más elevados que distorsionan la media).
A la vez, el malestar emocional crece. Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas vinculados a la depresión, según un reciente estudio impulsado por la empresa de alimentación animal Gosbi junto a la plataforma de datos Dynata. Hoy uno de cada tres declara haber necesitado apoyo psicológico profesional en algún momento.
Señales de alarma
«Desde hace unos años hay señales claras de alarma», asegura Pedro Ruf, miembro de varias comisiones del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (Colvema) y vicepresidente de la Asociación Madrileña de Veterinarios de Animales de Compañía (AMVAC). El estrés, la falta de conciliación, una mayor exigencia por parte de los clientes y una falta de reconocimiento social y salarial están creando un modelo insostenible en el tiempo, opina. Solo en Colvema han atendido en los últimos años a 500 profesiones con problemas de salud mental. El índice de suicidios en el sector es uno de los más elevados, dice Ruf. Una realidad que también refleja la encuesta de Gosbi: el 11,8% de estos profesionales ha llegado a tener pensamientos suicidas o de autolesión vinculados directamente con su trabajo en el último año.
Más del 90% de los veterinarios clínicos han sufrido ansiedad, el 94% agotamiento emocional y 6 de cada 10 han experimentado síntomas depresivos
¿Por qué? En parte, porque los dueños son cada vez «más sensibles», explica Ruf. Los animales han pasado a ser un miembro más de la familia, titulares de pleno derecho. Eso genera una exigencia cada vez mayor con los veterinarios. «Esa demanda provoca estrés, inestabilidad emocional, sobrecarga laboral» en el veterinario, resume. Muchas veces hay que asumir turnos más largos para cubrir el trabajo, a lo que se suma la escasa conciliación laboral y el bajo sueldo y el resultado es una fatiga emocional crónica, explica.
Implicación emocional
El trabajo real del veterinario no se parece al que te imaginas durante la carrera, reconoce Sara de Lucas Sánchez, veterinaria y gerente en Clínica Veterinaria La Campiña. No solo es diagnosticar. Hay mucho trato al público y mucha burocracia. «La parte estresante viene desde el punto de vista emocional de tener en tus manos la vida de una criatura tan amada por la familia como si fuera uno más, lidiar con momentos muy crudos, de diagnósticos malos», cuenta. A pesar de llevar 20 años de ejercicio, ese sufrimiento no desaparece al salir del trabajo. «Te vas con ello a casa», asegura.
La burocracia tampoco ayuda a mejorar la salud mental de estos profesionales. La reciente limitación del uso de antibióticos ha llevado a De Lucas a tratar cistitis con extracto de arándano y vitamina D, por ejemplo. «Desde el nuevo real decreto, nuestro trabajo se ha visto muy empeorado. No solo es burocracia, nos atan las manos. No nos dejan tratar según lo que en nuestro conocimiento es necesario para tratar».
Violencia
En paralelo, e igual que ocurre en todo el sector sanitario, las agresiones a los veterinarios están creciendo. «Estamos en el mismo campo de batalla que los médicos. Hay propietarios que no tienen en cuenta las limitaciones al ejercer medicina. No somos dioses… y eso genera frustración en el tutor», dice Ruf, que apunta a que hay clientes que exigen, quizá motivados por el «chatGPT de turno», unas atenciones ajenas a la realidad asistencial, lo que acaba provocando enfrentamientos. «Es un problema al alza», reconoce De Lucas. «Les tocas a las personas una parte muy delicada, como es el amor a un ser querido» y a veces «necesitan buscar culpables». Las represalias llegan a veces en forma de insultos, de acoso por redes sociales e incluso de pintadas en las clínicas. «Conozco veterinarios que lo han pasado muy mal y han tenido que cerrar sus centros», asegura De Lucas.
Los precios son otro punto que hace saltar las fricciones en la clínica veterinaria. «No somos conscientes del precio que tienen los servicios sanitarios al contar con una sanidad pública humana que cubre todos esos gastos», cuenta Bosko, veterinario que trabajó gestionando siete hospitales y clínicas de la zona centro de España. El público general no sabe lo que cuesta una radiografía, una consulta o un análisis de sangre. «Por una parte tenemos tutores con amor hacia sus animales, con la necesidad de darles una atención que merecen, y por otra un componente económico que supone que muchas veces no podamos hacer frente a esas necesidades y entremos en una situación de conflicto, de situaciones complicadas o desagradables o que pensemos que el veterinario nos está robando cuando realmente no sucede así», asegura. En España, explica, históricamente las clínicas han competido por diferenciarse en el precio de los servicios.

Una llegada masiva de fondos de inversión amenaza con desencadenar una crisis
En un país caracterizado por las pequeñas clínicas veterinarias, la entrada de los fondos de inversión ha sido tímida en España hasta ahora. Tienen el 7% de los centros. «Es poco», asegura Pedro Ruf, si se compara con otros países europeos. En pocos años, los fondos de inversión se han hecho con el 50% de los centros en Inglaterra, el 30% en Alemania y el 25% en Francia. «En España la previsión es que puedan llegar al 40% para 2030. Es mucho en poco tiempo y eso puede desencadenar una crisis», asegura Ruf. El peligro es que los centros pequeños no puedan reaccionar y competir contra unas corporaciones que invierten un gran capital en los centros. Y una vez establecidos, la tendencia es difícilmente revertible.
También Bosko se percató durante la carrera de las duras condiciones laborales y escaso sueldo por las que pasaban sus compañeros en las clínicas de pequeños animales. Decidió orientarse hacia la industria veterinaria. Ahora ve un cambio de paradigma. «Últimamente a las clínicas les cuesta mucho encontrar veterinarios», asegura. Y eso ocurre a pesar de que España es el país de la Unión Europea que más plazas universitarias oferta.
«Es paradójico. Tenemos quince facultades de Veterinaria. Salen 1.500 veterinarios al año», cuenta Ruf, que contextualiza el dato: en España licenciamos casi los mismos veterinarios que Inglaterra, Francia y Alemania juntos. Esto, sin embargo, «no se traslada a un exceso que vaya a la clínica de pequeños animales». Ruf, de hecho, tuvo su propia clínica durante 30 años y en los últimos sufría para cubrir vacantes.
La situación general está llevando a muchos graduados a abandonar por el camino. Ruf lo ejemplifica con los datos de colegiados de Colvema. Hay más de 5.000 registrados, pero un 30% deja la profesión en los primeros tres años. «Y eso ya se ve incluso antes de terminar la carrera», asegura. Muchos se reorientan: opositan, se trasladan a la industria alimentaria o a investigación y desarrollo. Por suerte, dice, veterinaria tiene muchas facetas fuera de la clínica de pequeños animales. Pero para los que se quedan, todavía hay margen para mejorar los horarios de trabajo, los sueldos y las condiciones, opina. Para lograrlo, eso sí, se necesita la colaboración de muchas administraciones, patronales, sindicatos y de los propios negocios.
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